Dos novias para un torero

Antonio Román, 1956
Reparto: Manuel Capetillo, Bill David, James Harlowe, Paquita Rico.
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Barroquismo, folklore y alta comedia

Un torero mexicano se casa por poderes con una andaluza. Cuando llega a España descubre que no puede besar a su esposa porque el párroco ha cometido un error y lo ha casado con otra Magdalena con el mismo apellido. Mientras esperan los papeles, el torero conoce a una joven humilde que adora los toros, es la otra Magdalena. Ella se enamora del hombre que ya es su marido (por error) y decide aprender modales refinados y hacerse estrella del cante para atraerle. Él, por el contrario, no sabe que ella es su esposa (por error), y trata de huír de ella toreando por todo el país.

La intriga es una excusa para que Manuel Capetillo muestre su habilidad con la muleta y cante sus mariachis y Paquita Rico sus tonadillas. Antonio Román demuestra, detrás de la cámara que ha trabajado con el teatro, o bien que se ha empapado del lenguaje barroco de los “vencedores de la cruzada”. Sus diálogos siempre tienen un buen toque, y más destacable aún por el sentido del humor que con que resuelve las escenas. Román llega a la comedia folklórica con ventaja, es un hombre culto, maneja el lenguaje, y también los hilos de la alta comedia que debío aprender del cine americano.

Dudo que sus temas le causaran problemas con la censura. La mezcla de culturas en su cine es una excusa para ensalzar Sevilla. La misma Sevillanización de la que se burla Bienvenido Mr. Marshall. Sus mujeres son castas hasta el aburrimiento. A veces se le va la mano con el sentimentalismo, cosa que debió hacer las delicias del censor y del público, y que, por desgracia ahora sigue ocurriendo con las series de televisión. Y por último consigue darle un toque de profundidad cuando la protagonista, Paquita Rico, se enfrenta al hecho de que el torero está enamorado de la chica pobre, no de su disfraz.

La tentación vive arriba

“The seven year itch”
Billy Wilder, 1955
Reparto: Marilyn Monroe (La chica) Tom Ewell (Richard Sherman) Evely Keyes (Helen Sherman) Sonny Tufts (Tom MacKenzie) Robert Strauss (Mr Kruhulik, el casero) Oskar Homolka (Dr Brubaker) Marguerite Chapman (Miss Morris)
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El adulterio inocente

La película de Wilder trata más de lo que ocurre en la mente del protagonista que de lo que ocurre en la realidad. Sus ideas sobre el mundo (un lugar lleno de hombres casados que mandan a sus esposas de vacaciones para tener las manos libres), sus sueños de seductor, sus miedos paranoicos son la verdadera película.

Richard Sherman (papel que era para Matthaw pero interpretó Ewell) se parece a C. C. Baxter, el protagonista de “El apartamento” en que en vez de ser un Casanova, se conforma con ser visto como un Casanova. Sherman se queda a gusto cuando el portero cree que tiene un lío, Baxter tampoco rompe un plato, pero el médico que vive en el piso de al lado cree que no para de ligar porque oye las juergas de sus jefes. Mayor parecido aún guarda con su fallida “Bésame tonto”, porque explora la necesidad que tenemos de ser adúlteros, aunque sólo sea en nuestra fantasía, y porque redime siempre este tipo de pecadores.

Las piernas de Marilyn en la rejilla del metro han quedado como un icono del cine de todos los tiempos. Un personaje tan inocentemente provocador sólo podia haberlo creado Wilder, pero creo que tampoco hubiera podido interpretarlo ninguna otra actriz. Ni Novak, ni MacLaine, ni Audrey valían para este papel. La muchacha es consciente de las passiones que despierta, pero a la misma vez es capaz de mostrar una absoluta ignorancia de lo que está pasando por la mente de su vecino. Cada una de sus frases es una provocación, su ropa interior en el frigorífico, vestirse de gala para beber champán, su necesidad constante de refrescarse, dormir en el apartamento para disfrutar del aire acondicionado, o ponerse encima de la rejilla del metro. ¿Cómo pudo provocar tanto a tantos hombres sin que se le escapara un solo gesto de picardía?

