La joven Jane Austen



Trastiendas


"Becoming Jane"
Julian Jarrold, 2007
Reparto: Anne Hathaway (Jane Austen), James McAvoy (Tom Lefroy), Maggie Smith (Lady Gresham), Julie Walters (Sra. Austen), James Cromwell (Sr. Austen), Ian Richardson (juez Langlois), Joe Anderson (Henry Austen), Lucy Cohu (Eliza De Feuillide), Laurence Fox (Sr. Wisley), Anna Maxwell Martin (Cassandra Austen).
Guión: Kevin Hood y Sarah Williams.
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Hay una simpleza, de curso común entre algunos críticos literarios, que consiste en creer que la obra de un autor consiste en su experiencia. Buscan en la biografía del autor a todos los personajes de sus novelas. Según ellos, un escritor tullido no puede escribir en primera persona sobre atletas. Pero lo interesante de la literatura, y del cine, es que sí puede.

Con “Shakespeare in love”, “Capote”, “Historia de un crimen” y “La joven Jane Austen”, el espectador ha descubierto que le interesa más como se gestaron los grandes personajes de la historia de la literatura que los propios personajes. El público quiere mirar detrás de la tramolla, quiere conocer al autor, harto quizá de escuchar las historias que él cuenta. Austen tenía poco que decir al respecto. Murió a los 42 años sin ninguna historia de amor conocida. La vida no le regaló el final feliz con que ella condecoró a todas sus heroínas.

¿O acaso sí tuvo? Antes de escribir su primera novela, Austen conoce a un joven de Londres. Él viene de la ciudad con ínfulas de ser superior a la gente de campo, como ocurre con toda la gente de ciudad. Es un vividor pero tiene un secreto, o dos, que lo hacen humano. El mayor obstáculo es el tío del muchacho. Le enfrenta con la joven Austen su visión de la ironía. Si bien se trata de una ironía más teórica que otra cosa. ¿Es mucho pedir que hubieran puesto ejemplos en vez de explicar la ironía?

Los dos sienten algo pero no tienen dinero, lo cual sería indiferente en una historia actual. Sin embargo, una asignación era esencial para una novela de Jane Austen. Las cifras iban, que yo recuerde, de 600 libras, las más humildes, a 10.000 al año, la de Mr Darcy. Todo el mundo vivía de los intereses de los bonos del tesoro en aquella Inglaterra victoriana. Las jóvenes que se fugan para casarse son siempre unas fracasadas. La heroína de la película nunca hubiera sido una heroína de una novela de Austen.

Y al final, lo sabemos, se queda soltera. ¿Cómo contar eso hoy día cuando sabemos que el único final posible en el cine es el final feliz? Vuelvan a Casablanca para encontrar un giro parecido, otro perdedor que, en el fondo, triunfa.

Supersalidos



Ritos y desmadres iniciáticos


Greg Mottola, 2007
Reparto: Jonah Hill (Seth), Michael Cera (Evan), Seth Rogen (oficial Michaels), Bill Hader (oficial Slater), Christopher Mintz-Plasse (Fogell), Kevin Corrigan (Mark), Joe Lo Truglio (Francis), Martha MacIsaac (Becca), Emma Stone (Jules), Aviva (Nicola).
Guión: Seth Rogen y Evan Goldberg
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Muchas sociedades tienen un rito para anunciar que un niño ha dejado atrás la infancia y se ha convertido en adulto. Nuestra sociedad ha perdido todos esos ritos. No queda nada para marcar ese tránsito, salvo las comedias adolescentes. “Supersalidos” narra las peripecias de tres adolescentes en su último día de instituto. Unas amigas los han invitado a una fiesta con el encargo de que traigan el alcohol. La búsqueda de alcohol por tres Holden Cauldfields que no tienen la edad legal de 21 años que hace falta para comprarlo componen una moderna Odisea llena de pinceladas sociales, sarcásticas y humanas sobre la América de nuestros días.

Seth es el gordito del trío. Sostiene la función durante la primera mitad con una lengua mordaz y una fantasía erótica desmadrada. Seth es el lider de una pandilla de chicos raros. Con sus chistes verdes y con su humor mantiene viva una ficción para sus amigos, la del sexo sin límites..., y sin mujeres. Michael es el más cuerdo de los tres, como ocurre con todos los alter-egos.

