La novia cadáver

Tim Burton, 2005
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Vince van Dort y Victoria Everglot están prometidos por sus padres desde antes de nacer. Los van Dort esperan conseguir con el enlace un ascenso social que no pueden comprar con el dinero que ganan con su pescadería. Los Everglot, una rancia familia aristocrática, necesitan una ayuda financiera que no les provee su título de nobleza. Los hijos son dos jóvenes apocados que no se conocen y sueñan con que el otro no sea excesivamente desagradable.

Las ilusiones de los muchachos se ven colmadas cuando se conocen, pero dos problemas se interponen a esta boda de conveniencia que resulta ser también, de amor. Un pretendiente sin escrúpulos quiere conseguir a Victoria Everglot; y Vince van Dort es tan torpe que estropea los preparativos de la boda. El muchacho, desalentado, se va al bosque y ensaya su ceremonia nupcial con una rama. Demasiado tarde descubre que esa rama es en realidad la mano descarnada de una difunta que murió abandonada por su pretendiente. Victor será arrastrado a ocupar el lugar del pretendiente por una novia que no puede aceptar el vacío.

“La novia cadáver” es una historia de muertos que quieren volver a su sueño, y de vivos que quieren empezar el suyo. Y la habilidad de Burton está en la alegría con que juega con el mundo de los vivos y los muertos.

Un piano de la película tiene escrito “Harryhausen”. es un homenaje de Tim Burton a Ray Harryhausen, el maestro de la stop-motion, la técnica de animación fotograma a fotograma con la que está rodada "La novia cadáver".
Enrique Colmena ***: aunque la nueva película (ahora sí dirigida por Burton, aunque con un adláter, Mike Johnson, que se presume fue el que se comió el marrón de las doce horas de rodaje diarias...) es ciertamente una delicia, no llega, al menos para nuestro gusto, a ese estado de gracia cuasi preternatural de "Pesadilla antes de Navidad".
Alberto Bermejo ****: Sólo desde el universo libre e irreal de estos seres de plastilina, en compañía esta vez del animador Mike Johnson, puede hacer vibrar con verosimilitud este delirante enredo sentimental entre vivos y muertos, los viajes de ida y vuelta entre este mundo y el otro, la exaltación de lo colorista y lo diferente frente a la rigidez grisácea del mundo convencional, el equilibrio necesario para balancearse con temerario aplomo entre el romanticismo gótico y el desenfado macabro
Rotten Tomatoes: 82% $52m.

Sea avecinan cambios

Se avecinan cambios.

No se trata de que yo vaya a cerrar la bitácora. No voy a fingir que me voy para conseguir así que alguien me insista y me quede. Esos juegos son peligrosos y uno se arriesga a que nadie le pida que se quede y tener que irse.

Cuando hablo de cambios me refiero a que tengo un espacio donde alojo las imágenes y el índice de la página y he decidido que no voy a seguir pagándolo. Es una mera cuestión económica. De modo que a partir de diciembre aparecerá un cuadradito vacío en lugar de las imágenes. También tendré que cambiar la plantilla por otra de las modernas de Blogger. Hace más de un mes que me vengo preparando para el cambio, por eso no incluyo ficha ni imagen de cada película.

Cerrar, de momento, no. Así que resígnense, tendrán que aguantarme otros cuatro años, y sin imágenes.

Torrente 3

Santiago Segura, 2005
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Por muchas permutaciones que estudien los guionistas, una película hollywoodiense no deja de dar vueltas a un tema básico, el ego. El cine es un conjunto de variaciones sobre el ego de un personaje y el de un espectador que acaricia el suyo a traves de éste.

Por mucho que maltraten a nuestros héroes, al final siempre levantan la cabeza, por muy mal que les vaya, al final encuentran una media naranja igual de exprimida. A menos, claro, que el protagonista se llame Torrente.

Santiago Segura se ha hecho un rincón en la historia del cine hollando un espacio que nadie se había atrevido a pisar. No me refiero al de la zafiedad, la vulgaridad o la grosería; aquí hay muchos competidores. Me refiero a un universo sin ego.

