Speed Racer



Hallazgos expresivos


Andy Wachowski y Larry Wachowski, 2008
Reparto: Emile Hirsch (Speed Racer), Christina Ricci (Trixie), Matthew Fox (Racer X), Susan Sarandon (mamá Racer), John Goodman (Pops Racer), Kick Gurry (Sparky), Paulie Litt (Spritle), Roger Allam (Royalton), Hiroyuki Sanada (Sr. Mushi), Richard Roundtree (Ben Burns), Rain (Taejo), Christian Oliver (Snake Oiler), Benno Fürmann (inspector Detector).
Guión: Andy Wachowski y Larry Wachowski; basado en la serie de dibujos animados creada por Tatsuo Yoshida.
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Creo que si Eisenstein o Kuleshov levantaran la cabeza se quedarían alucinados con Speed Racer mucho más que con ninguna otra película reciente. Todos los hallazgos de Speed Racer son visuales, y sobre todo, son de montaje. La intención de los Wachowski era abarrotar la pantalla de recursos expresivos. Para mostrar los sentimientos y recuerdos de los personajes, utilizan el trozo de pantalla que queda libre. La pantalla de los Wachowski se convierte en algo distinto a lo acostumbrado, se convierte en un lienzo protéico, una página de tebeo, una pantalla de ordenador cuajada de iconos. Para los creadores de Speed Racer, la pantalla abandona su función tradicional, la de representar el espacio físico de los personajes y da un salto hacia otro plano, el de representar dimensiones intelectuales y emocionales.

Speed Racer es una de las películas más imaginadas que he visto en mi vida; con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Difícil encontrar algo tan poco natural como esas cortinillas y esos circuitos de vértigo. Difícil encontrar semejante libertad de un cineasta con su cámara.

No es del todo justa la acusación de que carece de argumento. Lo hay, y es bueno, pero no hay en él ninguna apuesta. Es una historia de David contra Goliat que hemos oído muchas veces. Los buenos son la familia que come tortitas en la cocina, los malos picotean en un buffet millonario; los buenos creen en sus sentimientos y en el esfuerzo individual, los malos invierten en bolsa.

Iron man



Discursos


John Favreau, 2008
Reparto: Robert Downey Jr. (Tony Stark/Iron Man), Terrence Howard (James Rhodes), Jeff Bridges (Obadiah Stane), Shaun Toub (Yinsen), Gwyneth Paltrow (Virginia "Pepper" Potts), Faran Tahir (Raza), Jon Favreau (Hogan).
Guión: Mark Fergus, Hawk Ostby, Art Marcum y Matt Holloway; basado en los personajes creados por Stan Lee, Larry Lieber, Don Heck y Jack Kirby.
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Tengo un amigo cuyo gusto cinematográfico me escama desde hace tiempo. Me recomienda (casi diría “me obliga a ver”) películas cuya moraleja, curiosamente, siempre coincide con las suyas. No es que yo desdeñe los discursos de las películas. Tampoco desdeño los esfuerzos de los maquilladores. Pero procuro no dejar que esos discursos sean lo único que quede de una película. El discurso de todos los superhéroes es un discurso conservador, son justicieros de derechas, o bien, justicieros republicanos. Ellos “saben” que el país está bien y que los políticos toman las decisiones correctas. Ellos no quieren cambiar el mundo, quieren acabar con las astillas molestas: delincuentes, países insurgentes, milicias armadas que quieren estropear la paz en la que viviríamos si todos fueramos tan chicos buenos, abnegados, repeinados y lindos como son ellos. Si los superhéroes pudieran hacerlo, ellos acabarían con Neo.

Stark sufre un cautiverio en una cueva, probablemente talibán. Durante su calvario no piensa en qué puede haber generado esa guerrilla, ese odio a los Estados Unidos que hay en Oriente Medio. Su preocupación es cómo vencer a los enemigos. La solución del conflicto es un arma, una escafandra.

El mal se esconde en una cueva afgana, el bien consiste en un play-boy americano que fabrica armas. Semejante desmelene narcisista hubiera sido digerible por un espectador de los años treinta, como el de Tarzán, pero en el siglo XXI, necesitamos cierta dosis de cordura antirracista. El mal también está dentro de la sociedad americana. Está en casa, y no vale colgárselo a una tribu extranjera porque no nos guste su indumentaria.

