Zohan: licencia para peinar



Chistes verdes para arreglar conflictos internacionales


"Don't mess with the Zohan"
Dennis Dugan, 2008
Reparto: Adam Sandler (Zohan), John Turturro (Fantasma), Emmanuelle Chriqui (Dalia), Nick Swardson (Michael), Lainie Kazan (Gail), Rob Schneider (Salim), Ido Mosseri (Oori), Dave Matthews (James), Michael Buffer (Walbridge), Charlotte Rae (Sra. Greenhouse), Sayed Badreya (Hamdi), Chris Rock (taxista), Mariah Carey.
Guión: Adam Sandler, Robert Smigel y Judd Apatow.
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De las comedias de Sandler siempre me llama la atención una cierta tendencia a soñar despierto, a concederle a sus personajes una ventaja sobrenatural para mayor regocijo de aquellos que van al cine a soñar despiertos en medio de bufonadas. Recuerdo por ejemplo Mr Deeds: ¿qué falta hacía ese pie negro portentoso que tiene Sandler? Lo divertido de Sandler es la cachaza con que encaja el cinismo de los demás personajes. Esa faceta no aparece en Zohan.

Apatow es la luz de la comedia del siglo XXI, el que recoge el testigo de Hawks y Wilder. O eso dicen. Yo digo que Es Michael Landon volviéndo a contar las cursiladas de siempre salteadas con chistes verdes. El recurso consiste en esta ocasión en el tamaño de los genitales de los dos protagonistas, el israelí, y, no podía ser menos, el palestino. Y la prodigalidad sexual del protagonista que surte sin escrúpulo a una peluquería completa de mujeres maduras.

La unión de estas dos fórmulas felices no supera a cada una de sus partes, de hecho no sé muy bien que es lo que consigue. Quizá un testimonio de lo felices que serán israelíes y palestinos el día que descubran los placeres de un afrodisiaco.

Jordi Costa. El País: En Zohan, licencia para peinar se dan cita momentos de humor idiota perfectamente modulado -las casi obscenas sesiones de peluquería del protagonista- con cargas de profundidad dignas del más afilado humor político.
Roberto Piorno. Guía del ocio: Sandler en estado salvaje, sin riendas ni control. Para lo bueno y pra lo malo. Ahora bien, hay que tener morro para frivolizar con tanto desparpajo sobre las solemnes tiranteces palestino-israelíes. Sólo por semejante audacia Dugan y Sandler (y Judd Apatow, que mete baza en calidad de guionista) merecen ovación y vuelta al ruedo. Y es que para bien o para mal (para gustos los colores) "Zohan: Licencia para peinar" se postula sin rival posible como la comedia más friki y bizarra de 2008. Lo dicho, mala pero cachonda. Lo cortés no quita lo valiente.

La última película de Adam Sandler prohibida en Oriente medio.

El caballero oscuro



Un duelo desigual


"The dark knight"
Christopher Nolan, 2008
Reparto: Christian Bale (Bruce Wayne/Batman), Michael Caine (Alfred), Heath Ledger (Joker), Gary Oldman (James Gordon), Aaron Eckhart (Harvey Dent), Maggie Gyllenhaal (Rachel Dawes), Morgan Freeman (Lucius Fox), Monique Gabriela Curnen (Ramirez), Ron Dean (Wuertz), Cillian Murphy (Espantapájaros), Eric Roberts (Salvatore Maroni), Chin Han (Lau).
Guión: Jonathan Nolan y Christopher Nolan; basado en un argumento de Christopher Nolan y David S. Goyer; sobre los personajes creados por Bob Kane.
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El pulso entre el terrorismo y la justicia es desigual porque ella no puede usar cualquier camino a su servicio, mientras que aquel sí puede. La gran batalla de esta espectacular entrega de Batman parece transcurrir entre esos dos lados del tablero. Batman no puede recurrir a la violencia, no puede sacrificar una vida para salvar dos, no puede torturar a un villano para saber donde está una bomba, mientras que el Joker, gracias a la violencia, puede hacer todo lo que le da la gana.

Gotham es una ciudad en manos de la mafia porque la mafia es más fuerte que la ley. Pero aparece alguien capaz de enfrentarse con ella, se llama Harvey Dent, el fiscal del distrito. Batman piensa que si Dent consigue vencer a la mafia, Gotham no necesitará más un justiciero como Batman, y él podrá retirarse. Y Dent puede conseguirlo porque tiene en su poder al mismísimo cajero de la mafia.