Jeffrey Chen: If Monroe's being the draw and the distraction of the movie proves to be an irony, one more irony would have to come from that famous scene itself. The subway grate scene, for all the anticipation for it, just comes and goes. No bells, no whistles. It happens twice, and the shots are actually quite tame. You see her dress blow upwards, and you see her legs, but you never see her full body in any of the shots. When you see those pictures of Monroe playfully holding down her dress, you have to recall that you don't ever actually see that in the movie. It's just a shot of her legs cutting to a shot of her upper body and smiling face. It would seem the old censors made sure it couldn't have been anything more than that. That's a little disappointing, given all the hype about that scene (even at the time of its first release, where its first shooting drew huge crowds and a VERY angry onlooking Mr. Marilyn Monroe, Joe DiMaggio).
Tim Dirks: It was adapted from a Broadway play of the same name by George Axelrod, with Tom Ewell reprising his Broadway role (although on stage, Ewell had played opposite Vanessa Brown instead of the alluring MM). The film's entire story was an elaboration of the first scene in Wilder's directorial debut film The Major and the Minor (1942).
Frédéric Rochefort-Allie: Sans se le cacher, Seven Year Itch est une comédie carrément typique des années 50. Tout est simple et léger. Les scènes de dialogues intéressants sont ainsi mutillées par leur humour légers. Il n'y a donc aucune matière à réflexion, à double sens. On se demande bien si c'est le même Billy Wilder. Il est évident que comme c'est une comédie, il y a bel et bien matière à rire, mais rien qui puisse nous faire éclater. En fait, sans les deux acteurs principaux (Monroe et Ewell), l'intrigue serait ennuyante.
El mundo de Billy Wilder: "Yo quería para el papel de marido a Walter Matthau, que le habría dado al papel un fuerte trasfondo sexual, pero en aquella época no se podía ni pensar que los dos adúlteros se acostaran juntos en la película. Ni siquiera me permitieron que apareciera una horquilla en la cama de él, al día siguiente. Creo que la mojigatería de 1.955 ha perjudicado a la película"

Rotten Tomatoes: 91%

El aviador

Martin Scorsese, 2004
Interpretación: Leonardo DiCaprio (Howard Hughes), Cate Blanchett (Katharine Hepburn), Kate Beckinsale (Ava Gardner), Alec Baldwin (Juan Trippe), John C. Reilly (Noah Dietrich), Alan Alda (Senador Owen Brewster), Ian Holm (Profesor Fitz), Danny Huston (Jack Frye), Gwen Stefani (Jean Harlow), Jude Law (Errol Flyn), Adam Scott (Johnny Meyer), Willem Dafoe (Roland Sweet).
Guión: John Logan.
web
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Pobre hombre rico

El cine tiene de común con la música que son las únicas artes hechas de tiempo. La película “El aviador”, igual que un concierto, está construida con tres temas básicos que se interrumpen y se mezclan para explicar una vida; Hughes el magnate, Huges el mujeriego y Hughes el neurótico. Cada uno domina un tramo de la película, pero ninguno falta en ningún momento.

Hughes gastó cuatro millones de dólares en rodar “Ángeles del infierno” y hacerla sonora. En la empresa descabellada entendemos que está el perfeccionismo de un neurótico y el valor de un hombre emprendedor.

Hughes amaba a Katherine Hepburn, pero los negocios aeronáuticos los separaron. La familia de los Hepburn parece escapada de una película de Capra con su casa en Connecticut. Cada cual hace lo que le apetece, todos son cultos y de izquierdas. A nadie parece asombrarle tener un multimillonario a la mesa.

Durante la segunda guerra mundial consiguió dos contratos con el ministerio de defensa. El avión espía fue un fracaso y le costó serias heridas al propio Hughes. El otro proyecto fue el Hércules, y hasta el final de la película no sabremos si funciona o no.

Hughes compró la TWA y tuvo que luchar a muerte contra la Pan Am para evitar que monopolizara los vuelos internacionales. En esa guerra el senador Owen Brewster lo llevó a juicio. Para entonces Hughes era un neurótico que vivía desnudo en una planta de un hotel. Pero sale de allí dispuesto a librar la batalla. Él sabe que no se trata de un juicio sino de una pelea callejera, o él o la Pan Am.

Hacia el final de la película, sus fobias, sus miedo a los gérmenes su horror a las luces y los cristales rotos se han convertido en el centro de nuestra atención. Lo que Scorsese pretende (igual que en Una mente maravillosa) es que sintamos las cosas igual que las sentía el propio Hughes. Que sintamos la tremenda prueba que fue para él ir a juicio y enfrentarse a los rumores y las calumnias.

Hughes apareció en público por última vez en 1958. Después volvió a encerrarse en uno de sus hoteles en Las Bahamas. La escena que lo muestra coleccionando su propia orina en tarros de vidrio es verídica.

Sus hazañas no me producen mucha admiración, su locura no me conmueve. Estaba tan pirado como cientos otros que conozco, la única diferencia es que él podía pagarse sus locuras y tener a todo el mundo pendiente de ellas.

