Horse opera fuelled by oats
– The western genre got its start in paperback fiction in the mid-19th century
– The first western was The Great Train Robbery, made in 1903 by Edwin S. Porter
– In 1942 Hollywood churned out 120 westerns
– Only three westerns have won the Academy Award for Best Picture: Cimarron (1931), Dances With Wolves (1990), Unforgiven (1992)
– In the US they are also called “horse operas” or “oaters” after the oats eaten by protagonists’ horses
– In the 1950s and 1960s television westerns such as The Lone Ranger were hits. The modern equivalent is Deadwood, starring Ian McShane
– During the 1960s and 1970s “spaghetti westerns" emerged, low-budget affairs with more action and violence than Hollywood films
Muchos westerns están a punto de ser estrenados en los próximos meses, "Seraphim Falls" con Liam Neeson y Pierce Brosnan, "3.10 to Yuma" con Russell Crowe y Christian Bale, "El asesinato de Jesse James" con Brad Pitt, "No country for old men" de los Coen, "Boone's Lick" con Tom Hanks y Julianne Moore.

Peter Rainer dice que el western refleja la intranquilidad del americano con respecto al mundo. El americano se refugia en las figuras sencillas de su pasado nacional para afrontar la complejidad del presente, global.
From The Times, Monday
Western revival looks back to simpler life
Ben Hoyle, Arts Reporter
Like Robert Redford and Paul Newman’s cornered outlaws at the end of Butch Cassidy and the Sundance Kid,it looked as if the western had run out of second chances.

Despite the successes of Clint Eastwood’s Unforgiven and Kevin Costner’s Dances with Wolves, the genre that defined American cinema for much of the 20th century has long seemed ready for Boot Hill. Now a posse of major westerns packed with Alist stars is galloping over the horizon towards British cinemas.

First to arrive is Seraphim Falls. Opening on August 24, it stars Liam Neeson in grim, near-silent pursuit of Pierce Brosnan across spectacularly inhospitable landscapes. A month later Russell Crowe and Christian Bale saddle up for the remake of the 1957 classic 3.10 to Yuma, directed by James Mangold, who made the Johnny Cash biopic Walk the Line.

Brad Pitt’s long-delayed portrayal of Jesse James as a smiling psychopath in The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford is showing in competition at next month’s Venice Film Festival, where Quentin Tarantino will also be curating a retrospective of obscure spaghetti westerns.

No Country for Old Men, the Coen brothers’ adaptation of Cormac McCarthy’s violent modern Wild West tale, arrives in February, by which time Tom Hanks is expected to be deep into filming Boone’s Lick, in which his character escorts Julianne Moore’s mother-of-four on an epic frontier trek from Missouri to the fort in Wyoming where she expects to find her estranged husband.

Peter Rainer, a former president of the National Society of Film Critics, believes that the return of the cowboy movie reflects American unease about the world. “Whenever the genre gets revived it generally means that there’s some need in the culture to get back to basics. It’s either used as a code for what’s going on in America and the world or as a shield against it.” Thus High Noon (1952) has been read as a homage to those who stood up to McCarthyism and the House UnAmerican Affairs Committee. Carl Foreman, who wrote the screenplay, was among those blacklisted for alleged communist sympathies.

Later, films such as Soldier Blue and Little Big Man (both 1970) were thinly disguised attacks on America’s role in the Vietnam War. Tell Them Willie Boy Is Here (1969), which starred Redford as a sheriff hunting an American Indian man, carried an antiracism message during the civil rights struggle, Mr Rainer said.

“This time the westerns are more something to retreat behind. They are an escape hatch to take us back to a time when the conflicts were home-grown, the killers were bank robbers not terrorists, and everything was easier for us in America to grasp.”

Although the westerns in the pipe-line are gritty and occasionally disquieting to watch, the familiar imagery of the cowboy film is comforting to audiences, said Mr Rainer, of The Christian Science Monitor. “The western is the quintessentially American cinematic form. It’s as American as jazz or the musical.”

Its popularity tailed off during the 1970s, undermined by the more contemporary appeal of cop thrillers such as The French Connection. In 1980, the box-office disaster of Heaven’s Gate, Michael Cimino’s tale of 1890s Wyoming, dragged not only the studio (United Artists) but also the western to the brink of extinction.