Y Fogell, el tercero, es una de las creaciones más chisporroteantes de los últimos tiempos. Fogell es el pringado, el pobrecito muchacho que es incapaz de romper un plato y cuando lo rompe con su torpeza se pasa media película intentando arreglarlo como ese Jerry Lewis de las primeras comedias. Fogell sueña con atreverse a decirle algo a una de las guapas del instituto o, en su defecto con parecer un poco más machote de lo que realmente es. Y los guionistas tuvieron la esplendidez de regalar a este chico torpe la mejor noche que podría haber soñado en mil años.

El orfanato



Amigos invisibles


Juan Antonio Bayona, 2007
Reparto: Belén Rueda (Laura), Geraldine Chaplin (Aurora), Fernando Cayo (Carlos), Roger Príncep (Simón), Mabel Rivera (Pilar), Montserrat Carulla (Benigna), Andrés Gertrudix (Enrique), Edgar Vivar (Balabán).
Guión: Sergio G. Sánchez.
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En una ocasión, proyecté “El sexto sentido” en clase y una alumna me preguntó por qué el psicólogo podía ver a los demás y ellos no le veían a él. Me di cuenta de que Shyamalan había rodado para espectadores posteriores a “Ghost” que aceptaban como natural un mundo de muertos invisibles que sólo es visto por mediums como Whoopy Goldberg. Así que le dije que viera “Ghost”. Hay películas que marcan un antes y un después. Y creo que “El orfanato” merece entrar en esa lista. Creo que merece convertirse en uno de esos lugares comunes que todo el mundo reconoce con solo mencionar el título.

Shyamalan introdujo en el género de fantasmas la idea de la complejidad. Los fantasmas no están ahí sólo para aterrorizarnos, tienen una historia, quieren que les escuchemos, son, en definitiva, un personaje más. Lo que “El orfanato” añade a este imaginario es que el mundo del los fantasmas es como un juego en el que sólo podemos entrar como entramos en un juego, observando sus reglas con una seriedad absoluta y olividando las del mundo real mientras estamos dentro.

Huizinga observó que las reglas del juego, el espacio reservado, la observación de unas leyes que no tienen que ser las morales, la inviolabilidad de ésas reglas, la creación de un orden nuevo y los disfraces, eran aplicables a muchas otras cosas, como, por ejemplo, a las ceremonias religiosas. Bayona se ha dado cuenta de que esas reglas valen para las supersticiones infantiles, para el mundo de los espíritus, y a la misma vez, para los hilos que atan al espectador con lo que ocurre dentro de una ficción.

El hijo de la protagonista tiene un amigo invisible con el que juega a todas horas. La madre escucha con paciencia la fantasía de su hijo pero el padre está preocupado. Un juego al que el niño juega con sus amigos invisibles es el de esconder cosas. Cuando el niño desaparece la madre no encuentra a nadie que pueda ayudarle a encontrarlo. Tendrá que buscar dentro de sí misma. Tendrá que aprender a jugar si quiere volver a ver a su hijo.

Matrimonio compulsivo



Castings


“The heartbreak kid”
Peter Farrelly y Bobby Farrelly, 2007
Reparto: Ben Stiller (Eddie Cantrow), Michelle Monaghan (Miranda), Malin Akerman (Lila), Jerry Stiller (Doc Cantrow), Rob Corddry (Mac), Carlos Mencia (Tito Hernández), Scott Wilson (Boo), Danny McBride (Martin).
Guión: Bobby Farrelly, Peter Farrelly, Kevin Barnett, Leslie Dixon y Scot Armstrong; basado en el guión original de Neil Simon para la película "El rompecorazones" (1972); a partir del relato "Cambio de planes" de Bruce Jay Friedman.
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Ben Stiller hace de cuarentón sin compromiso. La voz de su padre y una boda a la que va de invitado y en la que hace el peor de los ridículos lo obligan a plantearse su soltería. Agobiado por las presiones, decide casarse con la primera chica que encuentra, pero le sale mal. Durante la luna de miel, en Mexico, conocerá a la mujer de sus sueños.

Comedias como ésta funcionan como un casting. El protagonista hace desfilar diversos tipos de chicas hasta que encuentra una que le gusta. Nos reímos porque él tiene la sartén por el mango. Cuando el casting lo hace otro y el protagonista se pasa la película desfilando para aprobar, tenemos un drama.

