El desprecio



La gente venía a Hollywood a hacer dinero fácil, ya sabe, actores de teatro, novelistas de Nueva York, Scott Fitzgerald, a quien conocí en la Paramount, por cierto, Faulkner. Todos trataban de echar la zarpa al pastel. Pero no había interés genuino por el cine. Más bien cierto desprecio. Lo cual me vino bien, porque todo el mundo ha despreciado las películas como algo de tercera clase. Hasta que, gracias a Dios, se inventó la televisión. Ahora nosotros somos los que tenemos algo que despreciar.

Billy Wilder, en la entrevista que concedió a Michel Ciment.

Juno



Enrollados y estirados


Jason Reitman, 2007
Reparto: Ellen Page (Juno), Michael Cera (Bleeker), Jennifer Garner (Vanessa Loring), Jason Bateman (Mark Loring), Allison Janney (Bren), J.K. Simmons (Mac), Olivia Thirlby (Leah), Eileen Pedde (Gerta Rauss), Rainn Wilson (Rollo), Daniel Clark (Steve Rendazo), Aman Johal (Vijay).
Guión: Diablo Cody.
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Juno es la adolescente más enrollada del mundo. Digna portadora del testigo de Thora Birch en American Beauty o Ghost World, pero sin la carga de resentimiento de ésta; iconoclasta; alumna aventajada en la escuela del “sé tu mismo”, Juno ondea la pancarta del adolescente inconformista del siglo XXI. Sólo le faltan unos padres carcas y una sociedad contra los que revelarse, pero el adolescente progre de nuestro siglo es hijo del adolescente progre del siglo pasado. Cuando descubre que está embarazada la rebeldía de Juno consiste en tener a su hijo y darlo en adopción sin creerse que eso la hace mejor que las que sí pasan por el quirófano.

Juno busca unos padres adoptivos y encuentra a una pareja de pijos. Él es enrollado y ella es una estirada. Juno, igual que todas las heroinas interesantes, no se deja llevar por las primeras impresiones. A sus 16 añitos, Juno, la adolescente más enrollada del mundo, busca a la mejor mama del mundo, y la encuentra cuando deja atrás sus prejuicios. Ese leve desengaño constituye la anécdota de la película, que está hecha de pequeños detalles, y de grandes regalos.
Sergi Sánchez (Fotogramas)***: Embarazada después del polvo más rápido con el que una chica de 16 años puede perder la virginidad, Juno es la diosa de las one-liners, réplicas ingeniosas que parecen escritas para saturar de chispa intelectual los dominios lingüísticos de una telecomedia para listillos. Tardamos un poco en acostumbrarnos a un personaje que habla como si fuera la protagonista de una screwball comedy con complejo de lolita indie-pop

4 meses, 3 semanas, 2 días



Penalidades


Cristian Mungiu, 2007
Reparto: Anamaria Marinca (Otilia), Laura Vasiliu (Gabita), Vlad Ivanov (Sr. Bebe), Alex Potocean (Adi), Luminita Gheorghiu (Sra. Radu), Adi Carauleanu (Sr. Radu), Madalina Ghitescu (Dora), Catalina Harabagiu (Mihaela), Sanziana Tarta (Carmen), Mihaela Alexandru (Daniela).
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En los años noventa el índice de delincuencia en EEUU descendió notablemente. Muchos alcaldes quisieron atribuir el éxito a sus medidas policiales. Pero un economista, David Levitt, propuso una expliacion menos jactanciosa, y más polémica. Levitt dice que la tasa de delincuencia bajó veinte años después de la despenalización del aborto. Al haber menos hijos no deseados, la sociedad tenía menos ciudadanos propensos a caer en la marginalidad, y la curva se notaban cuando estos individuos se hacían mayores. La afirmación la hace en su libro “Freakonomics” que recomiendo a todo el mundo.

Pensemos si se puede buscar un caso parecido en Europa. Ceaucescu prohibió el aborto (y los anticonceptivos) desde 1966 hasta 1989 cuando cayó derrotado. Y su país tiene una tasa de delincuencia apreciable. Si Levitt tiene razón, la curva que observaron los estadounidenses debería notarse en Rumanía a partir del 2009.