Spaulding: Si en la citada Toro Salvaje ambientaba su película en el turbio y oscuro mundo del boxeo, en su nuevo trabajo se sitúa en el más colorido universo del Hollywood de los años 30 y 40 (tan o más oscuro y turbio que el del pugilismo), centrándose concretamente en la figura de un personaje polivalente, excéntrico y peculiar como pocos: el productor cinematográfico Howard Hugues. Y Scorsese lo pone en la palestra desgranando sus neuras y analizando, ante todo, una de sus pasiones más exacerbadas, la de los aviones.
Enrique Colmena **: Pero del resto sólo queda el gran estilo scorsesiano, sin duda uno de los cineastas con más clase de los últimos treinta años. Poco bagaje, desde luego, para el que durante décadas ha sido un prodigioso cineasta que reinventaba el cine a cada película.
Alberto Bermejo ***: Concebida a imagen y semejanza del personaje que retrata, 'El aviador' es sin lugar a dudas una película grande, pero está lejos de ser una gran película. A estas alturas nadie puede poner en cuestión la habilidad, la tensión, la inclinación al exceso, la apabullante utilización de la cámara, el tiránico y tentador sexto sentido para sacar un plus de credibilidad a los actores y el sinfín de virtudes indiscutibles que han situado al cineasta Martin Scorsese entre los más importantes de las últimas décadas, pero las imágenes de su nueva criatura estando como están por encima de la media de una industria adocenada, repletas de plasticidad y eficacia, de brillo y oropel, incluso de espectáculo, en el sentido más convencional del término parecen surgidas de una mente ajena a la fiebre, la pulsión, la crispación, el talento incontestable o las contradicciones irresolubles pero fascinantes que hicieron verdaderamente grandes en su momento sus mejores películas.
Mirito Torreiro: En la secuencia culminante de esta larga, apasionante biografía que es El aviador, aquella en la que un ya enajenado Howard Hughes comparece ante la comisión parlamentaria que le interroga sobre las relaciones entre sus empresas de aviación y la administración, queda perfectamente en evidencia la tortuosa, y sin embargo ejemplarmente inteligente apuesta que hace Martin Scorsese en su película. Allí, ese ser humano (extraordinario Di Caprio: jamás estuvo mejor que aquí) al que acabamos de ver víctima de un devorador complejo obsesivo-compulsivo, se alza sobre sus propias carencias para brindar al espectador la única, solitaria ocasión de identificarse con él y sus circunstancias.
Mr cranky (-1): Hughes's mother is bathing him and washes his penis in a rather creepy way. It's a very short scene and apparently we're supposed to believe that it was this penis washing that prompted Hughes's bizarre behavior as an adult.
Hughes's mother's penis-playing ostensibly produced obsessive-compulsive disorder in Hughes.
Ebert ****: His aides, especially the long-suffering Dietrich, try to protect him, but eventually he disappears into seclusion. What a sad man. What brief glory. What an enthralling film, 166 minutes, and it races past. There's a match here between Scorsese and his subject, perhaps because the director's own life journey allows him to see Howard Hughes with insight, sympathy -- and, up to a point, with admiration. This is one of the year's best films.
Simond Braund ****: Yet in spite of the lush production values, absorbing narrative and outstanding performances, the question of what, exactly, made this extraordinary man tick remains unanswered. When he’s pulled from the flaming wreckage of his plane, the only words he manages to croak are, “I’m Howard Hughes, the aviator.” And we know precious little more of him than that.
Glen Kenny **1/2: While packing in a huge amount of info, both factual and frankly mythical, about its subject, rich kid/flyboy/movie mogul/womanizer/visionary/nutjob Howard Hughes, the movie keeps up an exhilaratingly brisk pace.

Rotten Tomatoes: $42m. 90%
Antonio Román, 1955
Carmen Sevilla (Carmen) Fernando Fernán Gómez (Dr. Kroll) Manolo Gómez Bur (Señor raro) José Isbert (Congresista despistado) Carlos Casaravilla (Dr. Radowsky) Katie Rolfsen (Dra. Petersen)
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Spain is different

Congreso en Sevilla es precursora en un tema que en los años sesenta será cotidiano en el cine español, el de la visión de los nórdicos, el del tópico de la España diferente, el de los valores castizos enfrentados con los pobres europeos ricos. Ya en los años cincuenta, el español empieza a preguntarse que tiene de bueno vivir en un país subdesarrollado. Para responder a los infinitos complejos de su público, Román dice que España tiene sol y alegría, y Carmen Sevilla demuestra que sus mujeres son más decentes.

Carmen Sevilla interpreta a una emigrante española en Estocolmo que no tiene para mantener su negocio ni tampoco para comprar un billete de vuelta a España. Gracias a un malentendido conoce a la Doctora Petersen que tiene una invitación para un congreso médico en Sevilla y que no piensa acudir. Ella usa el billete y se hace pasar por la doctora el tiempo justo para llegar a la ciudad, pero después se ve obligada a mantener la mentira.

La andaluza disfrazada de sueca sorprende a todos los médicos con sus remedios caseros y su gracia, y demuestra que no hay nada como la mujer del sur. El compañero sueco le ayuda a mantener la mentira para cortejarla, y la auténtica Doctora Petersen amenaza con llevarla a la carcel.

Hay influencias fáciles de adivinar, como “Bola de Fuego”, en el congreso de sabios simpáticos y algo talluditos que se dejan rejuvenecer por la cantante, y sobre todo de “La fierecilla domada” que Román estaba rodando con Carmen Sevilla y Alberto Closas. La relación entre el doctor Kroll y la falsa doctora tiene poco que ver con la historia y mucho con la de Don Beltrán y Catalina. Román añade algunas marcas de la casa, como ese esfuerzo concienzudo en que la protagonista cometa su travesura forzada por los hechos y en ningún caso por maldad; también los diálogos ingeniosos, pulidos, en esa prosa barroca que tanto gustaba entonces, también eso suena a Román.