Por fácil que sea caer en la tentación, por más presiones que soporte cualquier creador, por más que la naturaleza humana siempre tire hacia el monte, Santiago Segura no regala ni un mísero plano al ego de su personaje, ni una escena que lo resarza, ni una triste frase que lo haga (por fin) un poco humano, sensible, aceptable, soportable o presentable.

La apuesta estética de la que sale victorioso es una pelea a muerte contra la heroicidad. Y ya sé que los imaginarios de nuestra cultura están llenos de antihéroes, pero lo son siempre al comienzo de una historia para al final acabar en el redil, y para que el tránsito hacia el triunfo nos emocione más. Y aquellos antihéroes que resisten mucho tiempo bajo el lodo, como el de Quevedo, lo hacen a mayor gloria del autor. Santiago Segura no reclama ningún mérito ni para el personaje ni para el creador que se ha limitado a apilar mierda sin ton ni son.

No quiero decir que me guste la propuesta. La reconozco y aprecio la originalidad de la idea. Pero también creo que esa originalidad se agotó hasta la saciedad con la primera. Quizá porque la bajeza y los pedos no necesiten repetirse, mientras que la interminable caricia de nuestro ego que nos regalan los éxitos palomiteros son una cosa que no cansa jamás.

Cinderella man

Ron Howard, 2005
****

Hace tiempo leí en un ensayo de un psicoanalista, que no voy a nombrar, que la mitad de nuestros deseos son insaciables porque son simbólicos. Es fácil calmar la sed, o el hambre, pero ¿cuánto dinero sacia la ambición de una persona? ¿un millón, cien? ¿Cuántos admiradores colman el deseo de fama de un artista? Creo que la maestría de Cinderella man está en que desde el principio nos muestra una a una las necesidades de un hombre y todas son reales. Por eso resulta tan fácil desear que triunfe.
Rotten Tomatoes: 84% $61m.

Princesas

León de Aranoa, 2005
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Cuenta la historia de una prostituta de alma poética y transcendente, cosa que queda más clara cuanto más largos son sus silencios, y sus meditaciones sobre la nostalgia. En casa tiene que fingir que es decente, su hermana es directora de instituto (Corrección al guión: los directores de instituto sí dan clase), y los hombres tienen pegas a la hora de casarse con ella.
La película es algo parecido a contar la historia de un santón budista que tiene que vender carne de vaca en los mataderos de MercaMadrid. Me preocupa, pero no mucho.

Sin City

Robert Rodriguez & Frank Miller, con la colaboración especial de Quentin Tarantino.
Reparto: Jessica Alba (Nancy), Benicio Del Toro (Jackie Boy), Brittany Murphy (Shellie), Clive Owen (Dwight), Mickey Rourke (Marv), Bruce Willis (Hartigan), Elijah Wood (Kevin), Rosario Dawson (Gail), Michael Clarke Duncan (Manute), Michael Madsen (Bob), Josh Hartnett (El Hombre), Carla Gugino (Lucille), Jaime King (Goldie), Nick Stahl (Roarke Jr/Bastardo amarillo), Devon Aoki (Miho), Alexis Bledel (Becky), Rutger Hauer (Cardenal Roark).
Guión: Frank Miller; basado en sus cómics.
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Los héroes de Miller

Sin City se inspira, por no decir, calca, un tebeo de Frank Miller hecho en tinta negra, sin color, por eso, supongo, está rodada en blanco y negro. Algunos objetos, sin embargo están pintados, como los ojos azules de una de las prostitutas, o el amarillo hepático de la piel del malo. El detalle es fácil de conseguir en un tebeo, pero en el cine supone el trabajo de colorear fotograma a fotograma. Robert Rodríguez no se ha resisitido a la tentación de hacer su estilo visible. Es lo mismo que le pasa a los millonarios que decoran su casa en estilo rústico, necesitan dejar alguna etiqueta que enseñe a las visitas la burrada que le ha costado esa decoración sencilla.

La otra influencia que ha tenido el tebeo ha sido la voz en off, un elemento narrativo execrado por entendidos y aficionados, pero necesario para trasladar el estilo en forma de viñetas con texto, y no con bocadillos.

