Diarios de la calle

Pelotazo educativo


Diarios de la calle
(Freedom writers)
Richard LaGravenese, 2007
Reparto: Hilary Swank (Erin Gruwell), Patrick Dempsey (Scott Casey), Scott Glenn (Steve Gruwell), Imelda Staunton (Margaret Campbell), April Lee Hernandez (Eva), Mario (Andre), Kristin Herrera (Gloria), Jacklyn Ngan (Sindy), Sergio Montalvo (Alejandro), Jason Finn (Marcus), Hunter Parrish (Ben).
Guión: Richard LaGravenese; basado en el libro "The freedom writers diary" de Freedom Writers y Erin Gruwell.
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“Diarios de la calle” es como ver a Jack Nicholson llevándose a mis chavales del H en un velero mientras la doctora Ratched grita despavorida que es la hora de tomar la medicina. Desde que Sydney Poitier enseñó a sus enanos a hacer una ensalada en el instituto, el mundo de cine se ha inundado de profesores carismáticos que sueñan con conquistar las mentes inmaculadas de nuestros tiernos adolescentes. Antonio Banderas lo intentaba modestamente con el Baile de salón. Mr Kitting iba demasiado lejos en El club de los poetas muertos. El Forrester de Descubriendo a Forrester no enseñaba nada, pero servía al chaval para vacilar de autor famoso. La Michelle Pfeiffer de Mentes peligrosas es la más parecida a la protagonista de esta película, porque los chicos son todos unos delincuentes desmelenados, y porque resuelve el problema implicándose con ellos. El profesor menos parecido a Erin Gruwel es el Mr Chips de Adios Mr Chips, porque no se plantea como dar un “pelotazo” educativo, sino como administrar una vida entera consagrada a la enseñanza.

“Diarios de la calle” es esencialmente verídica. Los profesores vivimos a veces situaciones en las se produce algo especial, oasis de entendimiento. Erin Gruwel narró su oasis en un libro que era una colección de los diarios de sus alumnos y ahora lo tenemos en cine. Corría el año 94. Todavía estaba viva la revuelta de Los Angeles. La policía apaleó a Rodney King y un juez excesivamente clemente dejaba salir en libertad a los responsables. El país estalló en llamas durante una semana. Todo eso ocurría en el mismo país que quería dar ejemplo al mundo de coexistencia pacífica.

Erin Gruwel tiene en ese momento 23 años y no sabe hacerse con una clase multirracial que, o bien grita, o bien se pelea, o bien hace pellas cuando quiere imponerles donde tienen que sentarse. No hay comunicación hasta que un alumno caricaturiza a un negro de la clase. Erin responde hablandoles de los nazis y el curso empieza a escuchar. No sé de que hablaría la industria americana del cine si Hitler hubiera perdido las elecciones del 33.

La profesora trabaja horas extras para comprarles libros nuevos. Los alumnos se quedan atónitos. Uno huele el suyo, huele a nuevo. El tema podría ser ¿hace falta gastar más en material escolar? Como todos los profesores que conectan con sus alumnos, ella tiene que enfrentarse con los estamentos conservadores que quieren hacer lo mismo de siempre. Su jefa del departamento de lengua se opone: eso que está haciendo no es exportable, no sirve como programa, es una relación especial que no puede repetirse cada curso; y tiene parte de razón.

El cine vive de ciertos espejismos. Las películas de amor hablan siempre de amor eterno. Es fácil amar eternamente cuando sólo hay que amar durante una hora y media. A las películas de profesora carismática les ocurre lo mismo que a los amores apasionados. Uno se lo cree, pero a la misma vez sabe que es mejor no volver con la cámara diez años después, por lo que pudiera encontrarse.

