La cosecha



Relecturas


Stephen Hopkins, 2007
Reparto: Hilary Swank (Katherine Winter), David Morrissey (Doug), Idris Elba (Ben), AnnaSophia Robb (Loren McConnell), Stephen Rea (padre Costigan), William Ragsdale (sheriff Cade), John McConnell (mayor Brooks), David Jensen (Jim Wakeman), Yvonne Landry (Brynn Wakeman), Samuel Garland (William Wakeman).
Guión: Chad Hayes y Carey W. Hayes; basado en un argumento de Brian Rousso.
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No sé que crítico decía que las obras nuevas no se inventan de la nada, son malas relecturas de las viejas. Hay quien manosea a los predecesores porque cree que puede mejorarlos. Por ejemplo “La cosecha” es la relectura de un espectador que se quedó con ganas de despacharse con el niño orejudo que hace de Demian en “La profecía”. Esa espina podría explicar media película. El final no. El final pertenece a la moda “poker” del cine de hoy, que consiste en sacar una carta de la manga que le da la vuelta a todo lo que creíamos, la mujer del alcalde no es su mujer, es un travesti, el pueblo no es un pueblo, está pintado... Todo, con tal de sorprender.

Un test seguro para distinguir cuando te cuenta la historia un director inteligente y cuando te la cuenta un tonto es como el protagonista descubre la verdad. La verdad puede venir de la mano de un científico con melena blanca (el camino rápido), de un moribundo, de un cotilleo, de un ordenador, de un secreto que nadie debería saber (esta suele ser la más fiable). Los protagonistas inteligentes filtran lo que oyen, discuten, se resisten a creer. El director de “La cosecha” ha elegido un atajo más corto aún que el del científico de la melena blanca: ha elegido la mesa de montaje. Yo todavía no sé si felicitarle por el morro que le echa o decirle que se vaya a hacer gargaras. No tiene desperdicio, la protagonista se entera de la verdad de la historia porque el montador le pone delante la secuencia de los hechos tal como ocurrieron. Nadie habla, nadie explica, aparecen las escenas y ya sabemos que fue así.

La protagonista es una profesora universitaria que estudia milagros para darles una explicación científica. Había sido misionera en África, pero una tragedia le hizo renegar de su fe. Ahora la llaman de un pueblo llamado Haven donde unos fenómenos paranormales apuntan a que una niña es la encarnación del diablo.

Los haveanos, o haveneños, no me sé el patronímico, están sufriendo una por una las diez plagas bíbilicas. La lista de las diez plagas es igual de socorrida que la de los siete pecados capitales, o los cuatro evangelistas. La teología es un tesoro inagotable de esqueletos narrativos para autores sin imaginación.

Conscientes o no del dolor de cabeza que significa su propuesta, los autores han puesto todo de su parte para que al menos no resulte indiferente. Haven es el lugar donde se libra la batalla entre el bien y el mal. Allí es donde se decide si el demonio va a dominar el mundo y por tanto nos van a subir todavía más el recibo del teléfono, o si Hillary Swank va a salvarnos de tener que hacer cola en la ventanilla del banco. Me pregunto por qué el demonio elige formas tan raras en las películas cuando uno se lo encuentra en cada esquina con ropa de paseo.

El buen pastor



La culpa es de Julieta


Robert De Niro, 2006
Reparto: Matt Damon (Edward Wilson) Robert De Niro (Bill Sullivan) Angelina Jolie (Clover Wilson) Joe Pesci (Joseph Palmi) Alec Baldwin (Sam Murach) Tammy Blanchard (Laura) Billy Crudup (Arch Cummings)
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Estos actores metidos a directores, como Clooney en “Buenas noches y buena suerte”, Banderas, o De Niro, parece que dirigen para que sepamos que no son tontos. “El buen pastor” habla de los hilos de la historia que nos han llevado a donde estamos, de los hilos que mueven el mundo, igual que "Syriana", o que "El señor de la guerra". Todas ellas buscan ser difíciles. El estilo postmoderno parece consistir en el abuso de la elipsis inteligente; en la suposición de que el espectador es un tío listísimo. El director postmoderno no explica, presupone que estamos de vuelta de todo, se adelanta a nuestras anticipaciones. Y yo creo que ya va siendo hora de reclamar un cine más sencillo.