Although Dances with Wolves and Unforgiven both won an Oscar for Best Film in the 1990s, they failed to spark a revival. Part of the problem, Mr Rainer said, was that studio bosses were reluctant to back westerns unless they had something demonstrably new to say, such as Brokeback Mountain, which focused on a love affair between two cowboys. Now, 100 years after the birth of John Wayne, the western’s most enduring star, the requirements may be changing.

Michael Gubbins, editor of Screen International, said: “Right now, the search is on for films that resonate on a global level, which is why there are so many remakes, sequels and book adaptations being made. The number of images which work in Japan, the UK and Europe as well as the US is quite small, but the western is still a genre that is understood in virtually every country because of its history.”

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La credulidad


Lee Tamahori, 2007
Reparto: Nicolas Cage (Cris Johnson), Julianne Moore (Callie Ferris), Jessica Biel (Liz), Thomas Kretschmann (Sr. Smith), Tory Kittles (Cavanaugh), Peter Falk (Irv).
Guión: Gary Goldman, Jonathan Hensleigh y Paul Bernbaum; sobre un argumento de Gary Goldman basado en el relato "The golden man" de Philip K. Dick.
* *
Spielberg decía que rodaba el cine que le gustaría ver como espectador, Tamahori, probablemente, podría decir lo mismo. Lo que los diferencia es, tan sólo, que Tamahori es peor espectador.

Nicholas Cage tiene un superpoder que le permite saber lo que le va a ocurrir con dos minutos de antelación. Usa la tapadera de mago barato de salón, y de vez en cuando da un golpe en un casino de Las Vegas. La policía lo busca para que les ayude a prevenir una catástrofe. Él busca a una chica que apareció en una de sus premoniciones. Su punto débil es su humanidad; no es capaz de seguir indiferente cuando sabe lo que le va a pasar a otra persona.

El tema de la anticipación da que pensar. Uno se plantea si la masacre del 11-M o la del 11-S se podrían haber evitado con esa ventaja de dos minutos. Tal vez algún accidente de tráfico... Pero no somos testigos de muchos accidentes de tráfico en la vida. Cage quiere conocer a la chica, se acerca y ella le da largas. Así que prueba a empezar con otra conversación. Descubrimos que la escena no era real; era anticipada, así que puede arreglarlo. Una vida con anticipaciones se parece a una vida virtual, o a Windows: todos los fallos se pueden reparar. No existen las meteduras de pata, ni los deslices, ni los accidentes, ni la casualidad. Casi desaparece por completo lo que uno consideraba cine.

La policía busca a Cage, lo cual es lógico, los delincuentes también lo buscan, y eso raya en el abuso. Tamahori ya tenía bastante de nuestra credulidad con la historia de los dos minutos. No es de caballeros pedirnos más para que creamos lo de los delincuentes y además lo de que, si se trata de la chica, el mago anticipa con tanta antelación. Tampoco hacían falta premoniciones para demostrar que le gustaba la chica. Ya tenían a Jessica Biel.

Odette, una comedia sobre la felicidad



¿Sobre la felici-qué?


Eric-Emmanuel Schmitt, 2007
Reparto: Catherine Frot (Odette Toulemonde), Albert Dupontel (Balthazar Balsan), Jacques Weber (Olaf Pims), Fabrice Murgia (Rudy), Nina Drecq (Sue Helen), Camille Japy (Nadine), Alain Doutey (editor), Julien Frison (François), Laurence D'Amelio (Isabelle), Aïssatou Diop (Florence).
* * *
El realismo es una carga que a veces se hace insoportable. "Nuestros amigos los lógicos" como los llamaba Hitchcock en la entrevista de Truffaut, se agarran a cualquier irrelevancia para demostrar que el director se equivoca. Tengo un amigo que contaba los indios de las películas del oeste para demostrar que habían matado más de los que faltaban. Por eso, los directores que quieren quitarse de encima el ruido de avispas de "nuestros amigos los lógicos" les dan barbaridades completamente increíbles y los tienen callados toda la película. Odette levita.

Un escritor famoso en horas bajas recibe una carta de una admiradora que le devuelve la fé en la vida. Va a visitarla y se queda a vivir con ella unos días. El escritor vive la vida que han elegido otros, el éxito, el dinero, la mujer de plástico. La crítica dice de él que escribe para peluqueras y empleadas de grandes almacenes que tienen en su dormitorio posters con una puesta de sol. Odette es el paradigma de la empleada de unos almacenes con uno de esos posters.