Menos teórico que Levitt, Mungiu se adentra en el caso de una joven universitaria de 22 años que necesita un aborto en los últimos años de la Rumanía comunista. La película tarda en arrancar. Mungiu quiere que sepamos cuantas penalidades suponía en su país conseguir una marca de tabaco o un habitación de hotel, antes de mostrar cuanto sacrificio suponía un aborto.

El fresco costumbrista funciona como un reloj, sumando acusaciones a la historia principal. La historia del aborto dispara al corazón del régimen, y la ambientación no deja títere con cabeza. Si quería darle el tiro de gracia, Mungiu debería haber profundizado en lo que lleva a esas dos mujeres desesperadas a ponerse en manos de un médico sin escrúpulos. Que tragedia esperaba a la embarazada si tenía un hijo en una sociedad como esa.

La amiga de la embarazada, Otilia, soporta el peso del drama durante toda la sesión. Se encarga de los detalles, da la cara, sacrifica cuanto hace falta. Uno se pregunta que la lleva a hacer algo semejante; uno incluso deconfía de tanta bondad hasta que un cumpleaños la lleva a la casa de los padres de su novio. Entonces deja entrever lo que lleva dentro. Quiere saber si alguien hará lo mismo por ella.

Los planos secuencia se han convertido en una fiesta para espectadores como yo. El último plano secuencia apabullante que vi, el de “Expiación”, muestra a un ejército de hombres que buscan, cantan y lloran en una playa francesa. Mungiu los usa, al principio, para mostrar el hormiguero de una residencia de estudiantes comunista, y al final para unirnos a los avatares de la protagonista en un acercamiento asfixiante. A cada paso que da esperamos que ocurra algo. Esos dos planos épicos, la pelea con el medico, y la cámara inmóvil en la reunión en casa de los padres son el broche estilístico para una obra incontestable. Lo cierto es que un tema tan lacerante como el de la película merecía ser tratado con un talento narrativo tan inusual como el que ha demostrado Mungiu.

En el valle de Elah



pay offs


Paul Haggis, 2007
Reparto: Tommy Lee Jones (Hank Deerfield), Charlize Theron (detective Emily Sanders), Frances Fisher (Evie), Susan Sarandon (Joan Deerfield), James Franco (sargento Dan Carnelli), Jonathan Tucker (Mike Deerfield), Jason Patric (teniente Kirklander), Josh Brolin (Buchwald), Wes Chatham (cabo Penning), Jake McLaughlin (Gordon Bonner), Mehcad Brooks (Ennis Long).
Guión: Paul Haggis; basado en un argumento de Paul Haggis y Mark Boal.
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En un buen guión, el clavo que pone el personaje en el primer acto le sirve para ahorcarse en el tercero. Los guionistas tienen un nombre para eso. El clavo, o sea, el elemento que se va a usar más tarde, se llama “planting”, y la horca, o sea, la segunda vez que se usa el elemento se llama “pay off”. En cada una de las películas de Wilder se podría hacer un listado interminable de pay offs. Wilder reutiliza casi cada frase. En su obra maestra, “El apartamento”, sobra uno. Sobra el pay off del final. “¿Que hará Mr Sheldrake?”, pregunta Baxter. “Le enviaré un pastel por Navidad”, dice la Srta Kubelik, recordando a la exnovia de Baxter que le envía a Baxter un pastel por Navidad (el planting). En esta película de Haggis también me sobra el “pay off” final porque, con toda su belleza, es demasiado artístico, demasiado bello. Creo que me estoy volviendo un espectador naturalista, cada vez quiero menos arte, y mas vida. La vida no termina con pay offs.

También me sobra el cuento de David y Goliat que da lugar al título. Se me hace demasiado inteligente. El padre del soldado muerto tiene que contar una historia al niño, y como no sabe contar historias recurre a la biblia. Pero la historia que trae por los pelos resulta que es la misma historia que, leída entre líneas, nos da las claves de su propio drama.