De Niro empieza la película planteando un misterio. La CIA fue derrotada en Bahía de Cochinos porque Fidel Castro tenía un soplón. Mientras Damon investiga quien fue, la historia hace un recorrido, no del todo indispensable, por el pasado del protagonista, y el nacimiento del departamento de Inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial.

Si olvidamos las tramas secundarias, cosa fácil de hacer gracias a su inagotable proliferación, la película plantea un dilema moral entre la patria y el corazón, o entre el deber y la felicidad. No deja de ser inquietante, pero da una respuesta demasiado paternalista. En manos como estas, el final “Romeo y Julieta” se convertiría en una lección para hijos malcriados, y los padres de los Capuleto y los Montesco serían los héroes.

Descubriendo a los Robinsons



Familias progres y viajes en el tiempo


Stephen Anderson, 2007
Doblaje original: Angela Bassett (Mildred), Daniel Hansen (Lewis), Tom Selleck (Cornelius Robinson), Harland Williams (Carl), Adam West, Laurie Metcalf (Lucille Krunklehorn), Nicole Sullivan (Franny), Adam West (tío Art), Ethan Sandler (Doris/CEO/tío Spike/tío Dimitri/primo Laszlo/tío Fritz/tía Petunia), Tom Kenny (Sr. Willerstein).
Guión: Michelle Bochner; basado en el libro "A day with Wilbur Robinson" de William Joyce.
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En la cultura estadounidense, la izquierda no es un fenómeno social como en la europea. La izquierda es tan individualista, heroíca y promotora del esfuerzo individual como la derecha. La diferencia entre una y otra a mi me parece cosa de fachada, nada más. Por eso no entiendo que Tim Robins se queje de haberle dado la mano al alcalde de Madrid. No entiendo cual es la diferencia que los separa. La izquierda estadounidense es Capra, la familia alocada de “Vive como quieras”, las familias alternativas de Katherine Hepburn, como la tía de Connecticut en “La fiera de mi niña”, la familia real de la Hepburn, la familia de los Focker en “Los padres de él”. Y la familia de los Robinson. La izquierda estadounidense parece consistir en dejar que los niños se dejen la sopa sin probarla, o en que practiquen ballet encima de la mesa del comedor, mientras el abuelo prueba un invento que no sirve para nada en la cocina.

“Descubriendo a los Robinson” no trata tanto de la revisitación a una familia progre enrollada de los años treinta, como de un viaje en el tiempo a lo Charles Dickens y su cuento de Navidad, o su remasterización “Click”, o tantos otros viajes en el tiempo. Terminator, El tiempo en sus manos, Viaje al futuro, Doce monos, El planeta de los Simios, La máquina del tiempo, Frequency, El sonido del trueno, Primer. Y dejo un aparte para la que más me sorprendió y menos éxito tuvo: “El efecto mariposa”, donde cada cambio que el protagonista hace en el pasado acarrea un presente completamente inesperado.

Los motores de la Disney vuelven, por fin, a usar la imaginación como combustible.

Aunque me gusta su prosa, no comparto el entusiasmo de Jordi Costa. Viajar en el tiempo no es una exhibición de imaginación, hoy día es un camino trillado. La colección de personajes estrafalarios no luce si no son parte de un engranaje que los enfrenta y hace salir chispas delante de nosotros. Las opciones morales: mirar adelante, o vivir del rencor, no son precisamente vulgares, pero también cabían en un libro de autoayuda.

Es cierto que el final funciona. Les va a emocionar sin duda. Les va a hacer pensar si la felicidad es algo que uno dejó en algún rincón del pasado o algo que uno tiene que currarse. Pero la película no es redonda, porque con menos viajes en el tiempo y menos mundos fantásticos podía habernos hecho sentir igual de felices.