Spiderman 3

Heroes complejos



Sam Raimi, 2007
Reparto: Tobey Maguire (Peter Parker/Spider-Man), Kirsten Dunst (Mary Jane Watson), James Franco (Harry Osborn), Thomas Haden Church (Flint Marko/Hombre de Arena), Topher Grace (Eddie Brock/Venom), Bryce Dallas Howard (Gwen Stacy), James Cromwell (capitán George Stacy), Rosemary Harris (tía May), J.K. Simmons (J. Jonah Jameson).
Guión: Sam Raimi, Ivan Raimi y Alvin Sargent; basado en un argumento de Sam Raimi e Ivan Raimi; sobre el cómic de Marvel de Stan Lee y Steve Ditko
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Me cuenta un amigo que lee las viñetas que, en el universo de los superhéroes, Spiderman representa al héroe complejo. Eso me lleva a dos conclusiones, la primera, que las molestias de la película probablemente sean más otorgables a Stan Lee que a Sam Raimi, y la segunda, que si pretendía ser compleja, sólo se queda en el intento.

Raimi ha confundido la complejidad con el exceso. En vez de una hora y media ha rodado más de dos, en vez de un villano ha reunido a tres. Sandman persigue a Spiderman porque es un padre indignado. Su amigo Harry Osborn es un hijo en busca de revancha que no puede dejar de cumplir la voluntad de su padre. Venom es un fotógrafo que compite con Peter Parker y odia a Spiderman porque cree que le quitó la novia y el puesto. Casi todos los malos son víctimas de alguna confusión, igual que la chica. Eso les da la posibilidad de despertar de su autoengaño pero nunca antes de hacerle alguna trastada a Spiderman que alimente su autocompasión infinita y justifique alguna escena de acción.

Spiderman es una serie donde el tránsito entre el bien y el mal no resulta particularmente complicado. Aparte de los errores que todo el mundo se empeña en cometer, están las fuerzas externas. Los malos inventan cosas que acaban dominándolos, como el Duende Verde, o Doc Oc. En esta tercera entrega aparece una plastilina negra que se adhiere a la víctima y saca lo peor que lleva dentro. El fondo de “Spiderman” es que nadie es malo, lo que ocurre es que una mano negra, ya sea en forma de fórmula química, o en forma de alquitran pegajoso tiene la culpa de que se porte mal. A los niños pequeños les valen esas explicaciones para ir tirando; a los políticos les encantaría tenerlas para justificar sus meteduras de pata (¿quién duda que Aznar estaba abducido, o bien narcotizado por el puro de Bush, cuando firmó el pacto de las Azores?); pero los aspirantes a creadores de héroes complejos deberían estrujarse un poco más los sesos.

Cuando el alquitran estelar se adueña de Spiderman y tiñe de negro su traje, y su alma, el héroe se transforma en un tipo malo. Lo cual entraña explicar a los lectores/espectadores en que consiste un tipo malo. El mal consiste, según Lee/Raimi, en un flequillo provocativo y un caminar casquivano, al estilo de Travolta. Consiste en desfilar por un local de moda abrazando a las vampiresas y bailar con frenesí como un ligón que lleva toda su vida en esos tugurios. El bien consiste en la mirada compungida de Peter Parker, fiel como un cordero. Jerry Lewis sufría la misma dicotomía en “El profesor chiflado”, cuando el patoso profesor inseguro se transformaba en Buddy Love. Jim Carrey la sufría, o bien la disfrutaba, en “La máscara”. Los tres comparten la misma repugnancia hacia ese tipo de heroes que en otras salas de cine, un par de calles más abajo, hacen las delicias de todo el mundo.

Tú la letra y yo la música

Tradutore traditore


Marc Lawrence, 2007
Reparto: Hugh Grant (Alex Fletcher), Drew Barrymore (Sophie Fisher), Brad Garrett (Chris Riley), Kristen Johnston (Rhonda), Campbell Scott (Sloan Cates), Haley Bennett (Cora Corman)
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Hugh Grant interpreta a una estrella del pop caída en desgracia. Al actor le falta poco para conseguir ponerle cara a esa cosa inefable que Oscar Wilde quiso atrapar en sus frases, el encanto (“It is absurd to divide people into good and bad. People are either charming or tedious.”) Drew Barrimore hace de mosquita muerta. Desde que dejó de vestir de faralai a extraterrestres indefensos se ha especializado en el papel de chica neurótica a la que es tan fácil coger cariño.