La importancia de llamarse Ernesto

Oliver Parker, 2002
Reparto: Rupert Everett (Algy), Colin Firth (Jack), Frances O'Connor (Gwendolen), Reese Witherspoon (Cecily), Judi Dench (Lady Bracknell), Tom Wilkinson (Dr. Chasuble), Anna Massey (Miss Prism), Edward Fox (Lane), Patrick Godfrey (Merriman), Charles Kay (Gribsby).
Guión: Oliver Parker; basado en la pieza teatral de Oscar Wilde.
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Dandis

En el famoso clásico Julieta se pregunta que es lo que le impide unirse con Romeo. ¿Qué cosa es eso de Montesco? No es ni brazo ni pierna; el nombre no es lo que importa en el amor. Sin embargo, las protagonistas de “La importancia de llamarse Ernesto” no están dispuestas a casarse con un hombre que no se llame Ernesto. A veces es difícil disfrutar mucho con obras como esta porque Wilde no habla con nosotros, habla con Shakespeare, y le toma el pelo. Wilde desmonta a conciencia los elementos del drama tradicional y les da la vuelta antes de volver a ensamblarlos. Los dos protagonistas mienten para conseguir a sus amantes y fingen llamarse Ernesto, por esa razón ellas los castigan con su indiferencia. “The importance of being earnest” se puede traducir por “La importancia de llamarse Ernesto” pero también por “La importancia de ser formal”.

El teatro de Wilde es una escuela para dandis. Los protagonistas se permiten todas las extravagancias salvo la de caer en el tópico. Lady Bracknell (Judy Dench) representa el orden y la respetabilidad, acaso, también el prejuicio. Ella es el único obstáculo para la unión feliz de todas las parejas. Ernest quiere casarse con su hija y ella lo somete a una entrevista. Le parece bien que fume porque todo hombre debe tener una ocupación, pero pone reparos al número de la calle en que vive, porque ese lado no está de moda. Dado que Ernest fue encontrado de niño en una maleta le encarece a hacerse con una familia si quiere la mano de su hija porque ella va a emparentarse también y no quiere hacerlo con una maleta. Lady Bracknell, como miembro fiel de la moral victoriana puede aceptar ciertas cosas, pero no otras. Wilde le presta todo su ingenio para inventar cuales sí y cuales no.

La adaptación al cine de Oliver Parker está hecha con entusiasmo, aparte de oficio. Parker ha digerido primero, y rodado después la simpatía de Wilde y ha conseguido que los diálogos se queden como un elemento del juego, no como el centro. No le sale uno de esos dibujos a los el director sólo añade color, cosa que sí suele ocurrirle a Branagh. A mi me ha reconciliado con las ocurrencias del irlandes, al que hace poco dedicaba alguna puya, cosa por la cual le quedo muy agradecido.

Enrique Colmena **: lo mejor de la película está en el texto original, en los agudos diálogos de los dos protagonistas, que pugnan por llamarse Ernest para buscar los favores de sus amadas, en un enredo victoriano que resulta agradable de ver y simpático de escuchar.
Javier Ocaña: Es probable que la película no aporte nada nuevo a la más famosa versión cinematográfica de la obra, la realizada en el año 1952 por Anthony Asquith e interpretada por el mítico Michael Redgrave, pero de nuevo hay que rendirse ante el estilo depurado, el gran conocimiento de la falsedad imperante, la transgresión de las austeras normas de la época, la ironía, la sensibilidad, el individualismo, la sutileza, la lucidez y la réplica brillante del escritor irlandés.
Francisco Marinero *: Wilde hizo una suerte de crítica autocrítica del esnobismo y, hedonista y esteticista, estuvo pendiente de marcar la moda, con el riesgo inevitable de pasar de moda. La versión de Parker acentúa el esteticismo (en algunas escenas, con discutible gusto) y cuida la decoración retrospectiva y busca localizaciones atractivas siguiendo la tradición del cine británico de prestigio académico pero su intento de evitar una mera representación del original no logra más que poner de relieve su artificiosidad.
La obra en versión original.
Spark Notes: The Importance of Being Earnest was an early experiment in Victorian melodrama. Part satire, part comedy of manners, and part intellectual farce, this play seems to have nothing at stake because the world it presents is so blatantly and ostentatiously artificial. Below the surface of the light, brittle comedy, however, is a serious subtext that takes aim at self-righteous moralism and hypocrisy, the very aspects of Victorian society that would, in part, bring about Wilde’s downfall.
Cliff Notes: Various characters in the play allude to passion, sex and moral looseness. Chasuble and Prism’s flirting and coded conversations about things sexual, Algernon stuffing his face to satisfy his hungers, the diaries (which are the acceptable venues for passion), and Miss Prism’s three-volume novel are all examples of an inner life covered up by suffocating rules. Even Algernon’s aesthetic life of posing as the dandy, dressing with studied care, neglecting his bills, being unemployed, and pursuing pleasure instead of duty is an example of Victorians valuing trivialities.