El problema de las comedias es que muchos espectadores que van a verlas pueden hacer una lectura dramática. Es decir, pueden sentirse identificados con la esposa mala en vez de identificarse con Stiller. Eso obliga a los comediógrafos a elegir bien los defectos dignos de escarnio de los secundarios. La esposa es extoxicómana, no tiene sentido del humor, y en la cama es una especie de sabelotodo. La chica buena tiene una sonrisa embriagadora, le gusta el submarinismo y las excursiones igual que al protagonista.

Es fácil entender la elección de Stiller. Lo complicado es entender las de la gente de carne y hueso que, generalmente, elige a quién menos te lo esperas.

Un plan brillante



El “Midpoint”


"Flawless"
Michael Radford, 2007
Reparto: Michael Caine (Sr. Hobbs), Demi Moore (Laura Quinn), Joss Ackland (Milton Ashtoncroft), Lambert Wilson (Finch).
Guión: Edward A. Anderson.
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Demi Moore es una ejecutiva de una distribuidora de diamantes que no asciende como se merece por el mero hecho de que es una mujer. Michael Caine trabaja en el servicio de limpieza de la empresa y tiene un plan para robar algunos diamantes y retirarse con cierto confort. El problema es que ella no está muy segura de querer colaborar en un robo. Estamos a principios de los años sesenta en un Londres lúgubre y deprimente.

“Un plan brillante” no pasará a la historia por sus personajes acartonados y horrorosamente ideales, que acaso la cuelen de programa obligado en una sesión doble de algún colegio paulista, pero merece la pena mirarla con atención por la estructura tan sólida con que está construida.

Dice Aristóteles que para contar bien una historia hay que partirla en tres cachos. Hay que empezarla, hay que entrar en harina y hay que acabarla. Syd Field, uno de los teóricos de guión más conocidos, advirtió que si quería justificar sus jugosos honorarios de profesor de guiones tenía que añadir algo que no hubiera dicho Aristóteles. Así que se le ocurrió la idea de los dos “plot points”. Para contar una historia hacen falta dos giros, uno que sirva de bisagra entre el primer acto y el segundo (plot point 1, “pp1”) y otro entre el segundo acto y el tercero (plot point 2, “pp2”). Más adelante formuló otra idea que lo hace más digno de mención que la primera; se le ocurrió que hacía falta un climax justo en el centro del segundo acto al que llamó “midpoint”. De esa manera, la estructura ideal de un guión no sería la ternaria, sería cuaternaria, con el segundo acto dividido en dos. Algunos definen el midpoint como la catástrofe, el protagonista lo pierde todo. Otros lo llaman el punto de no retorno, el protagonista no puede dar marcha atrás. Demi Moore no puede ya denunciar al empleado de la limpieza, no puede apearse aunque quiera.

La estructura cuaternaria, con un climax central, es interesante porque permite que la sorpresa inesperada, ese vicio incansable de los guionistas contemporáneos, resulte tolerable. Cuando la sorpresa ocurre en el midpoint, la película funciona. Si no me creen, vayan a ver “Un plan brillante” y compárenla con la sorpresa de “Fight Club”, “El prestigio”, “Identity” etc..

Freud decía que el placer de un chiste es de naturaleza económica. Por el precio de escuchar una historia entendemos dos, la que nos cuentan y la que queda entre líneas. Algo parecido ocurre con un buen giro como el de esta película. Durante la primera mitad especulamos sobre una protagonista que no sabe si participar o no participar en un robo. Durante la segunda mitad de la película, después de la sorpresa monumental, descubrimos que todos los detalles del principio que parecían innecesarios cobran sentido desde una segunda lectura: la esposa enferma, la cloaca atascada, el histriónico representante de la compañía de seguros...

Las películas que llamo tramposas esperan al final, (al plot point 2) para darle la vuelta a la trama. De ese modo no consiguen crear una segunda lectura. El espectador no tiene tiempo de hacer una segunda lectura. El espectador sólo tiene tiempo de ver lo equivocado que estaba, y lo listo que es el director manipulando la información y sacando conejitos de su chistera. Pero no es lo mismo, uno no se queda con la sensación de haber visto dos historias por el precio de una, y, si lo mira friamente, descubre que ni siquiera tiene gracia.