“El caballero oscuro” es una gran película porque aborda grandes problemas y porque su ingeniería visual está al servicio de esos problemas. El recurso a la violencia como vía de restauración parece en ocasiones el único motivo de inspiración del cine asiático, y sin duda el único vivero de toda una cuadrilla de justicieros occidentales de sobra conocidos. Tarantino fue capaz de superarlo al convertirlo en una mera excusa para hilar sus tramas. Pero los grandes del cine cayeron de lleno en sus garras. Tanto John Ford como Steven Spielberg rodaron sus dos celebres películas convencidos de que la violencia era un mal necesario. O inevitable.

Lo que Nolan quiere plantearnos, en medio de su cascada de audacias visuales, es que un hombre bueno puede enfrentarse a un villano sin escrúpulos. Es decir, que el estado de derecho, con sus manos atadas por las limitaciones y las leyes puede enfrentarse a un Joker sanguinario.



La batalla es mucho más dura de lo que piensa un espectador inocente. Batman parece ganar en el terreno de las peleas, las persecuciones, los secuestros y los rescates. Batman puede ganar incluso en el interior de un tunel oscuro de Gotham, que es la escena más asombrosa de todas. El Joker lo sabe “No creerías que me lo iba jugar todo a un combate contigo” le dice. Pero el Joker tiene una carta inesperada. Mientras Batman ha ido triunfando en el universo pirotécnico del cine de acción moderno asombrándonos a todos con sus “más difícil todavía”, el Joker ha triunfado en el territorio del cine clásico, del cine de siempre, porque ha sido capaz de pervertir la conciencia de un hombre bueno.