Rotten Tomatoes: 60% $8m.

Taxi driver

Martin Scorsese, 1976
Reparto: Robert de Niro (Travis Bickle) Cybill Shepherd (Betsi) Peter Boyle (Wizard) Jodie Foster (Iris Steensma) Harvey Keitel ('Sport' Matthew) Leonard Harris (Sen. Charles Palantine. Candidato a la casa blanca) Albert Brooks (Tom)
Guión: Paul Schrader
Música: Bernard Herrmann
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Los galones de Travis

Es posible reducir la peripecia argumental de Taxi driver a las líneas básicas de una gesta, de un poema heróico. Travis es un joven humilde, de 26 años, que empieza a trabajar de taxista en Nueva York. El candidato a la presidencia (el rey) entra en su taxi y le pregunta ¿qué te gustaría cambiar si pudieras hacerlo? Travis se da cuenta de que él no hace nada por mejorar la ciudad. La damisela de sus sueños es una niña con demasiado rango para él (ella no es capaz de apreciar el regalo que él le hace de ver una peli porno), así que lo rechaza. Desde ese momento el escudero sin rango tiene dos razones para conquistar los honores de caballero. Quiere estar a la altura del político y a la altura de la doncella. En vez de una espada, Travis compra un montón de pistolas.

No es necesario aceptar una lectura de este tipo, pero si uno lo hace, puede ver que tanto el director como el guionista, Schrader, han puesto los cinco sentidos en rebajar la trama caballeresca hasta la vulgaridad y la grosería. El Nueva York que vemos es sórdido, la oficina de los taxistas, el bar donde paran, el piso de Travis. Hay quien confunde el realismo con la cutrez, pero este Nueva York es tan inventado como el de las comedias de Doris Day. El taxista intenta ligar con la niña pija llevándola a un cine porno, él no parece entender por qué ella se indigna. El elemento más antiheróico de la película es sin duda el de la prostituta. La muchacha es feliz y es la amante del chulo, pero Travis necesita ver en ella una víctima para completar su hazaña. Travis necesita ayudar a una persona que no quiere ser ayudada. Su heroísmo es antiheróico, absurdo, pero a él le vale para conseguir sus galones, igual que velar armas en una venta de Castilla. Para la damisela, también es suficiente.

El único que no colaboró con Schrader y Scorsese en esta desmitificación fue Hermann. El compositor acompaña las cabalgatas del taxista noctámbulo por Nueva York con música rimbombante, y con acordes de Jazz de una tristeza infinita.

Fuenteovejuna

Antonio Román, 1947
Reparto: Amparo Rivelles (Laurencia); Manuel Luna (Comendador Mayor don Fernán Gómez); Fernando Rey (Frondoso); Tony Leblanc (Mengo)
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La insubordinación

Fuenteovejuna consiguió la categoría de Primera A o sea, Interés Nacional, lo cual le daba derecho a un buen número de licencias de importación de películas extranjeras, que eran la verdadera fuente de ingresos. Recibió los honores con poco entusiasmo; uno de los informes decía "fría, aunque decorosa y costosamente hecha."

La obra ya había sido adaptada durante la república con una intención izquierdista, más obvio que el de esta reelaboración, porque el tema es la insubordinación frente al abuso. Román tuvo que evitar muchos obstáculos para sacarla adelante. De un lado había que cambiar los tintes izquierdistas del texto de Lope de Vega, pero sobre todo, tuvo que limar el discurso fascista al cual se adscribe todo su cine, porque Hitler acababa de perder la guerra, y España había quedado aislada en medio de las democracias vencedoras. La propia “Raza” fue podada para resultar más del agrado de los aliados.

Fue producida por Alhambra Films y los madrileños estudios C.E.A. y costó tres millones de pesetas. Para evitar choques con la censura contó con asesores histórico militares, religiosos y de ambientación. La adaptación corrió a cargo de José María Pemán. Se abrevió al máximo la secuencia de las torturas de la obra de Lope. Pensemos que en ese mismo momento aún se estaba torturando a los republicanos derrotados de la Guerra Civil. Se cambiaron términos como “Gusto” por “Gozo”, que resultaba menos grosera, la obra original era, según palabras de los asesores, “un espada de dos filos, ya que las circunstancias de tiempo, lugar y formación política y moral del pueblo en la época en que fue escrita, distan mucho a la enseñanza, comprensión o ejemplaridad de la misma, de las gentes y costumbres de los tiempos modernos.”

En 1945, Franco abandona la imposición del saludo fascista en un intento por acercarse a las democracias europeas. En la película hay una escena añadida al texto de Lope en la que el alcalde discute con los consejeros la forma de recibir al comendador, si hay que poner una rodilla en tierra o las dos, y acuerdan que un simple gesto con la cabeza bastará.