Yo entiendo que nos canse un poco el comentarista pedante que nos recomienda ver la película en inglés, cuando lo que quiere no es que la veamos en inglés sino que sepamos que él sabe inglés. Pero es que una película como esta no debería haber sido doblada. Quizá ni siquiera debería haber sido exportada. La he visto en español y apenas funciona. El cantante y la regadora de plantas tienen cinco días para componer una canción, y ninguna otra cosa en el mundo que les una. Se cuentan cosas y se conocen poco a poco, y cada detalle va añadiéndose como en un pequeño engaste a la letra de la canción. Lo que hay entre ellos tiene que ver con su pasado, pero también con ese poema. Por eso, cuando empiezan a lanzar ripios en la versión castellana, el espectador no puede hacer otra cosa que asustarse. Y cuando Hugh Grant canta su canción uno no puede emocionarse con aquel verso: “I love you despite the fact, that you’ve killed all of my plants,” porque apenas si tiene tiempo de leerlo de pasada debajo de la pata del piano.

Quiero explicarme con este rodeo las criticas, un poco duras que leo en todas partes. La película no es peor que otras comedias divertidas de Hugh Grant “Un niño grande” o “Notting Hill” por ejemplo. La película está pensada como un climax al que los personajes llegan después de pulir unos versos. El espectador de una copia doblada les ve llegar a ese momento como un par de autómatas que tienen que cumplir con el productor, y darse un beso a toda prisa antes de que caiga el telón.

La maldición de la flor de oro



Lección de sumisión


Zhang Yimou, 2007
Reparto: Chow Yun Fat (emperador), Gong Li (emperatriz), Jay Chou (príncipe Jai), Liu Ye (príncipe Wan), Chen Jin (mujer del médico imperial), Ni Dahong (médico imperial), Li Man (Chan), Qin Junjie (príncipe Yu).
Guión: Zhang Yimou, Wu Nan y Bian Zhihong; a partir de la obra de Cao Yu.
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La emperatriz teje desesperadamente flores de crisantemo. El crisantemo es un símbolo de la rebelión. Los soldados del emperador visten todos del mismo rojo impoluto, los adversarios son dorados, se mueven al unísono en una danza y llenan el inmenso patio de la ciudad prohibida. La película de Yimou está plagada de símbolos, y creo que es la primera vez que lo anoto como un defecto. La idea de una plaga define la estética de este Yimou, el abuso de los colores, de los mitos, de los ejércitos. Cada elemento está ahí para aplastar al espectador con el exceso.

Corre el siglo X de nuestra era en la corte de la familia imperial china. La emperatriz tiene que apurar la medicina hasta el fondo. El emperador pone su honor en juego en hacer cumplir las reglas hasta el último detalle. El espectador no tarda en descubrir que la emperatriz está siendo envenenada. Los tres hijos tienen que elegir entre su ambición, su amor por su madre, no siempre acendrado, y la obediencia ciega a un padre perverso.

El planteamiento de Yimou me molesta profundamente, y no es la primera vez. Detrás de los decorados suntuosos hasta el vértigo, de los vestuarios carnavaleros, del boato indecente, de las cortesanas neumáticas, de la coreografía bélica, de la macedonia de mitos griegos y culebrones venezolanos, de Edipo y un Macbeth restituido, detrás de la intriga palaciega y de la tiranía paterna, detrás de todos los velos hay un mensaje monstruoso. El mensaje es apto, sólo, para espectadores alienados, capaces de fabricar pantalones por cinco euros y crecer económicamente al once por ciento anual sin hacer una santa huelga. El mensaje es un canto al conformismo y a la frustración, un canto al desprecio de la rebeldía, y del individo. La película, en suma, no es más que una defensa de la sumisión frente al poder, peor, frente a cualquier poder.

