Ruben Corral. La Butaca **
Y sin embargo, bajo la banda sonora de música clásica, bajo la pomposa dirección artística y la avasalladora lluvia de datos con la que Patino imbuye sus improbables diálogos, el director sólo mira ?también? hacia atrás. Nada hay en ?Octavia? que nos sorprenda, que nos haga rememomar alguno de los buenos títulos de la carrera del director de ?Nueve cartas a Ber-ta? (1965). La sensación es de que, del mismo modo que Jean-Luc Godard ?que mira mucho más al pasado que al futuro en su defensa de la memoria histórica? fabricó una gran elegía al cine a lo largo de diez años, y lo hizo en vídeo, Basilio Martín Patino se habría creado un monumento funerario para su carrera. Era en su ciudad, en Salamanca, y eran más de 130 minutos. Pero nunca los veremos.
Antón Merikaetxebarria. La verdad
Al tiempo, el noble autor de Canciones para después de una guerra utiliza la técnica del falso documental, aparentemente académico y hasta turístico, para desvelar el carácter de ficción de toda construcción audiovisual. Lo cual puede despistar a más de uno, dado el carácter experimental y hasta filosófico de esta enriquecedora Octavia ?también a contracorriente?, reservada a un público exigente y cuyos requisitos pasan por no tener miedo a las palabras ni estar contaminado por la estética televisiva.
Entrevista. Época
-¿Será, quizá, por ese característico recurso suyo de incorporar imágenes documentales a sus filmes?
-Quizá, pero aborrezco que se interprete así mi trabajo. Es confundir una obra cinematográfica con una cátedra, lo más opuesto a lo que quiero. Hacer Historia de esa manera es imposible, yo falseo consciente y cínicamente. Tampoco engaño a nadie, sólo hago películas.
A Spielberg le pasa lo que a las canciones francesas, que cuando se ponen sentimentalonas se vuelven insoportables, y que tarde o temprano, siempre lo hacen. El defectillo va en crescendo, al duro Indiana Jones le coló una frasecita diciéndole a su papá que nunca le había dicho "te quiero". El niño robot de A.I. se pasa la vida buscando a su mamá, y el protagonista de Minority Report se pone llorón cuando recuerda a su hijo. Huvo un tiempo en que Spielberg rompió moldes con su humanidad. Ya estábamos hartos de marcianos sanguinarios cuando trajo a E.T. y a los extraterrestres de Encuentros en la tercera fase. Era un momento en que el tono pastelón venía a cuento. Hoy no es el caso.
En Notting Hill, Julia Roberts es ella misma, o sea, una actriz con caché. Se fija en un chico de pueblo y lo besa. Y él se cuela por ella.
There are two Steven Spielbergs. One is the cinematic historian who instructs, informs and shapes a universal consciousness that makes us aware of our stake in the human race in masterpieces like Schindler?s List and Saving Private Ryan. The other is a 12-year-old comic-book collector weaned on sci-fi and stuck in the twilight zone of his own nursery, who turns out polished but moronic time-wasters about dinosaurs, space ships, Indiana Jones and Peter Pan.