La tesis de Román es que la grandeza de la nación se consigue con la limpieza política y espiritual de la nación, el respeto al pueblo, a las diferencias de clase y a las instituciones. En sus diarios anotaba, según Pepe Coira que ha publicado un libro acerca del director, que una vez hecha esta limpieza interior, el país estaría en condiciones de proyectarse al exterior y continuar su campaña. Para conseguir la limpieza haría falta un líder que no aparece en Lope de Vega, y que ha de poder guiar con criterio a la horda desenfrenada en su afán justiciero.
Luis Fernández Colorado. Artículo de “Historia crítica del cine español.”

Antonio Román

IMDB
El Mesón del gitano (1970)
Un Perro en órbita (1966)
Ringo del Nebraska (1966)
Un Tiro por la espalda (1964)
Pacto de silencio (1963)
El Sol en el espejo (1963)
Mi mujer me gusta más (1961)
Bombas para la paz (1959)
Los Clarines del miedo (1958)
Madrugada (1957)
Dos novias para un torero (1956)
La Fierecilla domada (1956)
Congreso en Sevilla (1955)
Último día (1952)
La Forastera (1952)
Fuente enterrada, La (1950)
El Pasado amenaza (1950)
El Amor brujo (1949)
Pacto de silencio (1949)
La Vida encadenada (1948)
Fuenteovejuna (1947)
El Hombre y el carro (1945)
Los Últimos de Filipinas (1945)
Lola Montes (1944)
La Casa de la lluvia (1943)
Intriga (1942)
Boda en el infierno (1942)
Escuadrilla (1941)
Barcelona, ritmo de un día (1940)
La Ciudad encantada (1936)
Canto a la emigración (1935)

Antonio Fernández-Román García de Quevedo (Orense, 1911; Madrid, 1989)

Abandona los estudios de Farmacia en la Universidad de Madrid para colaborar en las revistas Popular Films, Films Selectos y Cinegramas, y rodar bastantes cortometrajes, entre los que destacan Sandra (1930), Ensueño (1931) y La ciudad encantada (1934). Trabaja como actor en el teatro popular La Barraca y sucede a Federico García Lorca en su dirección. Tras colaborar en el guión de Raza (1941), de José Luis Sáenz de Heredia, debuta como realizador con los panfletos políticos Escuadrilla (1941) y Boda en el infierno (1942). Bastante más interés tienen sus dos adaptaciones de novelas de Wenceslao Fernández Florez: el curioso policiaco Intriga (1943) y la dramática La casa de la lluvia (1943); además de la biográfica Lola Montes (1944) e incluso la propagandística Los últimos de Filipinas (1945). Vuelve a caer en la mediocridad con Fuenteovejuna (1947), sobre la obra de Lope de Vega; las melodramáticas La vida encadenada (1948), Pacto de silencio (1949), de la que vuelve a rodar otra versión con el mismo título catorce años después; el policiaco Último día (1952); la panfletaria El pasado amenaza (1950), y El amor brujo (1949), primera versión de la obra de Gregorio Martínez Sierra con música de Manuel de Falla. Entre sus restantes doce películas abundan las comedias, como Congreso en Sevilla (1955), Dos novias para un torero (1956), Bombas para la paz (1958), Mi mujer me gusta más (1960), que demuestran que no está dotado para el género; también hay algún drama fallido, como El sol en el espejo (1962), adaptación de una obra teatral de Alfonso Paso, e incluso un spaghetti-western de bajo presupuesto, Ringo de Nebraska (1966). Sin embargo, también realiza obras ambiciosas con algún interés, como La fierecilla domada (1955), basada en la obra de William Shakespeare; Madrugada (1957), sobre un texto dramático de Antonio Buero Vallejo; y Los clarines del miedo (1958), adaptación de la novela de Ángel María de Lera, que describe bien el miedo de dos toreros muy diferentes en una corrida de pueblo.
Augusto M. Torres. Diccionario de cine español.

Alejandro Magno

Oliver Stone, 2004
Reparto: Colin Farrell (Alejandro), Angelina Jolie (Olimpia), Val Kilmer (Filipo), Anthony Hopkins (Tolomeo), Rosario Dawson (Roxana), Jared Leto (Hefestión), Christopher Plummer (Aristóteles), Gary Stretch (Cleitus), Jonathan Rhys-Meyers (Cassander), Joseph Morgan (Philotas).
Guión: Oliver Stone, Christopher Kyle y Laeta Kalogridis.
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Peplum pretencioso

En 331 A.C. Alejandro Magno enfrentó su ejército de cuarenta mil griegos con más de doscientos mil persas de Dario en Gaugamela. Consciente de que el rey era un cobarde organizó la falange de tal modo que llegará al punto donde estaba Dario. Dario huyó y el ejército persa se batió en retirada. Fue una victoria decisiva. Desde ese momento hasta su muerte, el 13 de junio de 323, Alejandro fue conquistando una tras otra las provincias del inmenso imperio persa mientras Dario huía. Jamás perdió una batalla. Llegó hasta la India y sus hombres, agotados, exigieron regresar. Algún historiador dice que les hizo volver por del desierto de Gedrosia como venganza por no haber avanzado con él.