Entonces entendemos esa debilidad autodestructiva del Joker. “Atropéllame” le grita a Batman cuando lo ve venir con su vehículo. “Dispárame”, le dice al fiscal. Porque si la justicia sucumbe a la venganza, entonces, él gana.
Roberto Piorno. Guía del ocio *****: En ese panorama adquiere un papel cardinal el sensacional éxito de taquilla cosechado por dos cintas como "El ultimátum de Bourne" o "El caballero oscuro", dirigidas por dos cineastas (Paul Greengrass y Christopher Nolan) en rebeldía contra las convenciones del cine de masas, pero necesariamente afines al sistema ante las dificultades cada vez mayores de sacar adelante con garantías y amplio público potencial sus proyectos más personales. Las grandes superproducciones ya no son el recreo de grandes autores en transición entre proyectos "serios", sino lugar de estacionamiento ilimitado.
Roger Ebert ****: “The Dark Knight” is not a simplistic tale of good and evil. Batman is good, yes, The Joker is evil, yes. But Batman poses a more complex puzzle than usual: The citizens of Gotham City are in an uproar, calling him a vigilante and blaming him for the deaths of policemen and others. And the Joker is more than a villain. He’s a Mephistopheles whose actions are fiendishly designed to pose moral dilemmas for his enemies.
Luis Martínez. El Cultural.
Ya no se trata de una cinta de superhéroes al uso. Ni rastro del acostumbrado tostón de aroma existencialista a vueltas con la tortura de ser diferente (aquí Spider-man). Tampoco es fácil localizar el tono divertido y genial con el que Richard Donner dotó a su Superman de 1978. Nada que ver con el gótico y posmoderno homenaje de Burton a la criatura nocturna. Esta vez, la cinta busca sus aliados en la tradición del filme-noir que le emparenta con La jungla de asfalto, de John Huston, o, por no irse tan lejos, con Heat, de Michael Mann.
[...] De la mano de una interpretación excesiva, violenta, volcánica, a la manera de Marlon Brando, el Joker se convierte en el auténtico protagonista, en el “caballero oscuro” que anuncia el título. El actor compone uno de los villanos más repulsivos y magnéticos que ha dado el cine. Sin duda inspirado por La broma asesina, de Alan Moore, el actor de Brokeback Mountain coloca a su personaje en la mejor tradición de la psicopatología cinematográfica desde el Paul Muni, de Scarface, al Robert Mitchum,de La noche del cazador, pasando por el James Cagney, de Al rojo vivo. Un malo sin mácula de bondad.
Jordi Costa. El País.
[Jordi Costa se equivoca por primera vez desde que le leo]
El caballero oscuro quiere ser una disección, en clave de pesadilla, de las mecánicas del caos y los equilibrismos entre la legalidad visible y la ilegalidad invisible (o las negociaciones entre el poder y sus cloacas) en un infierno urbano golpeado por el ejercicio arbitrario del horror. Podríamos estar ante una revisión apocalíptica de El doctor Mabuse, aunque Nolan se empeña en pensar, equivocadamente, en El padrino II: hay secuencias poderosas, Heath Ledger borda una auténtica creación con el personaje del Joker, pero a Nolan le pierden las grandes palabras y la obsesión por inflamar el sustrato filosófico del asunto, desatendiendo los más relevantes detalles de la carpintería causal de su guión.
Toni García. El País.
"La locura es como la gravedad, ¿sabes? Todo lo que hace falta es un pequeño empujón". Así de fácil. Al menos para el Joker, que suelta perlas como ésta a lo largo de todo el metraje de El caballero oscuro con la convicción del loco, del que no tiene nada que perder. Muchos pronostican el Oscar póstumo para Heath Ledger, y su personaje ya es un icono, no sólo por el taquillazo sino más bien por el delirio que propone, la perplejidad que conduce a la sonrisa congelada... El Joker duele, pero gusta.
[...] "La inspiración para el Joker proviene directamente del personaje de Malcolm McDowell en La naranja mecánica", afirmaba Christopher Nolan, director del filme. "El Joker puede ser un anarquista aunque dice muchas verdades y el espectador no puede dejar de sentir curiosidad por quién es", acotaba Nolan.
[...] El Joker, con la inestimable ayuda de nombres como Tyler Durden (El club de la lucha), Anton Chigurh (No es país para viejos) o Hannibal Lecter (El silencio de los corderos), ha dado carpetazo al impecable canalla jamesbondiano, recién salido de la ducha, rodeado de mujeres con curvas y presto a revelar su plan para alterar el orden mundial justo a tiempo para que sea evitado. En su lugar se perfila un villano mucho más extremo, morboso, imprevisible e incomprensible, y cuyo objetivo no es la pasta, ni la fama, ni tan siquiera el poder. Personajes para los que la moral es solo una prerrogativa absurda, discípulos aventajados del Nietzsche más literal..., el espectador moderno demanda villanos modernos.
Roberto Piorno. Guía del ocio: Nolan afila hasta el límite de sus cualidades cortantes la cualidad de la metáfora lanzando al Hombre Murciélago a las garras de un asesino demencial, de un infalible agente del caos que asume la destrucción como un orgasmo, como una experiencia erótica deleznable ensimismado ante el placer de pirómano de Troya ardiendo porque sí, en plan versión hiperbólica y fantasmal de un Bin Laden perfeccionado.
Un apabullante dos en uno (caviar del bueno para voraces consumidores de cine inflamable e ídem para el aficionado medio, habitualmente escéptico ante esta clase de espectáculos) que consituye, sin pegas ni matices, la mejor película supereheroica de este año, del pasado y de todos los anteriores desde que el cine es cine.
Dr. Mostaza: El guasón también resulta algo así como un científico social , ya que experimenta con el miedo de las personas. Genera situaciones caóticas en las vidas convencionales de las personas; juega con sus elecciones, hasta revela sus hipócritas acciones y falsas ideas.

Venganza



Paranoicos

El cine dejó de ser un sermón insufrible y se convirtió en una cosa divertida el día que descubrió que a todos los agentes de policía les importan muy poco nuestros problemas. Si queremos rescatar a una hija secuestrada lo único que podemos hacer es pelearnos a pelo contra una organización criminal hasta acabar con todos uno por uno. El individualismo desmelenado es divertido, que venga el séptimo de caballería al final de la película a salvarnos de los indios, ahora es un rollo.


"Taken"
Pierre Morel, 2008
Reparto: Liam Neeson (Bryan), Maggie Grace (Kim), Famke Janssen (Lenore), Xander Berkeley (Stuart), Leland Orser (Sam), Jon Gries (Casey), David Warshofsky (Bernie), Katie Cassidy (Amanda), Holly Valance (Sheerah), Nathan Rippy (Victor).
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Un paranoico en la vida real es un pesado insoportable. En el cine no. En el cine es un señor que grita que viene el lobo y nos hace desear que haya una manada de lobos para que él tenga razón. Liam Neeson es padre paranoico. El hombre teme que a su hija le pase algo en su viaje a Europa y todos lo tratan de padre carca. Así que nosotros y él gritamos al unísono “veis como tenía razón” cuando a su hija la rapta una mafia albanesa para la trata de blancas.

