Los chicos del coro

"Les choristes"
Christophe Barratier, 2004.
Reparto: Gérard Jugnot (Clément Mathieu) François Berléand (Rachin Jean-Baptiste Maunier (Pierre de niño) Jacques Perrin (Pierre de mayor) Kad Merad (Chabert) Marie Bunel (Violette Morhange) Philippe Du Janerand (Langlois) Jean-Paul Bonnaire (Maxence) Maxence Perrin (Pépinot als Kind) Didier Flamand (Pépinot adulto)
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Los chicos del coro entra en el género del drama estudiantil donde ya se han dicho muchas cosas. Profesores revolucionarios como Sidney Poitier que convirtió su “Rebelión en las aulas” en un clásico, los mesiánicos como los de “Fama” o Mr Keating, los campechanos de las comedias americanas, o los perdedores, como el personaje de Pfeiffer en “Mentes peligrosas”, donde la profesora sólo consigue sobrevivir sobornando a los alumnos, aunque cree que ha conseguido algo soltando una lágrima.

Clément Mathieu pertenece al grupo de los blandos, los profesores tipo LOGSE, igual que Mr. Chips. Cuando llega a la residencia “Au fond de l’etang” descubre que los niños están crispados y hacen trastadas de mucho cuidado; una de ellas casi le cuesta el ojo al portero. La directiva responde con la misma severidad, bajo el lema de “acción, reacción.” Mathieu tiene otro estilo: cuando un niño lo dibuja en la pizarra, él hace otro dibujo del niño, y cuando oye cantar una coplilla burlandose de él, él les dice que desafinan. Mathieu conoce muchos culpables, pero hace tratos con ellos y nunca se chiva al director.

La película desafina cuanto más enfrenta al director severo con el profesor comprensivo, porque no me creo que la mano izquierda sea la única solución para los chicos problematicos, y también flaquea en la medida que se acerca muy poco al mundo particular de cada muchacho, pero lo compensa con las canciones del coro que crean momentos muy emocionantes.

No es una película innecesaria. Habla de cómo los educadores amargados que sólo buscan las faltas en lo que hacen sus pupilos crean muchachos malos. Cuando la única nota que se puede dar en un colegio es la de la travesura, esa es la que se escucha. Un niño necesita hacer oír su voz igual que un adulto, y el director del colegio sólo tiene oídos para las diabluras. En cambio, Mathieu les enseña a hacerse oír de otra manera, él les escucha cuando cantan, con Mathieu, ellos pueden hacerse notar sin tener que romper nada.

Enrique Colmena ****: un bellísimo poema sobre la capacidad del Hombre de mejorar contra todo pronóstico: un maestro, casi un encantador de serpientes, habrá de luchar contra la inercia al despeñamiento del grupo de muchachos a los que ha de enseñar, y contra la estulticia de una sociedad (ese director del colegio, tan infame, tan abominable) que, sencillamente, absurdamente, no cree en la libertad del ser humano sino en su aherrojamiento.
Méndez-Leite @@: sabemos que el profesor democrático va a conquistar a sus alumnos sin excepción y a derrotar al malísimo director, un personaje de una pieza y sin matiz alguno
Fausto Fernández ***: Francesa, pero con tics de las películas con profe hollywoodienses. A veces más volcada dramáticamente en lo angelical de las voces que en los demonios que rondan a los chavales,
Alberto Bermejo ***: un profesor que logra literalmente amansar a las fieras con el poder hipnótico y adictivo de la música, desafiando las convenciones y los inmisericordes métodos represivos de un director anodino.

Rotten Tomatoes

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