En una sociedad en la que los famosos conocen a una ínfima parte de los que les conocen a ellos, la paradoja está en que es la estrella quien necesita que le arrope su admiradora, y no al revés. La protagonista es ella, aunque al principio no quede muy claro. ¿Qué puede ofrecer una viuda que colecciona muñecas a un escritor famoso? O bien ¿En que consiste esa felicidad del título? Tiene mano con sus hijos, es feliz con su hijo gay que trae muchos novios a casa, pero no con el aprovechado que ha elegido su hija. Adorna las pequeñas cosas de la vida con números de cabaret. Baila bonitas coreografías mientras hace las tareas de la casa. ¿Es eso suficiente? Posiblemente no, pero se agradece el intento. La han comparado con “Amelie” por su ternura, pero yo la compararía con nuestra Cándida por su ingenuidad militante. El resultado le debe mucho a Catherine Frot, no sólo porque lo haga bien, sino porque, a sus 50 años, está para comérsela.

Transformers

La emoción


Michael Bay, 2007
Reparto: Shia LaBeouf (Sam Witwicky), Tyrese Gibson (sargento Epps), Josh Duhamel (capitán Lennox), Anthony Anderson (Glen Whitmann), Rachael Taylor (Maggie Madsen), Megan Fox (Mikaela Banes), John Turturro (agente Simmons), Jon Voight (John Keller), Kevin Dunn (Ron Witwicky), Michael O'Neill (Tom Banacheck), Julie White (Judy Witwicky).
Guión: Roberto Orci y Alex Kurtzman; a partir de una historia de Roberto Orci, Alex Kurtzman y John Rogers; basada en los muñecos Transformers de Hasbro.
* * *
Se ha puesto de moda hablar de cine de palomitas, hecho para gente que desconecta el cerebro al entrar en la sala y cine gafapasta, para gente que quiere presumir. Ejemplo de lo segundo sería la incompleta "La vida de los otros"; como ejemplo de lo primero nos vale esta película de Michael Bay. Yo tengo que decir sobre esta dicotomía que no me interesa. No me dice absolutamente nada de la película, sólo me habla de como se sienten los espectadores con respecto a sus propios gustos.

Lo que sí puedo afirmar es que no leo a los críticos que dicen "cine palomitero". No son cinéfilos, son esnobs cinematográficos. No les gusta el cine, les mola el caché que da elogiar a los grandes nombres y ponérselos en la solapa como una medalla: "Yo entiendo a Dreyer", "Yo veo pelis de Buñuel", dicen. Por si acaso alguien no ha leido nada de lo que he escrito, o bien no conoce aún mis filias, me dan asco los esnobs. (Por cierto, me gusta Dreyer, pero no tanto como los hermanos Farelli, por poner un ejemplo).

Hecha esta puntualización sociológica, si me lo permiten, voy a hablar de cine.

El problema que deberían plantearse productores como Spielberg y Michael Bay cargados de millones y de efectos especiales es ¿hasta qué punto este despilfarro le afecta a un espectador? Hay una escena en la que toda la ciudad es escenario de una batalla colosal de los simpáticos Autobots contra los malvados Decepticons. Si quieren oír una opinión objetiva, la batalla es indiferente. Todos esos miles de millones en CGI despiertan menos interés que una conversación entre un padre y un hijo que quiere salir del armario.

Por más que pretendan anonadarnos con sus superproducciones, sólo hay un camino que conduce al éxito, y ese camino es el de los sentimientos, que no se pueden comprar con efectos, tracas finales, o deslumbrantes artilugios de metal.

Al principio nos atrapa el personaje de Shia LaBeouf, que es un nombre tan común en su tierra como aquí Jose, o Paco. Allí tú gritas “¡Shia LaBeouf!” y se vuelven veinte. El jovencito va al instituto y no sobresale. Está colado por la guapa de la clase, cosa fácil de entender después de ver la actriz que han contratado para interpretarla, pero ella no sabe que él existe, ni siquiera después de comprarse un coche de segunda mano, algo descascarillado, con el que él cree que va a romper, por fin, su celibato.