Donde Haggis brilla con luz propia es en el arte de contarnos historias conocidas para lanzarnos mensajes transgresores. El padre de un joven militar de la Guerra de Irak investiga la muerte de su hijo adelantándo en cada paso de la investigación a la inepta policía. El padre abnegado se involucra en las pesquisas y los pormenores como un sabueso infalible. La labor heróica, eficaz del padre, va destapando, paso a paso la vida antiheróica, turbia, del hijo.

El recurso para contar las dos historias es un móvil inservible del que un programador callejero va recuperando los archivos de media. El móvil es el mejor Haggis, el Haggis de “Crash”. El guionista que ofrece pocas facilidades y obliga al espectador a crear la historia a partir de las pruebas.

Haggis sobresale por encima del narrador medio a la hora de hilar géneros separados. El cine negro, desengañado, acusador sirve para hablar de la política de EEUU contra un país que no les ha hecho ningún daño. El cine policial de chicos buenos, de buenas intenciones que al final siempre descubren al malo por mucho que se esconda, sirve para hablar de la emoción del padre, de la vidas truncadas que están quedando en la cuneta. La película tira cargas de profundidad contra unos políticos que han abducido su país durante dos legislaturas. Los cuales, por cierto, han demostrado tan escasa valía moral e intelecual en sus decisiones que, es seguro que podrán ver de cabo a rabo la película sin sentirse remotamente ofendidos.

Soy Leyenda.



Una revisión inquietante


Francis Lawrence, 2007
Reparto: Will Smith (Robert Neville), Alice Braga (Anna), Dash Mihok (Macho Alpha), Salli Richardson (Zoë), Willow Smith, Charlie Tahan (Ethan).
Guión: Mark Protosevich y Akiva Goldsman; basado en la novela de Richard Matheson.
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La idea de Matheson cuando escribió “I’m a legend” se puede destripar porque la película de Lawrence no le es fiel. Neville, el único ser humano en un mundo de vampiros, descubre que en las leyendas que circulan por doquier, él es el monstruo. Es una cuestión aritmética, él es el único humano, y vampiros hay muchos. Él dedica sus noches a afilar estacas de madera que luego irá clavando en los cuerpos que encuentra de día. Ellos son las víctimas.

La primera versión de 1964 (The last man on Earth), con Vincent Prize hablando solo durante una hora, es la más fiel al libro y a la sorpresa final. Reemplaza la prosa infame de Matheson con la pobreza infame de las imágenes de Salkow y Ragona. A los vampiros los detienen de entrar en la casa de Neville tres tablas mal clavadas a sus ventanas. Es fácil de entender que estos seres inmóbiles inspiraran los muertos vivientes de Romero. Lo trágico en ambos es que siendo tan inútiles se salgan con la suya.

La segunda versión, con Charlton Heston (The Omega man), es fruto de una época, más que de un autor. Debe más a un alucinógeno que a una idea. Los vampiros se unen en una secta. No destruyen la casa de Neville porque sus principios les hacen abominar los inventos modernos. La muerte autocompasiva de Heston es la muerte autocompasiva de Peter Fonda en "Easy Rider". De aquella película solo alcanzaron a imitar su rasgo menos inspirado.

La versión de Lawrence es una versión de nuestros días. Ningún espectador paga una entrada si los trailers previos no le han anticipado el vértigo cinético de unos enfermos furiosos. Las sectas y los vampiros vacilantes no cotizan ya en ninguna taquilla.

El Nueva York infinitamente vacío prevalece en las tres versiones. La soledad de esas calles desiertas tienen el poder expresivo de un mundo donde solo se oye la propia voz, y la seducción de un mundo sin nadie que se adelante a nosotros en la cola del mercado. Will Smith ha conseguido, por fin, rodar una película en la que él es el hombre más guapo del mundo, y el más inteligente. El último rayo de sol marca la frontera entre el mundo de la luz y el mundo de la tienieblas y los monstruos rabiosos. Dos fuerzas atávicas explicadas con complejidades científicas. El coctel funciona, algunos rodeos se dejan perdonar. A pesar de su innata frivolidad, Lawrence ha sabido guardar respeto a un tema que merecía rebirlo.