La estructura de la narración tiene un cambio curioso. Stark consigue su traje a la mitad de la cinta, cuando lo canónico es que lo haga en el primer acto (20 minutos iniciales). Consume una hora en narrar sus penalidades y otra en luchar contra el enemigo. Y es una buena distribución. Quizá, igual que el discurso, está calculada para adultos convencibles más que para niños soñadores.

Despierto



Sueños


"awake"
Joby Harold,2007
Reparto: Hayden Christensen (Clay Beresford), Jessica Alba (Sam Lockwood), Lena Olin (Lilith Beresford), Terrence Howard (Dr. Jack Harper), Christopher McDonald (Larry Lupin), Fisher Stevens (Dr. Puttnam), Sam Robards (Clayton Beresford), Arliss Howard (Dr. Jonathan Neyer), Georgina Chapman (Penny Carver).
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Clay Beresford es un hombre rico y bueno que quiere ser como su padre querido, muerto hace ya tiempo. Tiene una novia guapa y amorosa. Pretende hacer un negocio con unos japoneses porque de esa manera conseguirá miles de trabajos para las honradas familias norteamericanas. ¿Por qué nos resulta vomitivo el principio de este cuento de hadas desmelenado? Pues, sencillamente, porque los espectadores no soportamos los cuentos de hadas. El agente Smith se lo dijo a Morfeo al oído cuando cuando lo drogaba para conseguir los códigos de Sión: «La primera Matrix fue diseñada para ser un mundo perfecto, donde nadie sufriera, donde todos consiguieran ser felices. Fue un desastre. Nadie aceptó ese programa. Se perdieron cosechas enteras de humanos.»

Las madres abnegadas, amores fieles y padres ideales son ficciones que nos hacen despertar de esa Matrix que es la sala de cine. El principio de “Despierto” hubiera ganado mucho si todo no hubiera sido tan perfecto. Si el millonario se hubiera encontrado algún piquete de huelga en la puerta del despacho, o si la novia tuviera caries. En fin esas cosas que nos pasan a todos todo los días y nos hacen recordar que no estamos en un mundo ideal fabricado por máquinas para extraer nuestra energía mientras soñamos.

El resto de “Despierto” funciona bien. Está lleno de giros inesperados. La han construido de atrás alante, como hay que hacer las cosas. De modo que cada detalle intrascendente de la primera mitad es una pista que tiene un sentido cardinal cuando uno hace la segunda lectura. Por lo que leo, parece que no le gusta a nadie. Los espectadores ya nos sabemos todos los giros posibles y no hay quien nos sorprenda. O quizá nos estamos cansando de ir a ver giros y queremos que nos den cine. En cualquier caso, “Despierto” no está tan mal. Vayan a verla y vuelvan quejándose si no están de acuerdo, asumo responsabilidades.

Las crónicas de Spiderwick

Vehículos narrativos


Mark Waters, 2008
Reparto: Freddie Highmore (Simon/Jared), Mary-Louise Parker (Helen), Nick Nolte (Mulgarath), Joan Plowright (tía Lucinda), David Strathairn (Arthur Spiderwick), Seth Rogen (Hogsqueal/Cerdonio), Martin Short (Thimbletack/Dedalete), Sarah Bolger (Mallory).
Guión: John Sayles, Karey Kirkpatrick y David Berenbaum; basado en la serie de novelas de Tony DiTerlizzi y Holly Black.
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Tolkien y C.S. Lewis sostuvieron hace tiempo una discusión que viene al caso. Tolkien defendía la fantasía como un mundo aparte, como una creación pura. “El señor de los anillos” surgió como un mundo ajeno al nuestro con unas reglas propias, que se sostiene por su imaginación. Lewis, en cambio, defendía una segunda lectura. La fantasía sirve para entender nuestro propio mundo, nada es gratuito. En las “Crónicas de Narnia” el león, la bruja y todos los elementos simbolizan algo.