Sin reservas



Recetas


“No reservations”
Scott Hicks, 2007
Reparto: Catherine Zeta-Jones (Kate Armstrong), Aaron Eckhart (Nick Palmer), Abigail Breslin (Zoe), Patricia Clarkson (Paula), Jenny Wade (Leah), Bob Balaban (terapeuta), Brian F. O'Byrne (Sean), Lily Rabe (Bernadette), Eric Silver (John), Arija Bareikis (Christine), John McMartin (Sr. Peterson).
Guión: Carol Fuchs; basado en el guión de la película "Deliciosa Martha" (2001) de Sandra Nettelbeck.
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La receta de Disney era que al espectador hay que hacerle reir tantas veces como se le hace llorar. Sería una receta del cincuenta por ciento, pero creo que nadie se pone de acuerdo con la proporción. Hay quién se queja de cine blando y quien se queja de tanto chascarrillo viendo la misma película. El nombre del director influye. Si es importante como Spielberg le dejamos que nos ponga como magdalenas y luego le echamos la culpa a nuestro gusto. A mí, la proporción me cuenta cosas de los autores. A los de “sin reservas” les gusta sufrir un poco.

Zeta-Jones interpreta a una cocinera de alto nivel cuyo talento culinario se contradice con un nulo interés por las relaciones humanas. Su jefa la obliga a ir a un psicoanalista, pero son dos acontecimientos dentro de su mundo cuadriculado los que la van a hacer cambiar. La muerte de su hermana la obliga a hacerse cargo de una sobrina de diez años, y en su ausencia, aparece en la cocina un chef igual de habil que ella, pero con el don de gentes que a ella le falta.

A la sobrina la interpreta la pequeña Miss Sunshine, con sus inmensos ojazos claros. No sé si hace de Celestina porque sin ella la tía no quedaría con el chico, o si es la protagonista, porque se come la pantalla.

Borges decía que una novela del futuro le servíría para saber como ha cambiado el mundo en ese tiempo. “Sin reservas” dice de nuestro siglo que a los galanes ya no les sirve de nada llevar en el bolsillo una bolsa de caramelos, y que si quieren enamorar a las protagonistas no les queda otro remedio que mostrar a las claras si son legales o si no lo son.

Yo os declaro marido y marido



Orgullo hétero


“I now pronounce you Chuck & Larry”
Dennis Dugan, 2007
Reparto: Adam Sandler (Chuck Levine), Kevin James (Larry Valentine), Jessica Biel (Alex McDonough), Ving Rhames (Fred Duncan), Steve Buscemi (Clint Fitzer), Dan Aykroyd (capitán Tucker), Gary Valentine (Karl Eisendorf), Jonathan Loughran (Nootzie), Michael Buscemi (Higgy), Nicholas Turturro (Renaldo Pinera), Nick Swardson (Kevin).
Guión: Barry Fanaro, Alexander Payne y Jim Taylor.
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No es extraño que los homosexuales celebren un día del orgullo gay en vista de que los héteros celebramos los otros 364. El hétero proclama su alegría de ser hétero en la mitad de los chistes que hace, y, hasta hace poco, en sus instituciones. La idea de que todas las parejas posibles tienen derecho a unirse en santo matrimonio es una conquista en España, Canadá, Bélgica, Sudáfrica o Países Bajos. Defenderla forma parte, según algunos, de la modernidad. Por eso ruedan películas para parecer modernos. Pero como no lo son, las motas de caspa caen por todas partes.

John Ford me parece un caso insólito. Ethan Edwards no es un ciudadano indignado contra el racismo de su país, es el propio Ford intentando lavarse sus trapos sucios en público. Por eso nos resulta más auténtico cuando dispara a los ojos de un indio muerto y le niega la entrada en el cielo que cuando acaba aceptando a su sobrina. La crítica del racismo nos resulta auténtica porque viene de un racista.

Un lío parecido, pero a nivel chavacano, es el que se hicieron los creadores de “Yo os declaro marido y marido” con el mundo de la homofobia. Adam Sandler es un bombero tan amigo de su amigo que está dispuesto a casarse con él para asegurar la pensión de sus hijos. El problema de Sandler es que no es gay, sino el hombre más salido del mundo. Algo parecido a un Andrés Pajares en Hollywood. En vez de mostrar su desmadre de testosterona con Adriana Vega, Nadiuska o Susana Estrada, Sandler tiene a Jessica Biel. La escena interminable en la que Jessica Biel le deja tocarle las tetas pensando que él es gay y él se regodea delante del público que sabe que no es gay es sin duda una de las condiciones que puso Adam Sandler en el contrato para producir la película. A falta de inspiración, fusilaron la idea de Alonso Millán en “No desearás al vecino del quinto”.