Mientras el adolescente planea la manera de acercarse al bombonazo, los robots malvados, o Decepticons, planean como apoderarse de la Tierra. La cuestión es: ¡lo segundo carece de interés! Aceptamos el rollo de los robots y los salva humanidades porque sabemos que eso le sube la moral al muchacho, y le da una excusa para el beso, pero nada más. Es la historia de androides la que debe estar al servicio de la pareja, no al revés. Bay se olvida de cosas básicas.



“Transformers” funciona la primera mitad. Funciona cuando nadie sabe que existen. El Pentágono sabe que han abatido una de sus bases militares en el desierto, pero no sabe quien (emoción). El muchacho sabe que su coche tiene algo raro, pero no sabe qué (emoción). Los padres saben que algo pasa en el jardín, pero no ven a los cuatro autobots (más altos que la casa) escondidos (desparrame) detrás del porche.

La emoción de los robots no consiste en la cantidad de cosas que saben hacer o disparar en la batalla final de la película. Consiste en la cara que va a poner cada personaje cuando los descubra. Una vez descubiertos, lo unico que aún mantiene cierto interés son las curvas de la chica.
Dolor épico


"Reign over me"
Mike Binder, 2007
Reparto: Adam Sandler (Charlie Fineman), Don Cheadle (Alan Johnson), Jada Pinkett Smith (Janeane Johnson), Liv Tyler (Angela), Saffron Burrows (Donna Remar), Donald Sutherland (juez Raines), Robert Klein (Jonathan Timpleman), Melinda Dillon (Ginger), Mike Binder (Bryan), Jonathan Banks (Stelter), Paula Newsome (Melanie).
Producción: Jack Binder y Michael Rotenberg.
* *
El personaje de Adam Sandler perdió a su mujer y a sus tres hijas en uno de los aviones del 11 de septiembre. La cuestión es: ¿nos importaría tanto si las hubiera perdido en un accidente de tráfico, o en un tren del 11M? Lamento el cinismo, pero la respuesta es no.

Hay dolores y dolores. Y el doctor Fineman sufre el dolor de todos los dolores, sufre la herida abierta de una nación en duelo, sufre un dolor de proporciones épicas, el dolor de una nación que se acostó pensando que era la más grande del mundo y se despertó sabiendo que era vulnerable.

El argumento está articulado en un esquema narrativo parecido al que eligió Wenders en “París, Texas”. El protagonista se autodestruye en una ceremonia interminable hasta que al final puede hablar y recomponer con un discurso los jirones de su vida que ha ido mostrando delante de la pantalla.

Por eso a Fineman se le consiente todo. Por eso nadie le deja solo. La casera, el amigo, el administrador de la inmensa fortuna que cobró como víctima del 11-S, la terapeuta. todos aguantan sus extravagancias y lo persiguen para que... ¿Para qué? ¿Para que relate delante de la cámara el sufrimiento que fue para él la pérdida de su familia como si se tratara de un show televisivo?

La megafonía de una confesión no resulta suficiente para un dolor de proporciones tan desmedidas. Es necesario llegar más lejos. Es necesario que la policía lo detenga y se celebre un juicio contra él y se ponga entredicho su salud mental. Es necesario que los padres de la esposa lo ataquen y Fineman se convierta en una víctima de su dolor silencioso (¿silencioso?). Es necesaria para el público la catarsis colectiva, el baño de lágrimas con que tanto desea inundar a su desconsolada víctima.

Pero el tema que realmente debería plantear es el de la cotización del dolor ¿a cuanto está una hija muerta en un avión del once de septiembre? ¿a cuanto está el hermano muerto en la guerra del golfo? ¿cuánto vale un bombero atrapado en las torres gemelas? ¿y una víctima del Katrina?