House



Llamar por teléfono, escuchar música, mandar cartas, las hojas de papel, los mapas, la capa de ozono, la economía... Todo está patas arriba con el milenio recién estrenado. Lo que House quiere cambiar es otra cosa tradicional, nuestra ética, esa mochilita de verdades que todos llevamos a todas partes.

House no es nuestro héroe por la cantidad de vidas que salva, es nuestro héroe por la batalla que ha entablado con la moral vigente. En la primera temporada parecía que sólo le había declarado la guerra a la hipocresía. La batalla era enunciable en aquella frase que repetía tanto: “todo el mundo miente”. ¿Mentiría él? Un millonario compraba el hospital y lo ponía a prueba: si quieres que no despida a uno de tus subalternos tienes que mentir. Era la batalla de David contra Goliat y todos estábamos de parte de House.

Pero House no deja de crecer. Su mirada se dirige a muchas otras verdades del siglo XX. El médico que salva vidas en África no es un héroe para House que huye de los altruismos huecos. El amor de los hermanos, de las parejas, el sexo, el trabajo, la vocación, la vejez y la adolescencia, aparecen en cada capítulo para que House las haga salir escaldadas. Cada personaje que pasa por la consulta podría ser uno de nosotros. La mirada de House sorprende porque es una mirada nueva alejada de los tópicos idealistas. El espectador espera cada capítulo para saber que tiene que decir el médico huraño sobre un tema que le atañe. Y tiene el añadido de que Gregory House no va a hablar con los modales de un santurrón para pedirnos nuestro amor o nuestra admiración incondicional. Pontifica agarrado a su bote de vicodina como un yonki desesperado. Escucharle sale gratis en términos de transferencia.

En todas las series estadounidenses hay un negro para cumplir con la cota de pantalla. En House, Foreman está para forzar cerraduras. Eso significa que los americanos ya no necesitan pedir perdón a los negros por ser unos racistas impenitentes. Cameron está para reflexionar sobre el humanismo, y Wilson para que el héroe no esté solo y para medir la amistad.

La serie House es una cocina del siglo XXI donde se elaboran las recetas del nuevo hombre y se reparan las viejas y caducas. Yo les aconsejo que se enganchen al fenómeno porque aunque quieran ignorarlo es probable que alguien a su lado esté siguiendo la serie. Habrá quien escuche a House sin discutir y acepte sus planteamientos, y habrá quien los discuta y quiera saber si son aplicables. En ambos casos acabaremos viendo una respuesta house cerca de nosotros y es bueno estar preparado.

The host



El heroe payaso


Bong Joon-ho, 2006
Reparto: Song Kang-ho (Park Gang-du), Byun Hee-bong (Park Hee-bong), Park Hae-il (Park Nam-il), Bae Doo-na (Park Nam-joo), Ko A-sung (Park Hyun-seo), Lee Dong-ho (Se-ju), Lee Jae-eung (Se-jin).
Guión: Bong Joon-ho, Hah Joon-won y Baek Chul-hyun; basado en un argumento de Bong Joon-ho.
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Las sandeces del cine coreano corren el riesgo de gustarnos por el simple motivo de que no son las sandeces del cine americano. Yo prefiero no ir corriendo a colgar trofeos cada vez que veo a dos señores de ojos rasgados comiéndo una sopa instantánea con palillos por el hecho de que aquí usemos cuchara.

El protagonista, al que llamaré el protagonista porque nadie es capaz de recordar un nombre coreano, es un tipo de perdedor realmente patético. Teñido de rubio, con un empleo mísero en un puesto de golosinas, dormido todo el día, cuida de de una hija que ejerce de madre ante semejante perdedor. Es un tipo de héroe que puede funcionar en oriente porque está calcado de los estereotipos de cualquier película de karate de serie B. Pero a mi me molesta por la imitación burda que hace del rebelde occidental y porque quizá en nuestro cine conectamos con el perdedor pero nunca con el payaso. Para hacer payasadas, aquí el héroe siempre tiene a un amigo.