Del resultado final creo que todo el mérito es de Miller, no de los actores ni del director. Los héroes de Miller tienen todo el pathos de los héroes orientales: su machismo desmelenado les lleva a cualquier parte para vengar a una mujer. Su necesidad de venganza justifica orgías de violencia. Bruce Willis hace de Hartigan, un policía que sólo vive para salvar a una niña de ser violada, Mikey Rourke es Marv, un matón sin inteligencia y tan feo que las prostitutas no se van con él ni por dinero; una prostituta bellísima le regala una noche de amor y desde entonces sólo vive para vengarla. Hay algo en ambos que les hace trascender, quizá el desprecio que sienten por la propia vida.

Los malos están escondidos en las entrañas de la alta sociedad como exigen las reglas del género negro. Hay quien da saltos de alegría cuando ve este tipo de ficción. Hay espectadores que se ponen la mar de contentos cuando ven sentarse en el banquillo a un magnate o a un obispo, o a la policía.

Francisco Marinero ****: Todas las superproducciones basadas en tebeos de superhéroes —como 'Camino a la perdición', la propuesta más cercana a 'Sin City'— son adaptaciones que han tratado de magnificar la espectacularidad de los dibujos, de darles cierta verosimilitud aunque obviamente ilusoria y momentánea y de enriquecer a los personajes con los rasgos de actores célebres o expresivos. Es decir, se trata de perfeccionar los cómics con recursos cinematográficos.
A la inversa, Rodríguez se propone perfeccionar el cine clásico de serie negra con recursos del cómic: imaginación sin ningún tipo de limitaciones, caracterización de los personajes sólo por su físico, renuncia a toda ilusión de verosimilitud, estilización al máximo.


Rotten Tomatoes: $78 78%

La isla

Michael Bay, 2005
Reparto: Ewan McGregor (Lincoln Eco-Seis/Tom Lincoln), Scarlett Johansson (Jordan Delta-Dos/Sarah Jordan), Djimon Hounsou (Albert Laurent), Sean Bean (Merrick), Steve Buscemi (McCord), Michael Clarke Duncan (Starkweather), Ethan Phillips (Jones Eco-Tres), Brian Stepanek (Gandu Alfa-Tres), Siobhan Flynn (Lima Alfa-Uno), Max Baker (Carnes).
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Originales y copias

De las tres partes de la película, la primera es la que Michael Bay dirige con menos convicción. “La isla” empieza como una intriga futurista. Los pocos supervivientes de La Tierra se encierran en una forzaleza a la espera de su turno para ir a La isla, el único refugio no contaminado que queda. Pero Lincoln se hace preguntas igual que el Neo de Matrix, algo no encaja.

La segunda parte es de presencia obligada para que el productor arriesgue sus dólares, y el espectador los suyos. Una huida llena de pirotecnia, persecuciones y carreras que demuestra la solvencia del director, al margen de lo que uno pueda decir de su talento.

Hay muchas obras como esta que se quedan en meros intercambios de frases y fotos fijas, sólo aptas como terapia de sueño, por ejemplo la famosa “Fuga de Logan”. La intención de las carreras de autos y los disparos es darnos la sensación de movimiento, de que algo puede cambiar según lo que hagan o arriesguen los personajes. Sin embargo no es tanto el movimiento en juego. Uno tiene la sensación de estar asistiendo a una pequeña clase de ética. La pregunta podría ser ¿está bien copiar un ser humano para salvar una vida? De acuerdo ¿y que ocurre si tú eres la copia? El cine le gana al discurso en algunos de sus mecanismos, el cine no funciona con razones, sino con sinergias. Uno puede identificarse con el original, o con la copia, y el mejor momento de la película es cuando no sabemos cual es cual.
Rotten Tomatoes: 40% $31m.