Muchos lectores habrán tomado partido hace tiempo por una literatura o por otra. Lo interesante es que una escritora menos erudita que los dos profesores como J.K. Rowling fuera capaz de hacer las dos cosas a la vez y sin chirriar. En Harry Potter, hay un doble placer de inventar mundos extraños y dejar al lector una segunda lectura de problemas familiares y niños diferentes. Esta tercera vía de la ficción, que sin duda es más difícil que las dos primeras, es la que ensaya con éxito estas “Crónicas de Spiderwick”.

El protagonista es uno de los dos gemelos de una familia que acaba de pasar por un divorcio. El padre ausente es el elemento realista de las vidas de los personajes, pero también es parte del mundo fantástico. El ogro y su batalla final forma parte de ese placer narrativo de los creadores que viven de lleno sus propios mundos. El universo de trasgos es invisible. Los que consiguen verlo no saben como convencer a los demás algo tan increíble. El espectador espera con ansiedad a que cada personaje se de cuenta. Aunque no tenga nada de innovador ese ansia funciona como un vehículo narrativo perfecto.

El desprecio



La gente venía a Hollywood a hacer dinero fácil, ya sabe, actores de teatro, novelistas de Nueva York, Scott Fitzgerald, a quien conocí en la Paramount, por cierto, Faulkner. Todos trataban de echar la zarpa al pastel. Pero no había interés genuino por el cine. Más bien cierto desprecio. Lo cual me vino bien, porque todo el mundo ha despreciado las películas como algo de tercera clase. Hasta que, gracias a Dios, se inventó la televisión. Ahora nosotros somos los que tenemos algo que despreciar.

Billy Wilder, en la entrevista que concedió a Michel Ciment.

Juno



Enrollados y estirados


Jason Reitman, 2007
Reparto: Ellen Page (Juno), Michael Cera (Bleeker), Jennifer Garner (Vanessa Loring), Jason Bateman (Mark Loring), Allison Janney (Bren), J.K. Simmons (Mac), Olivia Thirlby (Leah), Eileen Pedde (Gerta Rauss), Rainn Wilson (Rollo), Daniel Clark (Steve Rendazo), Aman Johal (Vijay).
Guión: Diablo Cody.
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Juno es la adolescente más enrollada del mundo. Digna portadora del testigo de Thora Birch en American Beauty o Ghost World, pero sin la carga de resentimiento de ésta; iconoclasta; alumna aventajada en la escuela del “sé tu mismo”, Juno ondea la pancarta del adolescente inconformista del siglo XXI. Sólo le faltan unos padres carcas y una sociedad contra los que revelarse, pero el adolescente progre de nuestro siglo es hijo del adolescente progre del siglo pasado. Cuando descubre que está embarazada la rebeldía de Juno consiste en tener a su hijo y darlo en adopción sin creerse que eso la hace mejor que las que sí pasan por el quirófano.

Juno busca unos padres adoptivos y encuentra a una pareja de pijos. Él es enrollado y ella es una estirada. Juno, igual que todas las heroinas interesantes, no se deja llevar por las primeras impresiones. A sus 16 añitos, Juno, la adolescente más enrollada del mundo, busca a la mejor mama del mundo, y la encuentra cuando deja atrás sus prejuicios. Ese leve desengaño constituye la anécdota de la película, que está hecha de pequeños detalles, y de grandes regalos.
Sergi Sánchez (Fotogramas)***: Embarazada después del polvo más rápido con el que una chica de 16 años puede perder la virginidad, Juno es la diosa de las one-liners, réplicas ingeniosas que parecen escritas para saturar de chispa intelectual los dominios lingüísticos de una telecomedia para listillos. Tardamos un poco en acostumbrarnos a un personaje que habla como si fuera la protagonista de una screwball comedy con complejo de lolita indie-pop