Actor y director ya trabajaron juntos en “Ejecutivo agresivo”. Allí funcionó la lección de descargar la ira que llevamos dentro, la lección de no guardarse nada. Pero ya nos la aprendimos bien. No hacía falta un repaso para enseñársela, también, al dentista sano que interpreta Cheadle.
Jordi Costa (EL PAÍS): Hay ocasiones en las que responder a una mala (o discutible) película con una crítica negativa puede dejar cosas relevantes en una injusta zona de sombra: por ejemplo, el hecho de que dicha película sea sintomática, un producto de su tiempo capaz de sintetizar con mayor transparencia (e ingenuidad) que otros discursos contemporáneos las ansiedades y las heridas morales de una generación. Es el caso de En un lugar de la memoria, trabajo pionero a la hora de otorgar legitimidad dramática al gran trauma colectivo de la generación de la inmadurez: el 11-S y sus daños colaterales en el alma de los supervivientes. La película de Mike Binder -direc-tor, actor y guionista de carrera entre errática y discreta- cumple, a su extraña y a ratos irritante manera, la función que cumplió El regreso (1978), de Hal Ashby, para la generación del Vietnam: levantar acta de la instalación de un malestar de puertas adentro que, probablemente, ha venido para quedarse.

28 semanas después

Zombies blandos


Juan Carlos Fresnadillo, 2007
Reparto: Robert Carlyle (Don), Rose Byrne (Scarlet), Jeremy Renner (Doyle), Harold Perrineau (Flynn), Catherine McCormack (Alice), Imogen Poots (Tammy), Idris Elba (general Stone), Mackintosh Muggleton (Andy).
Guión: Juan Carlos Fresnadillo, Enrique López Lavigne, Rowan Joffe y Jesús Olmo.
* *
“28 días después” de Danny Boyle era, confesa o no, una película de zombies. El terror consistía en que los mismos protagonistas, que tanto ansíabamos que escaparan, se convertían en zombies y de repente queríamos que fueran destruidos; consistía en que los sentimientos humanos, la compasión era una debilidad, y el ejército, que tenía que salvar a los sanos, era un peligro.

Los zombies de Boyle ponían a prueba nuestra sensibilidad cristiana. En su mundo sólo sobrevivían los insensibles. Fresnadillo no ha querido ir más lejos, como, sin duda, estábamos esperando. Ha querido humanizar a sus monstruos, y ha dado un paso atrás. El protagonista cae presa de la rabia y empieza a golpear las paredes. Ya no está con nosotros, ya es uno de ellos, pero curiosamente, la cámara le sigue. Es una cámara subjetiva. ¿Quiere Fresnadillo que nos identifiquemos con el enfermo? ¿No quiere abandonarlo? Boyle no hubiera cometido ese error.

Los inocentes de esta versión tienen tanto miedo de los zombies como del ejército. Llegado el momento, los soldados reciben la orden de eliminar a los humanos. Fresnadillo apunta a la deshumanización de una parte de la sociedad, del ejército, al que es tan fácil hacer culpable. Pero el mensaje de Boyle era mucho más profundo porque apuntaba a la esencia misma del ser humano.

La familia del protagonista porta una variante genética que hace completamente coherentes las sorpresas del final, tanto la humanitaria como la tragedia. Fresnadillo ha querido poner en entredicho el mensaje desolador de la supervivencia por encima del amor al prójimo y ha querido colar un mensaje positivo, como un coro de ángeles en mitad de la matanza de Texas. Si el público no ha aplaudido no es culpa del director, es que no estaba avisado de que además de ver zombies carníboros iba a necesitar un pañuelo.

Shrek Tercero



Deconstrucciones


Chris Miller, 2007
Doblaje original/español: Mike Myers/Juan Antonio Muñoz (Shrek), Eddie Murphy/José Sánchez Mota (Asno), Cameron Diaz/Nuria Mediavilla (princesa Fiona), Antonio Banderas (Gato con Botas), Rupert Everett (príncipe Encantador), Justin Timberlake (Artie), Julie Andrews (reina Lillian), John Cleese (rey Harold), Eric Idle (Merlín), Cheri Oteri (Bella Durmiente), Ami Poehler (Blancanieves), Maya Rudolph (Rapunzel), Amy Sedaris (Cenicienta), John Krasinski (Lanzarote), Ian McShane (capitán Garfio).
Guión: Chris Miller, Jeffrey Price, Peter S. Seaman y Aron Warner; basado en un argumento de Andrew Adamson; sobre el libro de William Steig.
* *
Hay una escena en la que Shrek tiene que dar una charla al jovencito Arturo, así que la música dulzona sube muy alta, Shrek se da la vuelta enfadado y descubre que es un montaje de Merlin que está intentando crear ambiente con el sonido. Pero no se trata de Merlin, es el director el que señala sus propias trampas narrativas porque sabe que se dirige a un público que está de vuelta de todo. El público de hoy habla de cine con los mismos términos que un crítico, conoce los recursos cinematográficos y se queja de los detalles, de las interpretaciones, del ritmo. A este tipo de público se dirigen películas como Shrek con su mensaje metalingüistico. Hay lobos feroces, cerditos, galletas de jengibre, princesas dormilonas que sólo saben usar el truco de dormirse para resolver sus problemas, un congreso de malos de cuentos de Hadas que dan rienda suelta a su resentimiento por el papel que les toca hacer en la vida. No son los personajes de una historia, son los personajes de todas las historias famosas. Shrek recopila tópicos para jugar con ellos. A otros les da la vuelta para dejarlos en evidencia, como por ejemplo, el del ogro malo y sucio que tiene ogritos igual de malos y sucios, o al de Arturo que no resulta ser un valiente, sino un joven perdedor del insituto. El gato con botas es una burla del sentimentalismo de los cuentos, cuando pone ojitos lastimeros de minino; el asno es el personaje que se ríe de sí mismo.