En una historia de venganzas sangrientas podían haber contratado a Van Damme o a Seagal. Quizá no lo hicieron porque querían advertirnos de que no iban a hacer lo mismo. Los franceses no son iguales que los hollywoodienses. No tienen tanta tradición y no tienen las manos atadas por lo políticamente correcto. Hollywood no se hubiera atrevido a semejante crueldad.

Del acierto de los creadores da fe un detalle, en los peores momentos de la carnicería no somos capaces de discutirle una sola atrocidad al protagonista. Estamos, incluso, dispuestos a perdonarle cien más. Y no es que nos preocupe la vida de la chica. Ella no está en peligro, en peligro está su virginidad. Aunque pasan los siglos, seguimos siendo los espectadores de las novelas de Caballería y seguimos deseando que deguellen a todos los esbirros antes que dejar que el honor de la dama sufra un rasguño.

WALL-E



Chaplins y E.T.'s solitarios

Wall-e es un robot encargado de reciclar basura. Recoge latas y basura, los introduce en un recipiente que lleva en el pecho y luego apila los cubos reciclados en montañas que compiten con los rascacielos de Manhattan. El problema de Wall-e es que lleva ya 700 años repitiendo la tarea. La humanidad se ha ido del planeta y él se ha quedado solo.

La primera parte de Wall-e es un poema dedicado a la soledad. Su amor por el único ser vivo que queda

"WALL-E"
Andrew Stanton.
País: USA.
Año: 2008.
Duración: 98 min.
Género: Animación, comedia, ciencia-ficción.
Doblaje original: Ben Burtt (WALL·E/M-O), Elissa Knight (EVA), Jeff Garlin (Capitán), Fred Willard (BnL CEO/Shelby Forthright), John Ratzenberger (John), Kathy Najimy (Mary), Sigourney Weaver (Computadora).
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, un insecto, su colección de cachivaches que ha ido ordenando durante siglos, su rito de ver una cinta de vídeo antigua (Hello Dolly!), todos ellos son metáforas maravillosas de la soledad. La más impactante es la de los rascacielos de basura reciclada que levanta sin cansarse.

En cine y en literatura, siempre he distinguido a los creadores de momentos de los elaboradores de discursos. Los primeros, los miniaturistas, se pierden al tener que llenar un largometraje o un libro. Le ocurría a Chaplin, a Baroja, a Chesterton. Los segundos solo se disfrutan cuando se llega al final. Wall-e funciona como una colección fabulosa de pequeñas situaciones. La colección de robots locos, la humanidad del futuro encerrada en sus pompas de jabón, wall-e y su relación con Eva. Cada detalle es un regalo para los sentidos. Pero el discurso narrativo abandona las grandes apuestas y vuelve a la autopista segura de los mensajes aceptados. El motín de los terminators y nexus5 rebeldes no deberían haber escandalizado a los republicanos. Caben dentro de su propio discurso, porque todo el mundo arrima el ascua a ese tipo de sardinas.
Jordi Costa. El país: Con la mirada de un astro triste de cine cómico, Wall·E es un robot programado para prensar y ordenar chatarra que sigue ejerciendo su labor en una Tierra convertida en deshabitado vertedero. Enganchado a Hello, Dolly! (en la versión cinematográfica de Gene Kelly) y al coleccionismo compulsivo de memorabilia humana, Wall·E tendrá ocasión de tantear esa vida emocional que la humanidad abandonó cuando se cruce en su camino Eva, un prodigio tecnológico tan erótico como un I-Mac y tan letal como una bomba H. La improbable, pero conmovedora historia de amor, proyectará sus efectos redentores sobre la antiutopía flotante, obesa y consumista que mantiene entre paréntesis a los seres humanos.

Los animadores de Pixar se han impuesto aquí un desafío respetable: agotar el arsenal expresivo de unos personajes con un repertorio comunicativo tan sintético que casi parecen haikus en movimiento. Tanto los robots como esa cucaracha que se diría resuelta en una línea serán, sin duda, objeto de incesante estudio en escuelas de animación.