No se trata sólo de que la película no tenga gracia, que tiene poca; el problema es que tampoco tiene claro a quien va dirigida. No se puede sacar la bandera gay y cuatro eslóganes de moda sobre la libertad sexual en medio de un producto cuyo humor consiste en halagar los instintos machistas del público menos exigente.

El gato de Holly Golightly

Un homosexual perdido en la gran ciudad hace migas con una chica ignorante de pueblo que quiere parecer extravagante. Lo último que un lector algo atento podría esperar de una narración como “Desayuno en Tiffany’s” de Truman Capote es la versión rabiosamente kitsch que rodó Blake Edwards. No lo anoto como un baldón, las dos obras son seductoras. El gato no es tan importante en el cuento de Capote; en la película es central. Edwards se dio cuenta del poder que tenía.

—Pobre desgraciado —dijo, haciéndole cosquillas [al gato] en la cabeza—, pobre desgraciado que ni siquiera tiene nombre. Es un poco fastidioso eso de que no tenga nombre. Pero no tengo ningún derecho a ponérselo: tendrá que esperar a ser el gato de alguien. Nos encontramos un día junto al río, pero ninguno de los dos le pertenece al otro. El es independiente, y yo también. No quiero poseer nada hasta que encuentre un lugar en donde yo esté en mi lugar y las cosas estén en el suyo. Todavía no estoy segura de dónde está ese lugar. Pero sé qué aspecto tiene. —Sonrió, y dejó caer el gato al suelo—. Es como Tiffány’s —dijo—.
Truman Capote, Desayuno en Tiffany's.
El gato de Holly me hace pensar en todas las cosas que dejamos a medias porque, si las acabaramos, si las hiciéramos bien, entonces parecería que todo está en su lugar. Y no es así.

El ultimátum de Bourne



El otro lo sabe todo


Paul Greengrass, 2007
Reparto: Matt Damon (Jason Bourne), Julia Stiles (Nicky Parsons), Joan Allen (Pamela Landy), David Strathairn (Noah Vosen), Paddy Considine (Simon Ross), Scott Glenn (Ezra Kramer), Edgar Ramírez (Paz), Albert Finney (Dr. Albert Hirsch).
Guión: Tony Gilroy, Scott Z. Burns y George Nolfi; basado en un argumento de Tony Gilroy; sobre la novela de Robert Ludlum.
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Hay una escena de "El ultimátum de Bourne" que transcurre precisamente en Madrid en la que Jason Bourne tiende una trampa a los agentes de la CIA con un ventilador. El espectador espera que lo use con violencia, pero, en realidad, el ventilador sirve para que los agentes piensen que hay alguien en la habitación. Se trata de una maniobra de desinformación. "El ultimátum de Bourne" es una película genuina de nuestro atribulado siglo XXI, ya no gana el más fuerte, gana el que tiene más información.

Mientras la saga de 007 agotaba todas las posibilidades de una cuenta atrás, de dejar a Bond escapar en el último segundo, nunca en el penúltimo, la saga de Bourne baraja las posibilidades de la información en tiempo real. Los dos protagonistas del duelo son Bourne que conoce los trucos de la CIA, y un jefe de la agencia que se enfrenta a él desde su despacho en Nueva York, moviendo hilos, manejando fuentes descomunales de información, móviles, GPS, Internet, Cámaras de vídeo y bases de datos.