Los tres entregas consisten en ponernos en guardia contra las argucias de los cuentos de hadas. Los finales sirven para volver a contarnos un cuento de hadas ahora que tenemos las defensas bajas. Una vez ha quedado claro que los espectadores no somos tontos, y estamos cansados de las historias de siempre (a ser posible de las que hacen sus competidores de Disney), los buenos y los malos se enfrentan en una batalla final como en cualquier otro cuento.

"Shrek Tercero" añade un elemento curioso a esa batalla. Y es que Prince Charming, que deberíamos haber traducido por Principe Azul, y no Encantador, no se conforma con derrotar a su enemigo Shrek. Quiere hacerlo dentro de un teatro, delante de un auditorio, igual que Nerón que necesitaba un incendio real para su poema, igual que Hamlet que necesitaba representar el Homicidio de Claudio delante de Claudio. El teatro dentro del teatro asustaba a Borges que veía un agujero a lo infinito. El caso de esta película me parece tan elemental como el de los títeres que preguntan a los niños por donde se ha ido el malo, o como las risas enlatadas de las sitcoms. La batalla final ocurre en un teatro para que el espectador de la película participe en la historia siguiendo el ejemplo del espectador de la obra de teatro.

No es lo peor que se puede decir de Shrek. Lo peor es, quizás, que toda la historia gira en torno a unos personajes que no quieren aceptar un regalo que les hace la vida. Arturo no quiere aceptar una corona y Shrek no quiere aceptar su papel de padre. No sé cual de los dos me aflige más.

Jordi Costa (EL PAÍS): Dar voz (o subir el volumen en dolby surround) a un prejuicio masivamente compartido puede ser un buen atajo hacia el éxito: así lo experimentaron los artífices del primer Shrek (2001) cuando decidieron convertir un notable libro infantil de William Steig, publicado en 1990, en arma arrojadiza contra el legado moral y estético del imperio Disney. Tachar la obra de Walt Disney de blanda, maniquea y puritana es una estrategia condenada al éxito: resulta bastante más difícil hacer entender al público adulto lo revolucionarias, modernas y sumamente complejas que fueron las aportaciones del padre de Mickey Mouse en el desarrollo del arte animado.

Con todo, Shrek, película que no pasará a la historia del cine de animación, forjó un modelo astuto y eficaz: el espejismo de una película para niños puntuado por ingenuos chistes verdes (o puramente groseros) para padres. Todo ello con el envoltorio de un arsenal de referencias pop diseñado con certero olfato generacional: un masaje de complicidades para quienes vivían la excursión a las salas en compañía de su prole como un tormento privado.