Más extraño que la comida y las señales de tráfico resultan las relaciones familiares. El protagonista pierde a su hija a manos de la bestia y los dos hermanos lo corren a gorrazos. Uno no sabe si el espectador autóctono percibe la escena como cómica o dramática, pero siente una imperiosa necesidad de que acabe pronto.

Los coreanos recuerdan su pasado dictatorial igual que los españoles, añoran las barricadas. Uno de los hermanos prepara cócteles molotov mientras el taxista le recuerda que ya tienen democracia. El mal de la bestia encierra acusaciones políticas de trazo grueso. El engendro es culpa del ejército americano que manipula productos químicos en su base militar. El cirujano que quiere demostrar que el monstruo porta un virus contra toda evidencia es un americano estrábico.

El monstruo no se come a las víctimas, las guarda en una despensa. El padre se lanza a la busca de su hija cuando oye su voz en el móvil, lo cual arranca un punto de emoción. Pero un funcionario policial se niega a tomarlo en serio y lo detiene por chalado, lo cual queda a medio camino entre la crónica kafkiana, el sainete, y la denuncia de la burocracia coreana. Nunca sé cuando un coreano está de coña y cuando va en serio.

La bestia es una imagen infográfica aceptable. El ordenador que usaron no era de última generación, o bien le faltaban algunos megas de RAM, pero es lo de menos. Al principio persigue a la gente como una atracción de feria. Empezamos a tomarlo en serio cuando se come a sus víctimas. La niña, encerrada en un recoveco de la guarida, tiene la opción de sentarse a esperar o arriesgarse a buscar una manera de salir. Cuando la niña se juega el pellejo empieza el espectáculo. Es lo poco que queda del sello del director de “Memories of murder”. Eso y un par de escenas intimistas que no pegan en la trama. Puede que le hiciera mucha ilusión colarnoslas, pero no debería haberlo hecho. O bien se busca otro argumento para ellas, o bien se reprime un poco.

La vida de los otros



Los alemanes y su pasado


Florian Henckel von Donnersmarck, 2006
Reparto: Martina Gedeck (Christina-Maria Sieland), Ulrich Mühe (capitán Gerd Wiesler), Sebastian Koch (Georg Dreyman), Ulrich Tukur (teniente coronel Anton Grubitz), Thomas Thieme (ministro Bruno Hempf), Hans-Uwe Bauer (Paul Hauser), Volkmar Kleinert (Albert Jerska), Matthias Brenner (Karl Wallner), Herbert Knaup (Gregor Hessenstein).
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Tomemos por ejemplo "El padrino". Un director de medio pelo a cargo de esa historia hubiera condenado a los Corelone para que los espectadores aprendiéramos a ser niños buenos, o para que no le relacionáramos a él, al director, con la mafia. Coppola, sin embargo, se atreve con el morlaco, se identifica con el mafioso hasta el final. Por eso es uno de los grandes. No porque elija bonitos acordes en la banda sonora o porque coloque la cámara en un lugar más chuli que los demás. No sirve de nada seguir pasando revista a la ficha técnica, ni tampoco a la ficha artística del Padrino colgando elogios, no vamos a encontrar la explicación que la hace tan tremenda.

Ese paso que da Coppola es el que no da el cine alemán. Hirschbiegel hace una película sobre Hitler con el único fin de no comprender a Hitler, Henckel von Donnersmarck analiza una trama de la stasi de Honecker con la única intención de no ponerse en el lugar de un agente de la stasi.

Un experto en espionaje de la Alemania Oriental recibe el encargo de vigilar a un autor de teatro y a su amante. Después de pinchar toda la casa el espía descubre que en el fondo son dos víctimas del sistema y que el propio ministro abusa de su poder para conseguir los favores de la mujer. A partir de ese momento toma la improbable decisión de ayudar a sus víctimas.