Diario de una niñera



Las “Quiero y no puedo”


"The nanny diaries"
Robert Pulcini y Shari Springer Berman, 2007
Reparto: Scarlett Johansson (Annie Braddock), Laura Linney (sra. X), Paul Giamatti (sr. X), Nicholas Reese Art (Grayer X), Donna Murphy (Judy Braddock), Alicia Keys (Lynette), Chris Evans (el vecino guapo de Harvard).
Guión: Robert Pulcini y Shari Springer Berman; basado en la novela de Emma McLaughlin y Nicola Kraus.
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En la narrativa más actual, por ejemplo en la de Monzó, no poner nombre a los personajes es un signo de espontaneidad, de falta de cosmética. ¿Para qué inventar un nombre si la historia va a seguir siendo la misma? En “diario de una niñera”, llamar a su jefa Sra. X es un pequeño exceso, un toque esteticista. La finca de la familia esta señalizada con una X’s, “la finca de los X”, y la tarjeta de visita del padre dice “Mr. X”. En el cine, a diferencia de la literatura, lo rebuscado es no concretar.

“Diarios de una niñera” se sostiene a costa de su estilo. Juega con un paraguas rojo y el obvio paralelismo de la historia con Mary Poppins. La protagonista es economista y antropóloga por esa superstición americana de compaginar dos estudios en la universidad. En el prólogo, la voz en off nos cuenta como cada comunidad educa a sus niños y como lo hacen en el Upper East Side de Nueva York. Lo cuenta con estilo. Con el mismo extrañamiento con que una mujer de Samoa, o de Marte, vería a una neoyorkina.

Lo malo es que todos los hallazgos que hace se reducen al estilo, lo que equivale a decir que no tiene ningún hallazgo que valga la pena. Yo sigo sin entender por qué una economista se pone a trabajar de niñera. Una inmigrante le dice que a ella le gustaría dedicar su vida a cuidar de su hijo y en cambio tiene que cuidar el de los otros. Eso tiene sentido, pero ¿qué sentido tiene la elección de la protagonista?

Sólo consigo entender el personaje de la Johannson cuando pienso en el de Anne Hathaway en “El diablo viste de Prada”. Si desprecia la moda ¿por qué se mete tan a fondo en ese mundo? Algo se le escapa al narrador, algo esconde. Tal vez un secreto, un profundo deseo de pertenecer a ese mundo del que acaban siendo expulsadas. La periodista anhela pertenecer al mundo de la moda, la antropóloga al de las clases altas más ricas del planeta. Las dos se defienden contra la seducción escribiendo una novela que triunfa y que parece querer decir que hay cosas más importantes que las pasarelas o el Upper East Side. Pero lo dicen a media voz, porque ninguna de las dos se lo cree.

Aunque los jóvenes autores de best-sellers traen sangre fresca al mundo del espectáculo, y las actrices jóvenes representan bien el entusiasmo de los recien llegados, el público busca siempre sus mitos en el mismo cajón. Los directores, o puede que los productores, han visto detrás del texto que las verdaderas protagonistas son las dos mujeres maduras. Por eso no han elegido al azar a las intérpretes, han elegido a Meryl Streep y a Laura Linney. El público irá a estas películas a mirar a la Johannson o a la Hathaway, pero lo que quiere ver es a las otras.

La joven Jane Austen



Trastiendas


"Becoming Jane"
Julian Jarrold, 2007
Reparto: Anne Hathaway (Jane Austen), James McAvoy (Tom Lefroy), Maggie Smith (Lady Gresham), Julie Walters (Sra. Austen), James Cromwell (Sr. Austen), Ian Richardson (juez Langlois), Joe Anderson (Henry Austen), Lucy Cohu (Eliza De Feuillide), Laurence Fox (Sr. Wisley), Anna Maxwell Martin (Cassandra Austen).
Guión: Kevin Hood y Sarah Williams.
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Hay una simpleza, de curso común entre algunos críticos literarios, que consiste en creer que la obra de un autor consiste en su experiencia. Buscan en la biografía del autor a todos los personajes de sus novelas. Según ellos, un escritor tullido no puede escribir en primera persona sobre atletas. Pero lo interesante de la literatura, y del cine, es que sí puede.