Sunshine



Salvadores


Danny Boyle, 2007
Reparto: Rose Byrne (Cassie), Cliff Curtis (Searle), Chris Evans (Mace), Troy Garity (Harvey), Cillian Murphy (Capa), Hiroyuki Sanada (Kaneda), Benedict Wong (Trey), Michelle Yeoh (Corazón), Mark Strong (Pinbacker), Paloma Baeza (hermana de Capa).
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Lo peor que te puede pasar en una película americana es que te salven la vida. Es una situación denigrante que los espectadores padecemos sin protestar, sesión tras sesión. Al héroe no le basta con quitarnos la chica, no le basta con llevarse su subidón de adrenalina, ni con despacharse al malo o quedarse con el tesoro. Ni siquiera le bastan los seis euros de la entrada, tenemos que darle las gracias. El malo tiene un arma que va a destruir el planeta y si salimos vivos de la sala es gracias a él, al bueno. Hace tiempo pensé en crear una plataforma para defender la eutanasia de los espectadores. El lema sería algo así como: "No queremos que nos salven más películas. Queremos que nos dejen morir en paz".

Sunshine trata de una expedición que viaja a un sol en extinción para reactivarlo con una bomba, y aunque lo parezca, no pertenece al género de salvadores-petardos del que estaba hablando. Los tripulantes no son héroes y no hace falta besarles el trasero. Dado que no se trata de una expedición de niños guays en busca de medallas, como la de Willis en Armageddon, resulta, cuando menos, bastante tolerable. También la hace tolerable el hecho de que pasen media película pensando como salvarse ellos, y no como salvarme a mi. Tienen que tomar decisiones drásticas, sacrificar vidas, elegir quien se queda y quien se muere porque hay un traje para uno, u oxigeno para pocos. La sensación de vulnerabilidad es tremenda a la escasa distancia que les separa del sol. Sus vidas penden de un hilo que cada vez se hace más delgado. Y detrás de la necesidad de salvarse está la misión: si fracasan se acabó La Tierra.

El acierto es, sin duda, la premisa argumental que dispara la importancia de cada paso. El fallo es, para mi gusto, ese quinto personaje que se sale de la lógica para evocar una trascendencia que siempre resulta tan arriesgada. No es fácil conseguir evocar el más allá, como demostró "2001". Y no es fácil porque, si quieren saber mi opinión, yo diría que "2001" tampoco lo consiguió.

La cosecha



Relecturas


Stephen Hopkins, 2007
Reparto: Hilary Swank (Katherine Winter), David Morrissey (Doug), Idris Elba (Ben), AnnaSophia Robb (Loren McConnell), Stephen Rea (padre Costigan), William Ragsdale (sheriff Cade), John McConnell (mayor Brooks), David Jensen (Jim Wakeman), Yvonne Landry (Brynn Wakeman), Samuel Garland (William Wakeman).
Guión: Chad Hayes y Carey W. Hayes; basado en un argumento de Brian Rousso.
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No sé que crítico decía que las obras nuevas no se inventan de la nada, son malas relecturas de las viejas. Hay quien manosea a los predecesores porque cree que puede mejorarlos. Por ejemplo “La cosecha” es la relectura de un espectador que se quedó con ganas de despacharse con el niño orejudo que hace de Demian en “La profecía”. Esa espina podría explicar media película. El final no. El final pertenece a la moda “poker” del cine de hoy, que consiste en sacar una carta de la manga que le da la vuelta a todo lo que creíamos, la mujer del alcalde no es su mujer, es un travesti, el pueblo no es un pueblo, está pintado... Todo, con tal de sorprender.