Roberto Piorno. Guía del Ocio *****: Pixar, una vez más, ha dado de pleno en la diana, y lo hace, otra vez, reinventándose y explorando límites jamás hollados por el cine animado. Lo de "Wall-E" es una colosal vuelta de tuerca a los parámetros comunes del cine familiar. Stanton riza el rizo buscando nuevos territorios vírgenes de expresión en sentido inverso al enfilado por otras potencias del sector. Mientras los demás buscan el ruido y la morralla dicharachera, la incontinencia verbal y el chiste idiota, Pixar vuelve a los orígenes, a las raíces mismas del séptimo arte en busca de una pureza expresiva deliciosamente primitiva, esencialista y, precisamente por ello, contra toda corriente. La cinta de Stanton ensaya la comunicación con el cine de Chaplin, de Lloyd o de Keaton, al abc del lenguaje fílmico en virtud del cual una imagen vale más que mil palabras. Y es en ese entrañable rumbo al pasado donde Pixar encuentra una ruta brillante hacia el futuro.

8 oscars robados

Ciudadano Kane perdió el oscar a favor de Qué verde era mi valle.

Toro salvaje perdió frente a Gente corriente.

Kramer contra Kramer se lo quitó a Apocalypse now.

Forrest Gump se lo quitó a Pulp Fiction y a Cadena perpetua.

Humphrey Bogart perdió el oscar en Casablanca frente Paul Lukas.


Un americano en París derrotó a Un lugar en el sol, Un tranvía llamado deseo. La Reina de África no fue nominada ese año.

Roberto Benigni ganó el oscar al mejor actor frente a Nick Nolte, Tom Hanks, Edward Norton e Ian McKellen.

El señor de los anillos perdió el oscar a vestuario frente a Gosford Park.

Empire Film Guide.

La jaula de oro



Alter-egos


“Platinum blonde”
Frank Capra, 1931
Loretta Young (Gallagher) Robert Williams (Stew Smith) Jean Harlow (Anne Schuyler) Louise Closser Hale (Mrs. Schuyler) Donald Dillaway (Michael Schuyler)
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Un periodista visita la rica familia Schuyler en busca de una exclusiva y vuelve a su periódico con ella. Además de airear los trapos sucios de la familia, el periodista ha conseguido el corazón de la joven heredera (Jean Harlow). Se casan y los compañeros de la redacción le dicen que se convertirá en un pájaro en una jaula de oro, la prensa enemiga lo llama "Cinderella man". El tema es fácil de enunciar por lo antiguo de la película, la inocencia del cine y lo fácil que era entonces caer en la demostración de un postulado. El tema es si el periodista sucumbirá a su jaula de oro o no.

En 1931, Capra aún no había llegado a su fórmula magistral. Pero ya apuntaba maneras y daba pistas del que iba a ser su sello: el mundillo de la prensa que tanto le gusta (Sucedió una noche, Juan Nadie); los mayordomos estirados a los que enseña a relajarse; los conflictos de clase vistos del revés; los diálogos chispeantes; la caracterización del héroe no por lo que hace, sino por el carisma que tiene con todos los que le rodean. Y el momento capriano por excelencia, aquel en el que el protagonista nos dice quien es contándonos su sueño más íntimo.

El sueño del periodista es hacer una obra de teatro (Robert Williams, el actor, se parece al desenvuelto Clark Gable y hubiera hecho una gran carrera, pero murió de una peritonitis poco después de acabar la película). La mujer de verdad, no la de cartón piedra que interpreta Harlow, es la que escucha sus sueños y le ayuda a escribir. Pero al final no sabe como acabar su obra. Decide que unirá a su alter-ego con el alter-ego de la chica, y la besa. Para besar a la damisela necesita representarlo en una ficción, necesita alter-egos. Algo parecido le ocurría a Woody Allen en “Sueños de un seductor”, necesitaba a Bogart para hacer algo heroico. El problema para el espectador es que la propia película que está viendo ya es una ficción, ¿para que introducir otra ficción en su interior?

Mordaunt Hall. The New York Times, 1931: The title, of course, is a misnomer, referring to Jean Harlow, a young woman who is spectacular rather than competent as an actress. It is Stew Smith's picture. To begin with he sneaks a breach-of-promise story out of the Schuyler mansion, declining a bribe. Next day he saves the same family from an ugly blackmail, declining a reward.