Con “Shakespeare in love”, “Capote”, “Historia de un crimen” y “La joven Jane Austen”, el espectador ha descubierto que le interesa más como se gestaron los grandes personajes de la historia de la literatura que los propios personajes. El público quiere mirar detrás de la tramolla, quiere conocer al autor, harto quizá de escuchar las historias que él cuenta. Austen tenía poco que decir al respecto. Murió a los 42 años sin ninguna historia de amor conocida. La vida no le regaló el final feliz con que ella condecoró a todas sus heroínas.

¿O acaso sí tuvo? Antes de escribir su primera novela, Austen conoce a un joven de Londres. Él viene de la ciudad con ínfulas de ser superior a la gente de campo, como ocurre con toda la gente de ciudad. Es un vividor pero tiene un secreto, o dos, que lo hacen humano. El mayor obstáculo es el tío del muchacho. Le enfrenta con la joven Austen su visión de la ironía. Si bien se trata de una ironía más teórica que otra cosa. ¿Es mucho pedir que hubieran puesto ejemplos en vez de explicar la ironía?

Los dos sienten algo pero no tienen dinero, lo cual sería indiferente en una historia actual. Sin embargo, una asignación era esencial para una novela de Jane Austen. Las cifras iban, que yo recuerde, de 600 libras, las más humildes, a 10.000 al año, la de Mr Darcy. Todo el mundo vivía de los intereses de los bonos del tesoro en aquella Inglaterra victoriana. Las jóvenes que se fugan para casarse son siempre unas fracasadas. La heroína de la película nunca hubiera sido una heroína de una novela de Austen.

Y al final, lo sabemos, se queda soltera. ¿Cómo contar eso hoy día cuando sabemos que el único final posible en el cine es el final feliz? Vuelvan a Casablanca para encontrar un giro parecido, otro perdedor que, en el fondo, triunfa.

Supersalidos



Ritos y desmadres iniciáticos


Greg Mottola, 2007
Reparto: Jonah Hill (Seth), Michael Cera (Evan), Seth Rogen (oficial Michaels), Bill Hader (oficial Slater), Christopher Mintz-Plasse (Fogell), Kevin Corrigan (Mark), Joe Lo Truglio (Francis), Martha MacIsaac (Becca), Emma Stone (Jules), Aviva (Nicola).
Guión: Seth Rogen y Evan Goldberg
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Muchas sociedades tienen un rito para anunciar que un niño ha dejado atrás la infancia y se ha convertido en adulto. Nuestra sociedad ha perdido todos esos ritos. No queda nada para marcar ese tránsito, salvo las comedias adolescentes. “Supersalidos” narra las peripecias de tres adolescentes en su último día de instituto. Unas amigas los han invitado a una fiesta con el encargo de que traigan el alcohol. La búsqueda de alcohol por tres Holden Cauldfields que no tienen la edad legal de 21 años que hace falta para comprarlo componen una moderna Odisea llena de pinceladas sociales, sarcásticas y humanas sobre la América de nuestros días.

Seth es el gordito del trío. Sostiene la función durante la primera mitad con una lengua mordaz y una fantasía erótica desmadrada. Seth es el lider de una pandilla de chicos raros. Con sus chistes verdes y con su humor mantiene viva una ficción para sus amigos, la del sexo sin límites..., y sin mujeres. Michael es el más cuerdo de los tres, como ocurre con todos los alter-egos.

Y Fogell, el tercero, es una de las creaciones más chisporroteantes de los últimos tiempos. Fogell es el pringado, el pobrecito muchacho que es incapaz de romper un plato y cuando lo rompe con su torpeza se pasa media película intentando arreglarlo como ese Jerry Lewis de las primeras comedias. Fogell sueña con atreverse a decirle algo a una de las guapas del instituto o, en su defecto con parecer un poco más machote de lo que realmente es. Y los guionistas tuvieron la esplendidez de regalar a este chico torpe la mejor noche que podría haber soñado en mil años.