4 meses, 3 semanas, 2 días



Penalidades


Cristian Mungiu, 2007
Reparto: Anamaria Marinca (Otilia), Laura Vasiliu (Gabita), Vlad Ivanov (Sr. Bebe), Alex Potocean (Adi), Luminita Gheorghiu (Sra. Radu), Adi Carauleanu (Sr. Radu), Madalina Ghitescu (Dora), Catalina Harabagiu (Mihaela), Sanziana Tarta (Carmen), Mihaela Alexandru (Daniela).
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En los años noventa el índice de delincuencia en EEUU descendió notablemente. Muchos alcaldes quisieron atribuir el éxito a sus medidas policiales. Pero un economista, David Levitt, propuso una expliacion menos jactanciosa, y más polémica. Levitt dice que la tasa de delincuencia bajó veinte años después de la despenalización del aborto. Al haber menos hijos no deseados, la sociedad tenía menos ciudadanos propensos a caer en la marginalidad, y la curva se notaban cuando estos individuos se hacían mayores. La afirmación la hace en su libro “Freakonomics” que recomiendo a todo el mundo.

Pensemos si se puede buscar un caso parecido en Europa. Ceaucescu prohibió el aborto (y los anticonceptivos) desde 1966 hasta 1989 cuando cayó derrotado. Y su país tiene una tasa de delincuencia apreciable. Si Levitt tiene razón, la curva que observaron los estadounidenses debería notarse en Rumanía a partir del 2009.

Menos teórico que Levitt, Mungiu se adentra en el caso de una joven universitaria de 22 años que necesita un aborto en los últimos años de la Rumanía comunista. La película tarda en arrancar. Mungiu quiere que sepamos cuantas penalidades suponía en su país conseguir una marca de tabaco o un habitación de hotel, antes de mostrar cuanto sacrificio suponía un aborto.

El fresco costumbrista funciona como un reloj, sumando acusaciones a la historia principal. La historia del aborto dispara al corazón del régimen, y la ambientación no deja títere con cabeza. Si quería darle el tiro de gracia, Mungiu debería haber profundizado en lo que lleva a esas dos mujeres desesperadas a ponerse en manos de un médico sin escrúpulos. Que tragedia esperaba a la embarazada si tenía un hijo en una sociedad como esa.

La amiga de la embarazada, Otilia, soporta el peso del drama durante toda la sesión. Se encarga de los detalles, da la cara, sacrifica cuanto hace falta. Uno se pregunta que la lleva a hacer algo semejante; uno incluso deconfía de tanta bondad hasta que un cumpleaños la lleva a la casa de los padres de su novio. Entonces deja entrever lo que lleva dentro. Quiere saber si alguien hará lo mismo por ella.

Los planos secuencia se han convertido en una fiesta para espectadores como yo. El último plano secuencia apabullante que vi, el de “Expiación”, muestra a un ejército de hombres que buscan, cantan y lloran en una playa francesa. Mungiu los usa, al principio, para mostrar el hormiguero de una residencia de estudiantes comunista, y al final para unirnos a los avatares de la protagonista en un acercamiento asfixiante. A cada paso que da esperamos que ocurra algo. Esos dos planos épicos, la pelea con el medico, y la cámara inmóvil en la reunión en casa de los padres son el broche estilístico para una obra incontestable. Lo cierto es que un tema tan lacerante como el de la película merecía ser tratado con un talento narrativo tan inusual como el que ha demostrado Mungiu.

En el valle de Elah



pay offs


Paul Haggis, 2007
Reparto: Tommy Lee Jones (Hank Deerfield), Charlize Theron (detective Emily Sanders), Frances Fisher (Evie), Susan Sarandon (Joan Deerfield), James Franco (sargento Dan Carnelli), Jonathan Tucker (Mike Deerfield), Jason Patric (teniente Kirklander), Josh Brolin (Buchwald), Wes Chatham (cabo Penning), Jake McLaughlin (Gordon Bonner), Mehcad Brooks (Ennis Long).
Guión: Paul Haggis; basado en un argumento de Paul Haggis y Mark Boal.
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En un buen guión, el clavo que pone el personaje en el primer acto le sirve para ahorcarse en el tercero. Los guionistas tienen un nombre para eso. El clavo, o sea, el elemento que se va a usar más tarde, se llama “planting”, y la horca, o sea, la segunda vez que se usa el elemento se llama “pay off”. En cada una de las películas de Wilder se podría hacer un listado interminable de pay offs. Wilder reutiliza casi cada frase. En su obra maestra, “El apartamento”, sobra uno. Sobra el pay off del final. “¿Que hará Mr Sheldrake?”, pregunta Baxter. “Le enviaré un pastel por Navidad”, dice la Srta Kubelik, recordando a la exnovia de Baxter que le envía a Baxter un pastel por Navidad (el planting). En esta película de Haggis también me sobra el “pay off” final porque, con toda su belleza, es demasiado artístico, demasiado bello. Creo que me estoy volviendo un espectador naturalista, cada vez quiero menos arte, y mas vida. La vida no termina con pay offs.