El problema es que a partir de ese momento el agente deja de tener sentido. El personaje se enfrenta contra todo el régimen que lo mantiene y contra el propio trabajo que hace, lo cual suena muy bien para un espectador de hoy, pero no nos dice nada de lo que ocurrió en la Alemania de entonces. Si el público fuera católico, en vez de occidental, el director hubiera llenado al protagonista de crucifijos. Falta la audacia que sobraba en "El padrino". Yo sé de sobra que la Stasi violó la intimidad de los alemanes, y sé que las vendettas de la mafia son perversas. Pero no quiero un director que entre a juzgarlas con su catecismo de valores puesto al día. Quiero un director que me adentre en esos infiernos sin censuras mogigatas.

Me gustó la ambientación, esa Alemania Oriental tristísima con papeles pintados y sofás raídos. El detalle de la máquina de escribir es puro Hitchcock. Concentra en un objeto físico toda la tensión del relato. El comienzo es sublime. El protagonista explica un ejemplo de como se hace un interrogatorio mientras sus alumnos escuchan electrizados, igual que el espectador.

La serialidad comprimida



El final del siglo XX coincide con un fenómeno en la producción de blockbusters en el nuevo Hollywood que, por su reiteración, debemos considerar sintomático: la metamorfosis de series televisivas de culto, de larga duración, en una película de metraje convencional y, por lo tanto, con voluntad de historia vectorial y concluyente. Esta tendencia ratifica, por otra vía, los patrones regenerado res de muerte y resurrección creados por el cómic crepuscular de los años ochenta. Las dos obras mayores que inauguraron este filón las dirigió un mismo autor, Brian de Palma, especialista en el arte de la rememoración y el remake. El primero de estos films, Los intocables (The Untouchables, 1987), escrito por David Mamet, se basa en una serie histórica de 118 capítulos en blanco y negro emitida por la CBS entre 1959 y 1963, que se convirtió en un fenómeno internacional. La trama de la serie se centraba en la perseverancia de un grupo de oficiales del FBI, encabezados por Elliot Ness –un personaje real interpretado por Robert Stack–, que se enfrentaban a la corrupción mafiosa en tiempos de Al Capone. La serialidad televisiva invitaba al aplazamiento de todo efecto clausural en favor de una rutina marcada por un ciclo violento que se iba reiterando: una voz en off daba noticia de los hechos criminales en cada episodio en que, invariablemente, morían –como mínimo– dos mafiosos y algún confidente de la policía. Pero el grupo de oficiales era, como rezaba el título, intocable. Expeditivamente, Mamet convirtió la trayectoria de su Elliot Ness en un viaje vectorial, aunque arriesgado, hacia la victoria final contra el imperio del hampa. El precio a pagar, sin embargo, era el de la disolución de su grupo policial: de los cuatro protagonistas plenamente hermanados, dos de ellos perdían la vida en un par de secuencias memorables, la del asesinato de Oscar Wallace (Charles Martin Smith) en el ascensor de un hospital, y la brutal y poética muerte de Jim Malone (encarnado por un Sean Connery que, por una vez, moría de verdad). De este modo, en la película Los intocables la épica se hermana con el crepúsculo, y el tono melancólico de las últimas secuencias, con el protagonista contemplando la foto de sus amigos unidos, con una sonrisa común irrecuperable, permite entender que si el film es grande, y deja poso en la memoria, es precisamente por la incorporación de la muerte disgregadora como contrapunto a la utopía serial.



También la disolución de un grupo indestructible está en el origen de la adaptación que el guionista David Koepp realizó, en 1996, de la serie televisiva Misión imposible (Mission: Impossible), un caso transparente de traslación al cine del canon de regeneración crepuscular inventado por el cómic de los años ochenta. La extrema osadía de este film consiste en convertir a Jim Phelps, el héroe que en la serie clásica interpretaba Peter Graves, en un traidor desencantado (encarnado ahora por el veterano Jon Voight) que se vendía a organizaciones extranjeras y provocaba, al inicio de la historia, la muerte de casi todos los miembros de su equipo. Un superviviente de esta muerte traumática, el agente Ethan Hunt (Tom Cruise), debía encontrar nuevos aliados en plena huida por una Praga kafkiana, oscura y laberíntica, de sensible imaginario mortuorio. Lo que tenía que ser una historia de grupo feliz –como lo había sido la serie de los años sesenta– se convertía en una aventura obsesiva y solitaria. El precio de que la serialidad pudiera renacer en la pantalla fue la regeneración trágica.
Jordi Balló, Xavier Pérez: Yo ya he estado aquí

Diamante de sangre



¿Quién es el bueno?