Ocean's 13

Fish


Steven Soderbergh, 2007
Reparto: George Clooney (Danny Ocean), Brad Pitt (Rusty Ryan), Matt Damon (Linus Caldwell/Lenny Pepperidge), Andy Garcia (Terry Benedict), Don Cheadle (Basher Tarr/Fender Roads), Bernie Mac (Frank Catton), Ellen Barkin (Abigail Sponder), Al Pacino (Willie Banks), Casey Affleck (Virgil Malloy), Scott Caan (Turk Malloy), Eddie Jemison (Livingston Dell), Shaobo Qin (Yen/Sr. Weng), Carl Reiner (Saul Bloom/Kensington Chubb), Elliott Gould (Reuben Tishkoff), Vincent Cassel (François Toulour).
* *
Los actores de la saga Ocean’s tienen fama de pasárselo bien con los rodajes y luego promocionando la película. Hablaban de ella en Cannes con la misma ironía que si acabaran de inventar, ellos solos, la ironía. Se parecen a los personajes de ese libro “FISH” que explica, inspirandose en el sublime ejemplo de una pescadería, cuales son las reglas que hay que recordar para que el clima de trabajo sea positivo y no un vertedero de energía. La fama es, a veces, una pérfida damisela que otorga sus favores a quien menos los merece (La lamentación vale tanto para el libro como para la película).

La trilogía de Danny Ocean consiste en historias de grandes fortunas que cambian de mano, de millonarios y de hombres simpáticos que merecerían serlo. En la primera, la 11, el personaje de Clooney y el de Andy García competían en el campo del ingenio, del dinero y, sobre todo, en el del corazón de Julia Roberts. En la segunda venían a Europa para disputar con un ladrón europeo quien de todos meaba más lejos, ¿el dólar o el euro? La tercera recorre el sendero trillado de una venganza.

Soderbergh transmite su camaradería con el reparto y también con el público. Su estilo consiste en tratarnos como a iguales, por eso no malgasta nuestro tiempo. Practica la elipsis como un complice que no quiere molestarnos. Cabe agradecerselo, sobre todo, si uno es dueño del video-club que se hará indispensable para todos los que quieran entender lo que ha ocurrido.

Tuneladoras, fábricas de dados, programas informáticos que leen en la pupila si un ganador ha hecho trampas. Hay en Soderberg una inclinación irreprimible a dejarnos epatados, ya sea con la magnificencia de los casinos de Las vegas, ya sea con la sofisticación de los métodos de los ladrones de casinos de Las Vegas. Una de las piezas necesarias para el golpe, la fábrica de dados, sufre una huelga. Para los protagonistas la sorpresa más inesperada es descubrir la ridiculez del monto de la suma de todas las reivindicaciones laborales de un piquete. Es consolador saber cuanto se la repampinfla a todos como vive el resto de los mortales. Se aproxima mucho a cuanto nos importa al resto de los mortales como viven ellos.

Si usted siente algo en la boca del estómago viendo tan felices a todos los amigos de Soderberg no tiene que preocuparse. Se llama arcadas. Y se pasa cuando acaba la película.

Por qué no hay que leer bitácoras de cine

Entiendo que los lectores no entren a leerme, que no se queden, entiendo que si llegan por error a una página como esta tarden poco en marcharse. Lo entiendo todo porque, en el fondo, yo soy lo mismo. Por más que lo intento, no consigo aficionarme a las bitácoras de cine ¿Cómo voy a reprochárselo a los demás? Y es que la gama de posibilidades es escasa, y además de escasa poco estimulante. ¿Qué puede uno encontrar en una bitácora de cine?

1. Al compañero de la oficina. A un chaval que no te vacila de cuanto sabe de cine y que te cuenta que fue con su perro y le obligaron a dejarlo en la puerta o que vio una avispa en una de las escenas y pensó que iba a picarle al cámara. El tipo que te habla como un colega no te molesta con su pedantería, es cierto, pero es que en realidad no es tu colega: no te has tomado una cerveza con él.

2. Al turista. Al que va al cine para decir que ha visto la película, que ha estado allí; que con esa ya ha visto quinientas este año y además te lo demuestra porque él sabe no se qué de la historia.

3. Al que le gusta escucharse. Le gusta enrollarse como las persianas hablando de la situación del país, o de cómo está la televisión. Pero en vez de hablar de eso te habla de cine. Es capaz de hablar de una película durante dos horas con el increíble mérito de no destriparte el final y el malabarismo, más audaz si cabe, de no despertar una sola gota de tu interés.

4. Al democrático que entiende todos los fenómenos que aparecen en la pantalla como recomendables para un determinado publico. Pero, después de leerle no sabemos a qué publico pertenece él, ni lo que quiere decir, ni para qué escribe, puesto que, para decir lo que le gusta a otro público, ya se basta ese otro público.