Bourne recorre ciudades del mundo ilustrándonos con la variedad de sus azoteas, de sus metros, y de los uniformes de sus policías. Cada geografía rellena una pieza del puzle, cada muerto sirve para completar la información que debe llevarle a descubrir quien es él. Bourne ignora cosas esenciales, como su nombre, mientras la agencia lo sabe todo, como un Gran Hermano feroz. Bourne tiene algo de insecto molesto dentro de la red inmaculada que ha tejido el poder. Es la astilla que hace volar por los aires un sistema a primera vista protector y paterno. Aunque no estamos seguros de que el reguero de muertes que deja esté justificado, no podemos dejar de sentirnos seducidos por un individuo que se enfrenta a una agencia sin escrúpulos, a un ministerio que valora una vida como un decimal, a un departamento de hombres con corbata y portátiles de última generación que deciden sobre la vida de los demás como si estuvieran eligiendo su plato en un menú.
Matías Cobo (Silencio se rueda): La estructura de persecución y huida termina por convertir el relato en un bucle donde sólo cambian los paisajes de fondo (diferentes estaciones de tren europeas y dos edificios de la CIA en Langley) y los enemigos de Bourne por la parte perseguidora.
Enrique Colmena (Criticalia): he aquí un ser humano que posee un extraordinario adiestramiento para el espionaje (y el contraespionaje, sobre todo…), pero que desconoce de dónde le viene esa extraña facultad, y que es perseguido por los que supuestamente le entrenaron como si fuera la alimaña que cree no ser. La búsqueda de su identidad, la indagación sobre su “padre” en la Agencia, la venganza hacia cuantos le hicieron ser como es, están en el meollo de este por otro lado percutante filme de acción.
Sergi Sánchez (Fotogramas): Jason Bourne es el peón rebelde, el peón que escapa del control de esas 1.000 cámaras que velan por nuestra seguridad, y Paul Greengrass, que aún tiene ganas de hablarnos del 11-S después de la contundente United 93, orquesta su huida hacia adelante en tres sinfonías prodigiosas, tres verdaderas lecciones de montaje y dirección que eclipsan, en su ubicuo sentido del espacio y el tiempo, el argumento de la película, acaso lo más previsible de este tercer título protago-nizado por un Damon más atormentado y menos James Bond que nunca.

El club de los suicidas



Paradojas


Roberto Santiago, 2007
Reparto: Fernando Tejero (Antonio), Lucía Jiménez (Ana), Luis Callejo (Manuel), Juanma Cifuentes (Javi), Cristina Alcázar (María José), Clara Lago (Laura), Joan Dalmau (Pedro), Alberto Jo Lee (Tsu Wen).
Guión: Juan Vicente Pozuelo, Curro Royo y Roberto Santiago; basado libremente en el relato "El club de los suicidas" de Robert Louis Stevenson.
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La prensa habla y habla del cine español con la esperanza de tocar alguna fibra sensible a costa de mi compasión por las malas cifras o de mi patriotismo. Yo siempre he ignorado por qué el adjetivo español añadido a un título de una película tiene que provocarme alguna emoción que no arranque, de por sí, el espectáculo que estoy consumiendo. Y puestos a cuestionar mi patriotismo, que es del todo dudoso, tengo que decir que me inquieta tanto el declive del cine español como el resurgir de la poesía nepalí. A mí denme buenos títulos, como este de "El club de los suicidas", y no me molesten mucho con las banderas.

Una buena parte de las películas que quieren endosarme con la excusa del adjetivo patrio no ascienden de la clasificación de sainetes. Los productores no se ponen a trabajar cuando tienen una buena historia, se ponen a trabajar cuando tienen un par de nombres simpáticos cuyos tics han conquistado al público. Conscientes de ello, muchos actores aprenden a sostener funciones enteras a costa de su propia vis cómica. El Actor's Studio de Madrid es una fábrica de histriones. El espectador va a ver películas de Fernando Tejero porque le cae bien, y no hace falta saber el nombre de los directores. Menos aún el de los guionistas.

"El club de los suicidas" parte de una buena historia, así que los amantes de Tejero tendrán el doble placer de verle hacer de tío enrollao y de sufrir con su historia. Lucía Jiménez ayuda menos, no porque no haga bien el papel de suicida ciclotímica que le toca, sino porque no es capaz de hacer otra cosa.

La película redescubre lo mejor de nuestro cine de los años cincuenta, Jardiel Poncela, Edgar Neville, con una historia de lo absurdo llena de ternura. Un grupo de terapia decide poner fin a sus problemas con un pacto. Se reunirán todos los martes para decidir en una partida de cartas quien va a tener el placer de morir y quien va a ser el ejecutor, siguiendo el ejemplo de la novela de R. L. Stevenson.

El fino humor viene de la ironía del planteamiento, de la paradoja de las situaciones, porque es una suerte si acaban mal y una frustración si sobreviven. Pero la mayor inspiración está en el constraste de los personajes. El gordito, quizá el más logrado, es un chapuza para matar, y eso lo hace entrañable. Hay una escena memorable en la que Fernando Tejero quiere apoyarle y va a su hamburguesería con la ambulancia del trabajo. Cada personaje de la escena está entendiendo una historia distinta, a cual más alocada, el espectador, que las entiende todas, no sabe donde meterse. Es una secuencia digna de figurar en la breve lista de ejemplos de la alta comedia.
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