Edward Zwick, 2006
Reparto: Leonardo DiCaprio (Danny Archer), Jennifer Connelly (Maddy Bowen), Djimon Hounsou (Solomon Vandy), Michael Sheen (Simmons), Arnold Vosloo (coronel Coetzee), Kagiso Kuypers (Dia Vandy), David Harewood ('Capitán Veneno'), Basil Wallace (Benjamin Kapanay), Jimi Mistry (Nabil), Anthony Coleman (Cordell Brown), Benu Mabhena (Jassie Vandy).
Guión: Charles Leavitt; basado en un argumento de Charles Leavitt y C. Gaby Mitchell.
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“Diamante de sangre” tiene el atractivo de haber elegido un marco poco visitado por el cine, por la prensa o por la mano de dios, el de las minas de diamantes de Sierra Leona, las guerras entre los rebeldes y las tropas del gobierno y los campos de refugiados gigantescos de Guinea.

Solomon Vandy es un padre de familia africano que sufre en su carne las luchas entre facciones por controlar el poder, y, sobre todo, las minas. Los rebeldes llegan a su poblado con sus ametralladoras y le dan a elegir entre «manga corta o manga larga», un sarcasmo macabro con el tiene que elegir donde le van a cortar la mano. La casualidad, o la suerte, le lleva a trabajar a una mina de diamantes donde encuentra la piedra que sirve de hilo argumental de la historia. Todos quieren ese diamante, pero él solo quiere volver a estar con su familia.

DiCaprio interpreta a un mercenario sin escrúpulos que hace de intermediario entre la crueldad de la guerrilla africana y la codicia occidental. Él cambia armas por diamantes. En la carcel oye a un oficial hablar del diamante de Solomon y le sigue. DiCaprio interpreta al personaje que más puede hacer por redimirse.

En un chiringuito de la playa, DiCaprio conoce a la chica y discute con ella de principios. Se trata de la periodista que interpreta Jennifer Connelly. Maddy Bowen representa la buena conciencia, el occidental que quiere ayudar, la esperanza de que alguien haga algo para cambiar las cosas.

La película es excesiva, demasiado larga, demasiado ambiciosa. Después del generoso espectáculo de guerra y desesperación Zwick vuelve a sus mensajes, lo cual es una forma de desprecio hacia la historia.

Uno no sabe muy bien quien es el “bueno”, y eso es un fallo. ¿Es la historia de un padre africano que busca a su familia? Sí, pero el padre nos molesta cuando se interpone en los fines del traficante. DiCaprio es el protagonista casi todo el tiempo, porque nos preocupa que consigua la piedra. No sabemos por qué Solomon confía en él.

Hay que esperar al final para darse cuenta de que la buena es la chica. La voz hueca que suelta frases de catecismo era, en el fondo, la estrella. No había una chica para que funcionara un romance. No, en realidad está para sostener la pancarta de que los blancos podemos arreglar África con un par de leyes. Que maja, ella.
Javier Espinosa. EL MUNDO. Regreso al infierno de Sierra Leona.