5. Al juez y árbitro. Que se coge la hoja que regalan en los cinestudios y es capaz de elegir un adjetivo diferente para cada uno de los nombres propios de la ficha técnica, y un epíteto sonoro para los nombres de la ficha artística. Suele coger todos los adjetivos del mismo cubo. Si es mala, no descubre un solo detalle que le guste, ni siquiera el montador de sonido. Si es buena no acepta un defecto. Y tiene la desventaja de creer, igual que Garci, que un adjetivo colgado arbitrariamente a un sustantivo se convierte automáticamente en su definición.

De todos, el peor es el último, sin duda. El árbitro asume una autoridad que nadie sabe de donde viene. Decide con su dedo lo que es bueno y lo que es malo. E interpreta que si no hay comentarios de respuesta es que todos asentimos. Lo opuesto a este árbitro arbitrario, pienso, no es la humildad. Lo opuesto a este desmelene vertiginoso de adjetivos y juicios de valor sería, creo, que me ofrecieran más criterios, los juicios ya los sacaré yo.

Sé que alguno estará pensando donde están las bitácoras que aludo. Pero no hace falta pinchar mucho. Esta misma está llena de ejemplos.

Piratas del caribe 3. En el fin del mundo

Trueques


Gore Verbinski, 2007
Reparto: Johnny Depp (capitán Jack Sparrow), Orlando Bloom (Will Turner), Keira Knightley (Elizabeth Swann), Geoffrey Rush (capitán Barbossa), Bill Nighy (Davy Jones), Chow Yun Fat (capitán Sao Feng), Stellan Skarsgård (Bill Turner), Jack Davenport (James Norrington), Naomie Harris (Tia Dalma), Tom Hollander (lord Cutler Beckett), Jonathan Pryce (gobernador Weatherby Swann).
Guión: Ted Elliott y Terry Rossio; basado en los personajes creados por Ted Elliott, Terry Rossio, Stuart Beattie y Jay Wolpert.
* * * *
“La isla del tesoro” sentó las reglas del género de piratas. Jim Hawkins y sus amigos tenían el tesoro, pero John Silver y los piratas tenían el barco. Cada uno tenía algo que quería el otro y se arreglaban con un trato. Pero era un trato con piratas, y los piratas a veces cumplen su palabra y a veces hacen honor a su fama. Los “Piratas del Caribe” de Gore Verbinski han encontrado su inspiración en la multiplicación de los personajes y los bandos: la marina inglesa, Sparrow, la chica, el chico, el Capitán Barbossa, el Holandés Errante, y en el aumento exponencial de los tratos y cambalaches, que son incontables.

Para que nos creamos lo increíble, o sea, que un pirata va a respetar su palabra, la película recurre a lo legendario. El pirata tiene que cumplir su palabra porque, de lo contrario, una maldición caerá sobre él. Las maldiciones y las reglas proliferan como los hongos para conducir una trama interminable sin que el espectador desfallezca.

Jack Sparrow es el segundo motor de la historia. Sus gestos inofensivos y amanerados, cuya influencia en Keira Knightley menoscaban al principio el personaje de Keira Knightley, significan que no debemos tomarlo en serio. En un universo de pactos, él es el pillo, en un drama de ideales, él es el egoísta. También es el capitan sin autoridad y el negociador sin poder. Y, sin embargo, es el único que se sale con la suya. Participa en los complicados teje-manejes con muchas jugadas de antelación, como un Kasparov de un ajedrez que cambia de reglas en cada turno.

Los dos protagonistas luchan lastrados por la falta de malicia, y se ponen la zancadilla el uno al otro sólo en nombre de sus progenitores. Su unión final o su tragedia dependen de la confianza que creadores y público (cada día más unidos en el sólido negocio del celuloide) tienen en el triunfo del amor eterno, o en la contrastada incredulidad que les ha enseñado la experiencia.

Son ejemplares las largas ejecuciones del principio, con ese niño que desafía al patíbulo con su canción, la guarida de Sao Feng que compone un relato completo al estilo de los prólogos de Indiana Jones, la multiplicación de Jack Sparrows y cangrejos en el universo onírico de la tierra de Davy Jones, la hermandad de los piratas, y ese remolino demencial de la batalla final. No entiendo la obstinación de la crítica por defender su indiferencia hacia una obra más que notable.
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