Sin perdón

“Unforgiven”
Clint Eastwood, 1992
Clint Eastwood (Bill Munny); Gene Hackman (Little Bill); Morgan Freeman (Ned Logan); Richar Harris (English Bob); Jaimz Woolvett (Schofield Kid); Saul Rubinek (W.W. Beauchamp); Frances Fisher (Strawberry Alice); Anna Levine (Delilah Fitzgerald)
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Lo viejo y lo nuevo

Una prostituta es desfigurada por un vaquero y todas sus compañeras del burdel reunen mil dólares para pagar al pistolero que sea capaz de vengarla. El eco de la recompensa llega a Bill Munny, un antiguo pistolero que ahora, redimido, cuida cerdos y a sus dos hijos huérfanos. Munny decide volver a su pasado y viajar a Big Whisky por la recompensa. Se une a un viejo amigo y a un joven pistolero ciego e imberbe que presume de haber matado a cinco hombres. Los tres tienen que enfrentarse al cheriff de Big Whisky, Little Bill, que apalea sin piedad al primer pistolero que llega para cobrar la recompensa, English Bob (Richard Harris).

Sin Perdón es, intencionadamente, un western crepuscular. Los tres pistoleros que se enfrentan son ya viejos; hace tiempo que dejaron las armas. Little Bill, el cherif de Big Whisky, se está construyendo una casa con sus pobres conocimientos de carpintería; Ned vive con su familia y el protagonista, Muny, dejó las armas por la influencia de una mujer. Los tres tienen historias que contar, pero sobre un antiguo Oeste que ya pasó. W.W. Beauchamp es un cronista que sigue a uno y a otro intentando reconstruir como fueron los verdaderos duelos de pistola.

Hay algo de Hamlet en cada uno de estos tres asesinos a sueldo, porque los tres tienen que cumplir un destino en el que no creen. El más joven no puede con su conciencia, y los mayores se han convertido, con la edad, en hombres responsables. Cuando Schofield Kid le pregunta a Eastwood que sentía cuando mataba, éste le contesta que nunca estuvo sobrio. La matanza es una orgía en la que hay que entrar con los ojos cerrados, y los tres protagonistas son demasiado conscientes de lo que están haciendo.

Y es en ese punto donde Easwood da uno de sus giros en los que ha llegado a la maestría y nos cuenta otra historia. Después de hacer vacilar durante casi toda la película a sus personajes, el director ha tenido tiempo de presentarlos y en el final vuelve a un western tradicional, nos emborracha con el tema clásico de la venganza, y lo sirve frío, pero nos ha metido tan dentro que volvemos a vivir la misma vieja justicia del western de siempre.

Roger Ebert: There is one exchange in the movie that has long stayed with me. After he is fatally wounded, Little Bill says, "I don't deserve this. To die like this. I was building a house." And Munny says, "Deserve's got nothin' to do with it." Actually, deserve has everything to do with it, and although Ned Logan and Delilah do not get what they deserve, William Munny sees that the others do. That implacable moral balance, in which good eventually silences evil, is at the heart of the Western, and Eastwood is not shy about saying so.
Rotten Tomatoes 97%

My fair lady

George Cukor, 1964
Reparto: Audrey Hepburn (Eliza Doolitle) Rex Harrison (Henry Higgins) Stanley Holloway (Alfred P. Doolittle) Wilfrid Hyd-White (Colonel Hugh Pickering) Gladys Cooper (Mrs Higgins) Jeremy Brett (Freddy Eynsford-Hill) Theodore Bikel (Zoltan Karpathy) Mona Washbourne (Mrs. Pearce)
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Ranas y Princesas

El tema de la transformación es una tradición del cuento de hadas, con ranas que se hacen príncipes, o viceversa, como en Shrek. La rana y el príncipe son los términos opuestos. Pero, ¿qué más puede transformarse? “En la bella y la Bestia” la transformación es física. Mi obra favorita de transformaciones es “El perfume” de Süskind; aquí es el olor el que marca la diferencia, cuando Jean Baptiste copia el perfume de las adorables adolescentes se convierte en el ser más deseado del mundo. En “El príncipe y el mendigo” cambia el rango social. El cuento de hadas se puede volver realista si la transformación es económica; el protagonista gana la lotería, o una herencia. En “Cumbres Borrascosas” vuelve de América con dinero. En la literatura española del siglo pasado es el indiano.