En 330 en Afganistán castigó una conjuración en su contra. Hizo ejecutar a Filotas que era uno de los cabecillas, pero también era el hijo de Parmenio, un general al mando de veinte mil hombres en Media a tres días de distancia. Alejandro tenía que asesinar al general antes de que oyera la noticia y se rebelara con su tropa. Mandó a sus oficiales más fieles, uno de ellos Clito, y ellos cumplieron su deber. Este episodio podría haber sido el más inquietante por su ritmo, por la carrera contra el tiempo, pero el resultado no es muy cinemático.

En 328 Alejandro estaba en Maracanda (Hoy Samarcanda). En una de sus fiestas se emborrachó y rebajó a su padre, Filipo de Macedonia. Uno de sus más fieles veteranos, Clito, había servido a ambos, y había salvado a la vida a Alejandro en la batalla del Gránico, se levantó y habló en defensa del difunto padre de Alejandro. Lleno de cólera, Alejandro lo atravesó con una lanza. Se arrepintió de su crimen y lloró varios días. Pero lo cierto es que Alejandro fue un asesino.

Oliver Stone podría darnos como excusa para haber rodado un peplum tan monumentalmente indiferente la obligación que tenía de cumplir con los datos de una biografía. Alejandro tuvo su gran batalla, su clímax, al principio de su carrera, cuando se enfrentó a Dario, y no al final, como conviene al rimo cinematográfico; sus decisiones no fueron lo que se dice un dechado de virtud, asesinó, arrasó y cayó en el exceso; y para un espectador es muy difícil compartir el empeño que puso en llegar más allá de la India, a despecho de la vida de sus hombres.

Stone podría haberse ceñido a los hechos para rodar un peplum de batallas y de intrigas. Pero las batallas y las tramas, que son la única cosa que entretiene al espectador, le interesaron menos que sus propias imaginaciones sobre los motivos y el corazón de Olimpia, la madre de Alejandro, o Hefestión, su amante. La película es larga y pomposa, pero no a costa de los hechos sinó de unas discusiones engoladas sacadas de alguna obra de teatro casposa. Las batallas están rodadas con dinero, pero sobre todo con desgana. Y es trampa sacudir tanto la cámara para que imaginemos acción sin verla.

La historia está narrada por Ptolomeo, el general que se quedó con Egipto (creo que Cleopatra desdendía de él). Como narrador nos explica algunos aspectos de la vida de Alejandro, y pasa de corrido sobre otros que a muchos espectadores, como a mi, nos gustaría ver, en vez de escuchar.

J.P. Bango (5/10): Ajeno, en fin, a las consignas del cine de ascenso y caída (veáse la excelente Lawrence de Arabia), la historia de Alejandro Magno discurre por la senda de una Road Movie Historicista de forma desangelada, sin ninguna progresión dramática (sólo crecen las cicatrices en el rostro, brazos, torso del macedonio) y menos fortuna narrativa.
Enrique Colmena *: En definitiva, este Alejandro no sólo no es Magno, sino que no llega a ni a coñac de garrafa.
Cinefago: comenzamos con la primera roña del año, el Gran Alejandro pierde más aceite que la furgoneta de Loco-Mia, y es que el sobeteo que se están metiendo todo el día con Hefestión encharca las hazañas de Alejandro, y es que sin duda más que conquistar, salir del armario es el tema del principal del film.
En voz alta: La moral neoconservadora americana no ve con buenos ojos la relación entre Hefestión y Alejandro. Una pasión que llevó al líder macedonio, a la muerte de éste, a realizar sacrificios humanos en su honor. Es de suponer que tampoco es políticamente correcto que Olimpia, madre de Alejandro, fuera una apasionada devota de los cultos orgíastico-dionisíacos y una mujer de asombrosa sangre fría, capaz de eliminar, literalmente, cuantos rivales encontrara en su camino. Tampoco será plato de buen gusto la afición a la bebida del conquistador macedonio.
Francisco Marinero ***: Ya cuando es adulto e interpretado convincentemente por Colin Farrell, Alejandro sigue estando obsesionado con ser semejante a Hércules, Aquiles y Prometeo (aunque lo más discutible de la película sea su voluntad de liberar a los pueblos bárbaros de sus tiranos e instaurar la libertad, un pensamiento demasiado moderno y algo incompatible con su insaciable afán conquistador) y con ganarse el amor de su madre y superar la grandeza de su padre (Stone acertó al haber optado por un actor de más peso físico para el papel de Filipo: Farrell parece vulnerable frente a Kilmer, que, curiosamente, era el elegido para hacer de Alejandro hace años cuando se intentó llevar a cabo el proyecto por primera vez).
Roberto Piorno @@@@: Se van a hartar a leer y oír encendidas descalificaciones, razonados improperios, explícitas decepciones y mofas a diestro y siniestro por el tinte capilar de Colin Farrell, por la empanada mental de Oliver Stone y por un millar y medio más de despropósitos.
Mr Cranky (-5): For starters, Old Ptolemy seems to be ad-libbing. Further, he tells us things that a more skilled filmmaker would be showing us. Third, as the movie progresses he shows up frequently, holding the pieces together like cinematic duct tape. […] Nothing forges male bonds like sweaty warfare in armored skirts and "Alexander" has more gay sexual tension than a Promise Keepers' meeting.
Roger Ebert **: Stone is fascinated by two aspects of Alexander: his pan-nationalism and his pan-sexualism. He shows him trying to unite many peoples under one throne while remaining equally inclusive with his choices of lovers.