Aspirante a imitadora


“John Tucker must die”
Betty Thomas, 2006
Reparto: Jesse Metcalfe (John Tucker), Brittany Snow (Kate), Ashanti (Heather), Sophia Bush (Beth), Arielle Kebbel (Carrie), Jenny McCarthy (Lori), Penn Badgley (Scott).
Guión: Jeff Lowell.
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Muchas fórmulas del cine nacieron para competir con la televisión. El dolby, la pantalla panorámica, los efectos especiales, el ritmo frenético. Hay cineastas, sin embargo que parecen hacer su cine al socaire de alguna subvención porque no sólo no compiten, sino que son capaces de rebajar el nivel de un capítulo de una serie. A Betty Thomas le falta la alegría que piden las canciones que ha elegido para su película, le falta la gracia de las películas adolescentes simplonas que ni en el mejor de sus mejorees sueños conseguiría imitar, le falta una historia que quiera decir algo. Y también le falta una actriz, porque de esta jovencita balbuceante no se puede esperar que nos trasmita gran cosa.

Lo peor (si algo puede ostentar el título de "peor" en una cosa tan mala) es que se ven las costuras por todas partes. La directora, cuyo nombre no vuelvo a escribir para que no aparezca dos veces en Internet, ha querido robar algunas ideas frescas de la simpática Cady (Lindsay Lohan) de "Chicas malas", pero el parecido entre este desaguisado y aquella simpática película adolescente es el mismo que hay entre los títulos famosos y las pelis porno que hacen a su costa cambiando alguna letra para aprovechar la fama del título.

En busca de la felicidad



Chute de calamidades


"The pursuit of happiness"
Gabriele Muccino, 2006
Reparto: Will Smith (Chris Gardner), Thandie Newton (Linda), Jaden Christopher Syre Smith (Christopher).
Guión: Steven Conrad.
Producción: Todd Black, Jason Blumenthal, Steve Tisch y James Lassiter.
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La revolución francesa y la constitución americana se inspiraron en pensadores anteriores como John Locke (1632-1704) que formulaba en su contrato social los derechos a la libertad, a la vida y a la propiedad. Thomas Jefferson añadió la terna a la constitución americana en la versión de Samuel Johnson que había cambiado la tercera por la búsqueda de la felicidad. Y así es como está hoy.

Dice Javier Ocaña en El País que las películas que empiezan con “Basado en una historia real” anuncian una historia inverosímil. Por eso, si a un héroe de una película le tocara la primitiva saldríamos del cine escandalizados. Y sin embargo toca cada semana.

Chris Gardner, el protagonista de “En busca de la felicidad” es un hombre en apuros. Su mujer le abandona con un niño de cinco años, él vende escáneres óseos. Necesita vender dos para pagar el alquiler y para ir tirando. Le ponen multas que va coleccionando como sellos. El mundo está confabulado contra él, un día es un cepo, otro día es un hippy que le roba un escáner, otro día es la policía, y otro es el casero al que no paga, o un amigo que no le devuelve una deuda. A veces, muy de vez en cuando, ocurre algo bueno.

En el otro lado de su vida está su sueño. Chris era bueno en el colegio, y sueña con ser broker. Echa su solicitud y hace todo para que una firma lo acepte en un curso. Pero hacer ese curso significa pasar seis meses sin cobrar y él tiene que mantener a un niño. De los veinte aspirantes que acaben el curso sólo van a contratar a uno.

Muccino nos cuenta una historia estupenda de calamidades. Crea un personaje con gancho que sabe encajar golpes y que sabe reírse de sus propias miserias cuando puede, como en la entrevista: (“¿Qué pensaría usted si un hombre se presentara a la entrevista sin camisa y le diéramos el puesto?”). Pero Muccino no sabe premiarlo. No sabe porque no lo conoce a fondo. Muccino no ha conocido a muchos Chris Gardners. Hay gente que necesita adversidades para vivir. Gente que entrega la solicitud cuando se ha pasado el plazo, pero la necesita desesperadamente, gente que espera al embargo para pagar la factura, gente que va estresada a la cita cuando tuvo tiempo de prepararla. Hay gente que se chuta con calamidades. Dales una vida tranquila, un buen empleo, una agenda con todo calculado y has acabado con ellos. Si Muccino quiere un final feliz (los finales reales, ya saben, son inverosímiles), no puede domesticar al héroe, porque hemos llegado a quererle con sus chutes de adrenalina y con sus desgracias.
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