This puts him again in the affections of the Schuyler heiress. He marries the girl and is persuaded to take up residence in the left wing, right wing and blue room of the sensational palazzo which the Schuylers call home. What with having to suffer the ministrations of a gentleman's gentleman and listen to his ungentle fellows refer to him as "the Cinderella man" and "Ann Schuyler's husband," he loses his composure and retires to his speak-easy and the little girl who waits for him.


Mark Zimmer: The script owes much of its cohesiveness to series of running gags, centering on the name Smith, double-strength bicarbonates, birds in gilded cages, and garters for socks, but instead of running out of steam, each gag becomes funnier as the film rolls along.

Above all, however, this is a comedy about class. In the height of the depression, Capra understood that movie-going audiences for the most part both wanted to see how the "other half" lives, and to give the rich a swift kick in the pants at the same time. The picture spends a lot of time displaying the lavish lifestyle of the Schuylers and contrasting it with the simple and straightforward lives of Gallagher and Stew. Although not quite the full-blown populism of Capra's pictures of the late 1930s and 1940s, the essentials are all here.

Cinema de perra gorda: Una labor en la que resulta especialmente brillante la labor del para mí desconocido Robert Williams –que falleció poco después de este rodaje-, ofreciendo una sorprendente labor en su personaje protagonista, dentro una tipología que llega a ofrecer influencias incluso de Groucho Marx. Es más, la excelente secuencia en la que compañeros periodistas literalmente “inundan” la mansión de los Schyler, no se por qué, pero me pareció un antecedente de la célebre del camarote en UNA NOCHE EN LA ÓPERA (A Night at the Opera,1935. Sam Wood).

¿Quién nos lee?

Babelia: ¿Cómo caracterizaría la sociedad actual, la de la cultura de masas?


Boris Groys: Estamos en la época de la cultura del espectáculo. Lo que está cambiando es que ahora todo el mundo quiere ser protagonista, todos quieren mostrar lo que saben hacer, y de paso tener éxito. Ahí están MySpace o YouTube: todos quieren expresarse, todos son artistas. Con lo que hay un nuevo problema: ¿quién es el espectador? Guy Debord, el analista más lúcido de la cultura del espectáculo, se suicidó. El último espectador atento se suicidó. Así que hablamos, pero no sabemos quién está escuchando, escribimos y no sabemos si hay alguien que lee. Para que haya espectáculo tiene que haber espectadores. Así que todos esos afanes de proyectarse, de crear espectáculo, se sostienen en una hipótesis imaginaria: que hay alguien ahí.

El País. Babelia. Hoy.


¿Quién nos lee si ya no quedan lectores? ¿Que hacer en un mundo de tenores y vedettes? Hace siglos que nadie escribe algo en mis comentarios si no es para mostrarme su propio blog. Todos son amables, lo agradezco, pero nadie sabe que elogiar, porque nadie tiene tiempo de leer. Todos, hoy, somos Zola y Flaubert. Nunca fue tan fácil publicar, nunca fue tan raro encontrar un lector. Habrá que acostumbrarse a los nuevos tiempos. Yo por mi parte, este verano estoy leyendo sin cesar. También leo blogs. Empiezo a sentirme raro, leyendo a otro en vez de publicar, escribir, ser yo el tenor. Les invito a un ejercicio parecido.

Hancock



Egos

Dice Lacan, en su teoría del espejo, que el yo no lo traemos puesto al nacer, tenemos que aprenderlo, igual que tenemos que aprender a decir "gracias" después de que nos dan una chuche y todo lo demás. Por eso, ocurre que si hemos fabricado un "yo" con mucho tesón, también podemos fabricarnos otro que mole más, o pagar una entrada de cine y ponernos el que ya han fabricado para nosotros en Hollywood.


Peter Berg, 2008
Reparto: Will Smith (Hancock), Jason Bateman (Ray), Charlize Theron (Mary), Eddie Marsan (Red), David Mattey (Man Mountain), Maetrix Fitten (Matrix), Thomas Lennon (Mike), Johnny Galecki (Jeremy).
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Ponernos encima el ego de Hancock es un poco menos insoportable que el de otros superhéroes porque Hancock tiene problemas. Por un lado es un borracho que no cae bien a nadie, y por otro lado está solo. Un niño pequeño puede preferir a un Superman invulnerable con la criptonita a buena distancia, porque prefiere verle ganar todas las batallas. Los adultos preferimos a Hancock porque nos vacila menos y porque no nos agobia salvándonos.