Rotten Tomatoes: 14% $34m.
Brad Silberling, 2004.
Reparto: Jim Carrey (Conde Olaf), Meryl Streep (Tía Josephine), Emily Browning (Violet Baudelaire), Liam Aiken (Klaus Baudelaire), Timothy Spall (Sr. Poe), Catherine O'Hara (Juez Strauss), Billy Connolly (Tío Monty), Cedric The Entertainer (Condestable), Luis Guzmán (Hombre calvo), Jennifer Coolidge (Mujer de cara blanca), Kara y Shelby Hoffman (Sunny Baudelaire).
Guión: Robert Gordon; basado en los libros de Lemony Snicket.
* * *
No es el primero

Las catastróficas desdichas de los tres hermanos Baudelaire tienen todos los ingredientes para ser un taquillazo menos uno. La historia respira un goticismo que no tiene nada que envidiarle al Tim Burton más desmelenado; el argumento está cosido con trampas y giros que harían las delicias de J.K. Rowling; el malo es malísimo quiere la herencia de los tres hermanos y dan ganas de matarlo con las propias manos, si no por sus arteras intenciones, al menos por la interpretación del histrión Carrey. Los tres hermanos Baudelaire son personajes algo de fábula, pero también tienen un punto muy humano capaz de ganarse al público más frío. Emily Browning, la hermana mayor se come la pantalla con un estilo que (corríjanme si me equivoco) sigue la misma línea de Scarlett Johanson. Mientras huyen del mezquino Tío Olaf que se vale de sus derechos de tutor para intentar cobrar la herencia de los niños, conocen a dos tutores a cual más estrafalario. Uno de ellos cría serpientes peligrosas, la otra vive una vida de miedos y aprensiones, si bien vive en una casa más bien insegura. Si el director hubiera estado más interesado por la línea temática que por la argumental quizá hubiera sacado un buen bocado sobre el miedo y la infancia: los tres tutores son dignos de infarto, pero no son dignos del mismo cariño.

Entonces, ¿por qué ha pasado sin pena ni gloria por la cartelera? Yo creo que en cine, hacer las cosas bien, o incluso impecablemente bien no tiene gran valor, en el arte, sólo cuenta el primero que llega. A Silverling se le han adelantado en todo.

Hay un ingrediente narrativo muy estimulante. La historia no comienza con los niños, comienza con el propio escritor, Lemony Snicket que nos advierte que la historia que va a contarnos no es acaramelada, y que si queremos ver elfos podemos ir a la sala de al lado. Ya sé que no es tampoco original, “la novia de Frankenstein”, por ejemplo, empieza con Mary Shelley pensando el relato, pero aquí, la voz del creador está usada como parte del clima; de entrada nos explica cuales son sus premisas creativas, el autor quiere evitar el empalago.

El tal Lemony Snicket es seudónimo del autor de la serie de libros que dan título a la película. Tiene un aire provocativo que por ejemplo advierte al lector de que cada libro es un peñazo, o bien que no lea porque no lo va a pasar bien. Su autobiografía es parte de su creación, un poco disparatada, y digna de Groucho Marx. Snicket invita a los niños a entrar en un juego que en realidad es el mismo que el de los autores de adultos: los escritores crean libros y personajes, pero también se crean a si mismos, su mito, su voz.

Alberto Bermejo ***: El barroco imaginario del director Brad Silberling contiene un buen puñado de referencias a los cuentos clásicos de la literatura o a películas como 'La noche del cazador', una mezcla de registros misteriosos, más tétricos de lo habitual en el actual cine para niños, y destellos de sardónico humor, especialmente en el personaje de la hermana más pequeña.
Méndez-Leite @@: Todo ello está puesto al servicio de una historia de evidentes ecos dickensianos - el conde Olaf, que interpreta Jim Carrey tiene no pocos parecidos con el Mr Scrooge que hizo Albert Finney - y cocinado por el novelista con la cabeza puesta en 'Harry Potter', aunque hay evidentemente una intención de dar la vuelta a ese modelo introduciendo elementos más negros y maliciosos que desgraciadamente el guión no desarrolla en todas sus posibilidades.

Rotten Tomatoes: 70% $60m
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