No puedes comprar mi amor
Steve Rash, 1987.
Reparto: Patrick Dempsey (Ronald Miller) Amanda peterson (Cindy Mancini) Courtney Gains (Kenneth Wourman) Tina Caspary (Barbara) Seth Green (Chuckie Miller) Sharon Farrell (Mrs. Mancini) Darcy DeMoss (Patty)
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Snobs o pijos
Ebert es injusto con esta película cuando dice que es un mal fresco de la sociedad americana, porque esta película no ambiciona llegar a tanto. Desde el primer momento se muestra como una comedia sencillita sobre un problema que sin duda preocupa a muchos jóvenes en America y fuera de allí. Ronald Miller sufre porque pertenece a un grupo de amigos que otros llaman cutre, y porque le gustaría formar parte de otro grupo que son los guays, todos guapos, jugadores de futbol y animadoras. ¿Quién es capaz de decir que no le suena este planteamiento? En todas partes hay gente guay y gente cutre. Los que desprecian y los que son despreciados, los ricos y los que no tienen... Me parece mentira que tan pocas películas aborden un tema tan presente en nuestras vidas. Y sólo por abordarlo le he dado las tres estrellas. La solución que da al problema, es como en casi todo el cine americano, una solución oficial, chica conoce chico, etc.
Ronald, el cortador de césped, tiene una idea que trastorna el mundo pacífico en el que vive donde él es un cutre y otros son chicos guapos. La jefa de las animadoras necesita urgentemente $100 y él se los da a cambio de que la chica finja que sale con él. A partir de ahí se vuelve un tipo admirado, come en el lado de los guapos y las demás animadoras y «guapas» también quieren salir con él.
La moralina de la historia aparece cuando se destapa el tinglado y los chicos bonitos descubren que se han dejado engañar por un timo. Y la reflexión de la película gira en torno a ese timo, pero no llega muy lejos en la denuncia de los clasismos y los pijeríos.
En cada dialogo de la película hay dos roles definidos con claridad meridiana. Hay un personaje que suplica, y otro que se hace de rogar. Si uno sigue la cadena puede trazar de un modo sencillo una línea desde el más mezquino, Mae, hasta llegar al mas alto de la pirámide, Brick. Entre Brick y Maggie, su esposaa hay un tira y afloja, ella quiere conseguir su amor, él sólo convive con ella. Su padre quiere que Brick se haga cargo de su vida, él quiere que le deje en paz. La madre, Big Mama, ama al viejo cascarrabias, pero él la trata a patadas. El hijo y la nuera quieren que ella firme los documentos de la herencia, ella los trata con desprecio a ellos. Los niños hacen la pelota al viejo, el no les hace ni caso.
Hay elementos en Kandahar que entran más dentro de la columna dominical o del documental ansioso de un premio. Es muy obvio el efectismo de hablar de las niñas que no pueden estudiar, de los alumnos expulsados porque no repiten el Corán con fidelidad, o de las minas antipersona que siegan las piernas y las vidas de miles de afganos. En busca del exotismo, o quizá incapaz de evitarlo, la película nos muestra la labor de los médicos que no pueden hablar con los pacientes si estos son una mujer, y del peligro que es para una mujer, simplemente recorrer un trecho para poder ver a su hermana.
«Sin Noticias de Dios» sale bien parada de su primera prueba, no resulta ridícula en su mezcla de los planos divino y mundano. La alegoría de los ángeles resolviendo los asumntos de un boxeador al que una quiere salvar y la otra perder, no sólo resulta creíble, sino que relega a un segundo plano al boxeador y a los personajes reales. Llanes ha aprendido del cine americano lo importante que es comprometer al espectador en el afán del protagonista, y ese detalle salva la película.
Yo no me quejo excesivamente cuando me aburro en una película. Incluso lo llevo bien cuando me dan tres horas de música new age y elfos y enanos diciendo cosas solemnes porque se creen que estan hablando de algo importante y a mi lo único que me parece importante es saber cuanto les queda para acabar. Esta es una película aburrida y pretenciosa como tantas otras, eso no es especialmente grave.
La verdadera fuerza que mueve cada elemento de una película es la simpatía. Un personaje gana una fortuna y eso nos alegra porque sentimos que, aunque no es lógico o probable, se lo merece. Uno no va al cine a ver lo habitual, o lo probable de una situación, uno paga para ver lo justo. El maestro de esta idea se llama Frank Capra. Capra enseña la baraja porque abusa de lo ilógico para mostrarnos lo que sabemos que debería ser. En ese plano de fuerzas que estoy tratando de definir, Harry Potter no funciona. Digamos que es inflacionario. En cada episodio del relato (da igual entender película o libro) Harry es víctima de una injusticia, o de un peligro, al final del episodio se hace acreedor de un gran premio. El problema es: sus vejaciones son pequeñas, sus premios son excesivos. Harry Potter es un niño mimado por sus creadores, y me refiero tanto a Rowling como a Chris Colombus. No sé como funcionará el mecanismo de justicia en otros espectadores, pero puedo asegurar que según el mío, podían haber maltratado mucho más al crío, y desde luego, deberían haberlo abrumado menos de regalos.
Lubitsch narra dos historias. La primera es social, y trata de las camarillas y relaciones laborales que se establecen en una empresa. James Stewart interpreta al gerente que hace las cosas bien y es apreciado, pero también es víctima de los rumores. Llama la atención la indefensión, aceptada por ellos, de los trabajadores, hablan de una sociedad muy por detrás de la nuestra. La ausencia de crítica hacia la injusticia que comete el dueño sobre su gerente, se disculpa con una fé en la bondad de las personas. El mérito de este hilo del relato es trazar con tal nitidez quien es bueno, y quien es un mezquino, y un pelota.