La anécdota es que Hancock conoce a un experto en marketing que le enseña a venderse. Conclusión, no somos los que valemos, somos lo que vendemos. También conoce a la chica y descubre que no puede tenerlo todo. ¿Pero, quien querría tenerlo todo si pudiera tener a Charlize Theron? Los dos se pelean como dos enamorados por cosas de parejas. El tono es divertido para una serie en horario de sobremesa, pero no le pega tanto a una historia de superhéroes. Se trata de un hollywood que se va acercando a Disney en el afán de llegar a la cumbre de lo políticamente correcto. Azaroso siglo xxi, se acabaron las doncellas indefensas, el tabaco y los chistes de países.
Alberto Bermejo. Metrópoli: Lo de menos son las catástrofes más bien ridículas que soluciona o propicia el costroso superhéroe, incluso el idealismo desamparado que asume Jason Bateman.

Lo que importa o conmueve o perturba ocasionalmente son los momentos de reconocimiento y de atracción que surgen entre esa pareja imposible en la ficción, atrapada en un fatalismo irresoluble en lo mitológico pero perfectamente reconocible en lo humano, asimilable a un concepto tan romántico y familiar como el de 'ni contigo ni sin ti'.

Escondidos en Brujas



Segundas oportunidades

Dos asesinos a sueldo son enviados a Brujas por su jefe después de meter la pata en el último encargo. El más viejo adora la cultura que esconden las paredes de la vieja ciudad medieval, el más joven se aburre de muerte.

No sé hasta que punto esta introducción está bien elegida

Martin McDonagh, 2008
Reparto: Colin Farrell (Ray), Brendan Gleeson (Ken), Ralph Fiennes (Harry), Clémence Poésy (Chloë), Jérémie Rénier (Eirik), Thekla Reuten (Marie), Jordan Prentice (Jimmy).
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. Muchos espectadores puede que no se preparen para la comedia salvaje que va a estallar en la segunda mitad de la obra. Se trata de media hora de conversaciones sobre ciudades, cultura, intereses que pueden aburrir o desconectar; pero, en realidad, se trata de un camino de migas de pan. Nadie debería olvidar ni una sola de las conversaciones insustanciales que tienen los dos sicarios.

Kundera dice en “El arte de la novela” que no hay cosa que le cueste más transmitir al lector que la coña. Muchos de sus capítulos son una burla, igual que el enfrentamiento de estos dos seres extraños vagando por las calles de Brujas. El duelo chispeante de argumentos entre los tres protagonistas trata de la existencia de un código que rige incluso la vida de los asesinos a sueldo. El jefe (Fiennes) lo lleva a sus últimas consecuencias. El mayor de los dos amigos mira las cosas con la transigencia de su sabiduría, que le hace enarbolar la bandera de las segundas oportunidades “el chico puede cambiar”. El joven (Farrell) vive el conflicto desde dentro como algo parecido a la culpa.

La maestría de McDonnagh ha consiste en hacerlos a todos entrañables, y aprovechar cada trocito de conversación, hasta el más mínimo tiempo muerto, para hacer avanzar la historia.

El goce como obligación



Esta es la razón por la que el cine catástrofe es tan popular hoy. La única manera de leer la película Titanic de James Cameron, es por una pregunta precisa: ¿por qué el barco choca contra el iceberg justo en el momento en que lo hace? Luego de hacer el amor, ellos suben a la cubierta y ella –Kate Winslet, que viene de una familia rica– le jura a él –Leonardo DiCaprio, un chico pobre– que va a vivir con él dejando su círculo social y su riqueza, y que no le va a importar ser pobre. Es ahí cuando choca el barco. La verdadera catástrofe es quedarse juntos: sostener la ilusión de que el amor es posible y no defraudarse. En este sentido yo no creo que el psicoanálisis sea anacrónico. Es más actual que nunca. Normalmente los argumentos estúpidos son así: Freud fue bueno para la época victoriana, cuando había inhibiciones sexuales y el psicoanálisis ayudaba a tener una vida sexual normal, contra la internalización de las prohibiciones familiares y la culpa; pero hoy la vida aparece como permisiva... ¡No! Creo que actualmente es aún peor: el problema hoy es que la gente no se siente culpable de transgredir prohibiciones sino de no transgredir, de ser incapaz de gozar. Y ésta es una estructura superyoica mucho más fuerte.

Slavoj Zizek. Lacan dot com.
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