También me sobra el cuento de David y Goliat que da lugar al título. Se me hace demasiado inteligente. El padre del soldado muerto tiene que contar una historia al niño, y como no sabe contar historias recurre a la biblia. Pero la historia que trae por los pelos resulta que es la misma historia que, leída entre líneas, nos da las claves de su propio drama.

Donde Haggis brilla con luz propia es en el arte de contarnos historias conocidas para lanzarnos mensajes transgresores. El padre de un joven militar de la Guerra de Irak investiga la muerte de su hijo adelantándo en cada paso de la investigación a la inepta policía. El padre abnegado se involucra en las pesquisas y los pormenores como un sabueso infalible. La labor heróica, eficaz del padre, va destapando, paso a paso la vida antiheróica, turbia, del hijo.

El recurso para contar las dos historias es un móvil inservible del que un programador callejero va recuperando los archivos de media. El móvil es el mejor Haggis, el Haggis de “Crash”. El guionista que ofrece pocas facilidades y obliga al espectador a crear la historia a partir de las pruebas.

Haggis sobresale por encima del narrador medio a la hora de hilar géneros separados. El cine negro, desengañado, acusador sirve para hablar de la política de EEUU contra un país que no les ha hecho ningún daño. El cine policial de chicos buenos, de buenas intenciones que al final siempre descubren al malo por mucho que se esconda, sirve para hablar de la emoción del padre, de la vidas truncadas que están quedando en la cuneta. La película tira cargas de profundidad contra unos políticos que han abducido su país durante dos legislaturas. Los cuales, por cierto, han demostrado tan escasa valía moral e intelecual en sus decisiones que, es seguro que podrán ver de cabo a rabo la película sin sentirse remotamente ofendidos.

Soy Leyenda.



Una revisión inquietante


Francis Lawrence, 2007
Reparto: Will Smith (Robert Neville), Alice Braga (Anna), Dash Mihok (Macho Alpha), Salli Richardson (Zoë), Willow Smith, Charlie Tahan (Ethan).
Guión: Mark Protosevich y Akiva Goldsman; basado en la novela de Richard Matheson.
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La idea de Matheson cuando escribió “I’m a legend” se puede destripar porque la película de Lawrence no le es fiel. Neville, el único ser humano en un mundo de vampiros, descubre que en las leyendas que circulan por doquier, él es el monstruo. Es una cuestión aritmética, él es el único humano, y vampiros hay muchos. Él dedica sus noches a afilar estacas de madera que luego irá clavando en los cuerpos que encuentra de día. Ellos son las víctimas.

La primera versión de 1964 (The last man on Earth), con Vincent Prize hablando solo durante una hora, es la más fiel al libro y a la sorpresa final. Reemplaza la prosa infame de Matheson con la pobreza infame de las imágenes de Salkow y Ragona. A los vampiros los detienen de entrar en la casa de Neville tres tablas mal clavadas a sus ventanas. Es fácil de entender que estos seres inmóbiles inspiraran los muertos vivientes de Romero. Lo trágico en ambos es que siendo tan inútiles se salgan con la suya.

La segunda versión, con Charlton Heston (The Omega man), es fruto de una época, más que de un autor. Debe más a un alucinógeno que a una idea. Los vampiros se unen en una secta. No destruyen la casa de Neville porque sus principios les hacen abominar los inventos modernos. La muerte autocompasiva de Heston es la muerte autocompasiva de Peter Fonda en "Easy Rider". De aquella película solo alcanzaron a imitar su rasgo menos inspirado.

La versión de Lawrence es una versión de nuestros días. Ningún espectador paga una entrada si los trailers previos no le han anticipado el vértigo cinético de unos enfermos furiosos. Las sectas y los vampiros vacilantes no cotizan ya en ninguna taquilla.