He leido suficientes veces Pygmalion para opinar que Bernard Shaw no tenía el mito de la rana en su cabeza cuando escribió la obra. Sin embargo sus lectores sí, y creo que ese es el secreto de su éxito. La tranformación es realmente peculiar, casi tanto como la que inventó Patrick Süskind. Una vulgar vendedora callejera es confundida con una princesa gracias a las clases de dicción de un famoso fonetista. La moraleja, para Shaw, es cuanto puede hacer la lengua, cuanto importa la educación. La versión musical “My Fair lady” es un ejemplo de obra de ascenso social, porque se fija en la heroína y no en el profesor.

A Shaw le gustaba hacer crítica social con personajes como el padre de Eliza que parece un crítico de la moralidad de la clase media, pero en realidad no es otra cosa que un coleccionista de paradojas. Mucho más brillante es el retrado de la clase alta que hace con la familia Eynsford-Hill. La madre y los dos hijos se quedan pasmados cuando escuchan a la florista con una dicción perfecta diciendo barbaridades barriobajeras y no saben que hacer para ponerse al día con las nuevas modas de la aristocracia. La broma es espléndida. Los inocentes Eynsford-Hill aceptan las barbaridades como una moda y por tanto creen que tienen que seguirla. ¿Cuántas modas no han surgido de malentendidos como este de los Quiero-y-no-puedo?

Bernard-Shaw deja su obra de teatro sin final. No sabemos con quien se va a ir Eliza; y Bernard-Shaw escribe un epílogo larguísimo para discutir las posibilidades. El final de Cukor es meridiano, y pienso que soberbio. Sólo recuerdo uno parecido en "Beauty and the Beast", en el sentido de que uno envidia sanamente la vida que espera a la protagonista rodeada de gente tan simpática. El huraño Mr Higgins ha dejado claro que no es un hombre amable ni con ella ni con nadie, pero le ofrece una camaradería que nunca cansará a un espíritu inquieto. No sabemos si discutirán pero sabemos que ninguno va a aburrirse jamás.

La guerra de los mundos

Steven Spielberg, 2005
Reparto: Tom Cruise (Ray Ferrier), Dakota Fanning (Rachel), Miranda Otto (Mary Ann), Justin Chatwin (Robbie), Tim Robbins (Ogilvy).
Guión: Josh Friedman y David Koepp; basado en la novela de H.G. Wells.
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La guerra sin elipsis

La versión fiel de la obra de Wells no es esta de Spielberg, sino la de Shyamalan que se titulaba “Signs”. Pero es una suerte que Spielberg se aparte del original porque, al menos a mí, me pareció una novela muy floja. Wells se despachó toda la guerra contra los marcianos con la elipsis más descarada de la literatura. Encerró al narrador en su sótano y le hizo salir cuando todo había acabado de manera que se ahorró la lata de describir las armas, las escafandras y las batallas.

Las cosas no han cambiado tanto. Cuando una película de hoy quiere ahorrarse unos cuantos millones de dólares en cgi o en decorados sacan un monitor de televisión y un reportero contándonos lo que ha ocurrido. Un aparato de televisión contando cosas es igual que un narrador hablando en tercera persona en una novela, o sea, es como una voz que encarna la verdad absoluta y que nadie pone en duda. Lo que más me gusta de “La Guerra de los Mundos” de Spielberg es que no hay ni un solo aparato de radio ni de televisión. Todos están estropeados. Spielberg se puso a sí mismo la tarea de contar sólo aquello que pudieran ver nuestros ojos, los de los espectadores y los de los personajes.

Parte del sello Spielberg está en su manera de relacionar dos esferas en sus películas: la esfera personal de la vida de sus protagonistas con la dimensión mundial de un fenómeno. En ese sentido creo que nunca superó lo que consiguió en ET. De esta película se ha traido a la niña, Dakota Fanning recuerda a Drew Barrimore no porque no entienda la realidad, sino porque su padre no quiere que le afecte (De Jurassic Park se ha traido a los dinosaurios buscando por la cocina a los niños). A Spielberg le encanta juntar temas familiares, conflictos generacionales, roles de autoridad y líos de paternidad no asumida con naves espaciales y peligros que amenazan destruir la especie humana. Juntando lo individual y lo colectivo este director hace encaje de bolillos. Ray Ferrier (Cruise) no encaja bien en su papel de padre divorciado, pero una situación extrema hace que salga de él todo lo que lleva dentro y lo arriesgue todo por su hija.
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