Un test seguro para distinguir cuando te cuenta la historia un director inteligente y cuando te la cuenta un tonto es como el protagonista descubre la verdad. La verdad puede venir de la mano de un científico con melena blanca (el camino rápido), de un moribundo, de un cotilleo, de un ordenador, de un secreto que nadie debería saber (esta suele ser la más fiable). Los protagonistas inteligentes filtran lo que oyen, discuten, se resisten a creer. El director de “La cosecha” ha elegido un atajo más corto aún que el del científico de la melena blanca: ha elegido la mesa de montaje. Yo todavía no sé si felicitarle por el morro que le echa o decirle que se vaya a hacer gargaras. No tiene desperdicio, la protagonista se entera de la verdad de la historia porque el montador le pone delante la secuencia de los hechos tal como ocurrieron. Nadie habla, nadie explica, aparecen las escenas y ya sabemos que fue así.

La protagonista es una profesora universitaria que estudia milagros para darles una explicación científica. Había sido misionera en África, pero una tragedia le hizo renegar de su fe. Ahora la llaman de un pueblo llamado Haven donde unos fenómenos paranormales apuntan a que una niña es la encarnación del diablo.

Los haveanos, o haveneños, no me sé el patronímico, están sufriendo una por una las diez plagas bíbilicas. La lista de las diez plagas es igual de socorrida que la de los siete pecados capitales, o los cuatro evangelistas. La teología es un tesoro inagotable de esqueletos narrativos para autores sin imaginación.

Conscientes o no del dolor de cabeza que significa su propuesta, los autores han puesto todo de su parte para que al menos no resulte indiferente. Haven es el lugar donde se libra la batalla entre el bien y el mal. Allí es donde se decide si el demonio va a dominar el mundo y por tanto nos van a subir todavía más el recibo del teléfono, o si Hillary Swank va a salvarnos de tener que hacer cola en la ventanilla del banco. Me pregunto por qué el demonio elige formas tan raras en las películas cuando uno se lo encuentra en cada esquina con ropa de paseo.

El buen pastor



La culpa es de Julieta


Robert De Niro, 2006
Reparto: Matt Damon (Edward Wilson) Robert De Niro (Bill Sullivan) Angelina Jolie (Clover Wilson) Joe Pesci (Joseph Palmi) Alec Baldwin (Sam Murach) Tammy Blanchard (Laura) Billy Crudup (Arch Cummings)
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Estos actores metidos a directores, como Clooney en “Buenas noches y buena suerte”, Banderas, o De Niro, parece que dirigen para que sepamos que no son tontos. “El buen pastor” habla de los hilos de la historia que nos han llevado a donde estamos, de los hilos que mueven el mundo, igual que "Syriana", o que "El señor de la guerra". Todas ellas buscan ser difíciles. El estilo postmoderno parece consistir en el abuso de la elipsis inteligente; en la suposición de que el espectador es un tío listísimo. El director postmoderno no explica, presupone que estamos de vuelta de todo, se adelanta a nuestras anticipaciones. Y yo creo que ya va siendo hora de reclamar un cine más sencillo.

De Niro empieza la película planteando un misterio. La CIA fue derrotada en Bahía de Cochinos porque Fidel Castro tenía un soplón. Mientras Damon investiga quien fue, la historia hace un recorrido, no del todo indispensable, por el pasado del protagonista, y el nacimiento del departamento de Inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial.

Si olvidamos las tramas secundarias, cosa fácil de hacer gracias a su inagotable proliferación, la película plantea un dilema moral entre la patria y el corazón, o entre el deber y la felicidad. No deja de ser inquietante, pero da una respuesta demasiado paternalista. En manos como estas, el final “Romeo y Julieta” se convertiría en una lección para hijos malcriados, y los padres de los Capuleto y los Montesco serían los héroes.