El orfanato



Amigos invisibles


Juan Antonio Bayona, 2007
Reparto: Belén Rueda (Laura), Geraldine Chaplin (Aurora), Fernando Cayo (Carlos), Roger Príncep (Simón), Mabel Rivera (Pilar), Montserrat Carulla (Benigna), Andrés Gertrudix (Enrique), Edgar Vivar (Balabán).
Guión: Sergio G. Sánchez.
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En una ocasión, proyecté “El sexto sentido” en clase y una alumna me preguntó por qué el psicólogo podía ver a los demás y ellos no le veían a él. Me di cuenta de que Shyamalan había rodado para espectadores posteriores a “Ghost” que aceptaban como natural un mundo de muertos invisibles que sólo es visto por mediums como Whoopy Goldberg. Así que le dije que viera “Ghost”. Hay películas que marcan un antes y un después. Y creo que “El orfanato” merece entrar en esa lista. Creo que merece convertirse en uno de esos lugares comunes que todo el mundo reconoce con solo mencionar el título.

Shyamalan introdujo en el género de fantasmas la idea de la complejidad. Los fantasmas no están ahí sólo para aterrorizarnos, tienen una historia, quieren que les escuchemos, son, en definitiva, un personaje más. Lo que “El orfanato” añade a este imaginario es que el mundo del los fantasmas es como un juego en el que sólo podemos entrar como entramos en un juego, observando sus reglas con una seriedad absoluta y olividando las del mundo real mientras estamos dentro.

Huizinga observó que las reglas del juego, el espacio reservado, la observación de unas leyes que no tienen que ser las morales, la inviolabilidad de ésas reglas, la creación de un orden nuevo y los disfraces, eran aplicables a muchas otras cosas, como, por ejemplo, a las ceremonias religiosas. Bayona se ha dado cuenta de que esas reglas valen para las supersticiones infantiles, para el mundo de los espíritus, y a la misma vez, para los hilos que atan al espectador con lo que ocurre dentro de una ficción.

El hijo de la protagonista tiene un amigo invisible con el que juega a todas horas. La madre escucha con paciencia la fantasía de su hijo pero el padre está preocupado. Un juego al que el niño juega con sus amigos invisibles es el de esconder cosas. Cuando el niño desaparece la madre no encuentra a nadie que pueda ayudarle a encontrarlo. Tendrá que buscar dentro de sí misma. Tendrá que aprender a jugar si quiere volver a ver a su hijo.

Matrimonio compulsivo



Castings


“The heartbreak kid”
Peter Farrelly y Bobby Farrelly, 2007
Reparto: Ben Stiller (Eddie Cantrow), Michelle Monaghan (Miranda), Malin Akerman (Lila), Jerry Stiller (Doc Cantrow), Rob Corddry (Mac), Carlos Mencia (Tito Hernández), Scott Wilson (Boo), Danny McBride (Martin).
Guión: Bobby Farrelly, Peter Farrelly, Kevin Barnett, Leslie Dixon y Scot Armstrong; basado en el guión original de Neil Simon para la película "El rompecorazones" (1972); a partir del relato "Cambio de planes" de Bruce Jay Friedman.
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Ben Stiller hace de cuarentón sin compromiso. La voz de su padre y una boda a la que va de invitado y en la que hace el peor de los ridículos lo obligan a plantearse su soltería. Agobiado por las presiones, decide casarse con la primera chica que encuentra, pero le sale mal. Durante la luna de miel, en Mexico, conocerá a la mujer de sus sueños.

Comedias como ésta funcionan como un casting. El protagonista hace desfilar diversos tipos de chicas hasta que encuentra una que le gusta. Nos reímos porque él tiene la sartén por el mango. Cuando el casting lo hace otro y el protagonista se pasa la película desfilando para aprobar, tenemos un drama.

El problema de las comedias es que muchos espectadores que van a verlas pueden hacer una lectura dramática. Es decir, pueden sentirse identificados con la esposa mala en vez de identificarse con Stiller. Eso obliga a los comediógrafos a elegir bien los defectos dignos de escarnio de los secundarios. La esposa es extoxicómana, no tiene sentido del humor, y en la cama es una especie de sabelotodo. La chica buena tiene una sonrisa embriagadora, le gusta el submarinismo y las excursiones igual que al protagonista.

Es fácil entender la elección de Stiller. Lo complicado es entender las de la gente de carne y hueso que, generalmente, elige a quién menos te lo esperas.
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