El Nueva York infinitamente vacío prevalece en las tres versiones. La soledad de esas calles desiertas tienen el poder expresivo de un mundo donde solo se oye la propia voz, y la seducción de un mundo sin nadie que se adelante a nosotros en la cola del mercado. Will Smith ha conseguido, por fin, rodar una película en la que él es el hombre más guapo del mundo, y el más inteligente. El último rayo de sol marca la frontera entre el mundo de la luz y el mundo de la tienieblas y los monstruos rabiosos. Dos fuerzas atávicas explicadas con complejidades científicas. El coctel funciona, algunos rodeos se dejan perdonar. A pesar de su innata frivolidad, Lawrence ha sabido guardar respeto a un tema que merecía rebirlo.

Diario de una niñera



Las “Quiero y no puedo”


"The nanny diaries"
Robert Pulcini y Shari Springer Berman, 2007
Reparto: Scarlett Johansson (Annie Braddock), Laura Linney (sra. X), Paul Giamatti (sr. X), Nicholas Reese Art (Grayer X), Donna Murphy (Judy Braddock), Alicia Keys (Lynette), Chris Evans (el vecino guapo de Harvard).
Guión: Robert Pulcini y Shari Springer Berman; basado en la novela de Emma McLaughlin y Nicola Kraus.
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En la narrativa más actual, por ejemplo en la de Monzó, no poner nombre a los personajes es un signo de espontaneidad, de falta de cosmética. ¿Para qué inventar un nombre si la historia va a seguir siendo la misma? En “diario de una niñera”, llamar a su jefa Sra. X es un pequeño exceso, un toque esteticista. La finca de la familia esta señalizada con una X’s, “la finca de los X”, y la tarjeta de visita del padre dice “Mr. X”. En el cine, a diferencia de la literatura, lo rebuscado es no concretar.

“Diarios de una niñera” se sostiene a costa de su estilo. Juega con un paraguas rojo y el obvio paralelismo de la historia con Mary Poppins. La protagonista es economista y antropóloga por esa superstición americana de compaginar dos estudios en la universidad. En el prólogo, la voz en off nos cuenta como cada comunidad educa a sus niños y como lo hacen en el Upper East Side de Nueva York. Lo cuenta con estilo. Con el mismo extrañamiento con que una mujer de Samoa, o de Marte, vería a una neoyorkina.

Lo malo es que todos los hallazgos que hace se reducen al estilo, lo que equivale a decir que no tiene ningún hallazgo que valga la pena. Yo sigo sin entender por qué una economista se pone a trabajar de niñera. Una inmigrante le dice que a ella le gustaría dedicar su vida a cuidar de su hijo y en cambio tiene que cuidar el de los otros. Eso tiene sentido, pero ¿qué sentido tiene la elección de la protagonista?

Sólo consigo entender el personaje de la Johannson cuando pienso en el de Anne Hathaway en “El diablo viste de Prada”. Si desprecia la moda ¿por qué se mete tan a fondo en ese mundo? Algo se le escapa al narrador, algo esconde. Tal vez un secreto, un profundo deseo de pertenecer a ese mundo del que acaban siendo expulsadas. La periodista anhela pertenecer al mundo de la moda, la antropóloga al de las clases altas más ricas del planeta. Las dos se defienden contra la seducción escribiendo una novela que triunfa y que parece querer decir que hay cosas más importantes que las pasarelas o el Upper East Side. Pero lo dicen a media voz, porque ninguna de las dos se lo cree.

Aunque los jóvenes autores de best-sellers traen sangre fresca al mundo del espectáculo, y las actrices jóvenes representan bien el entusiasmo de los recien llegados, el público busca siempre sus mitos en el mismo cajón. Los directores, o puede que los productores, han visto detrás del texto que las verdaderas protagonistas son las dos mujeres maduras. Por eso no han elegido al azar a las intérpretes, han elegido a Meryl Streep y a Laura Linney. El público irá a estas películas a mirar a la Johannson o a la Hathaway, pero lo que quiere ver es a las otras.
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