Descubriendo a los Robinsons



Familias progres y viajes en el tiempo


Stephen Anderson, 2007
Doblaje original: Angela Bassett (Mildred), Daniel Hansen (Lewis), Tom Selleck (Cornelius Robinson), Harland Williams (Carl), Adam West, Laurie Metcalf (Lucille Krunklehorn), Nicole Sullivan (Franny), Adam West (tío Art), Ethan Sandler (Doris/CEO/tío Spike/tío Dimitri/primo Laszlo/tío Fritz/tía Petunia), Tom Kenny (Sr. Willerstein).
Guión: Michelle Bochner; basado en el libro "A day with Wilbur Robinson" de William Joyce.
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En la cultura estadounidense, la izquierda no es un fenómeno social como en la europea. La izquierda es tan individualista, heroíca y promotora del esfuerzo individual como la derecha. La diferencia entre una y otra a mi me parece cosa de fachada, nada más. Por eso no entiendo que Tim Robins se queje de haberle dado la mano al alcalde de Madrid. No entiendo cual es la diferencia que los separa. La izquierda estadounidense es Capra, la familia alocada de “Vive como quieras”, las familias alternativas de Katherine Hepburn, como la tía de Connecticut en “La fiera de mi niña”, la familia real de la Hepburn, la familia de los Focker en “Los padres de él”. Y la familia de los Robinson. La izquierda estadounidense parece consistir en dejar que los niños se dejen la sopa sin probarla, o en que practiquen ballet encima de la mesa del comedor, mientras el abuelo prueba un invento que no sirve para nada en la cocina.

“Descubriendo a los Robinson” no trata tanto de la revisitación a una familia progre enrollada de los años treinta, como de un viaje en el tiempo a lo Charles Dickens y su cuento de Navidad, o su remasterización “Click”, o tantos otros viajes en el tiempo. Terminator, El tiempo en sus manos, Viaje al futuro, Doce monos, El planeta de los Simios, La máquina del tiempo, Frequency, El sonido del trueno, Primer. Y dejo un aparte para la que más me sorprendió y menos éxito tuvo: “El efecto mariposa”, donde cada cambio que el protagonista hace en el pasado acarrea un presente completamente inesperado.

Los motores de la Disney vuelven, por fin, a usar la imaginación como combustible.

Aunque me gusta su prosa, no comparto el entusiasmo de Jordi Costa. Viajar en el tiempo no es una exhibición de imaginación, hoy día es un camino trillado. La colección de personajes estrafalarios no luce si no son parte de un engranaje que los enfrenta y hace salir chispas delante de nosotros. Las opciones morales: mirar adelante, o vivir del rencor, no son precisamente vulgares, pero también cabían en un libro de autoayuda.

Es cierto que el final funciona. Les va a emocionar sin duda. Les va a hacer pensar si la felicidad es algo que uno dejó en algún rincón del pasado o algo que uno tiene que currarse. Pero la película no es redonda, porque con menos viajes en el tiempo y menos mundos fantásticos podía habernos hecho sentir igual de felices.

House



Llamar por teléfono, escuchar música, mandar cartas, las hojas de papel, los mapas, la capa de ozono, la economía... Todo está patas arriba con el milenio recién estrenado. Lo que House quiere cambiar es otra cosa tradicional, nuestra ética, esa mochilita de verdades que todos llevamos a todas partes.

House no es nuestro héroe por la cantidad de vidas que salva, es nuestro héroe por la batalla que ha entablado con la moral vigente. En la primera temporada parecía que sólo le había declarado la guerra a la hipocresía. La batalla era enunciable en aquella frase que repetía tanto: “todo el mundo miente”. ¿Mentiría él? Un millonario compraba el hospital y lo ponía a prueba: si quieres que no despida a uno de tus subalternos tienes que mentir. Era la batalla de David contra Goliat y todos estábamos de parte de House.

Pero House no deja de crecer. Su mirada se dirige a muchas otras verdades del siglo XX. El médico que salva vidas en África no es un héroe para House que huye de los altruismos huecos. El amor de los hermanos, de las parejas, el sexo, el trabajo, la vocación, la vejez y la adolescencia, aparecen en cada capítulo para que House las haga salir escaldadas. Cada personaje que pasa por la consulta podría ser uno de nosotros. La mirada de House sorprende porque es una mirada nueva alejada de los tópicos idealistas. El espectador espera cada capítulo para saber que tiene que decir el médico huraño sobre un tema que le atañe. Y tiene el añadido de que Gregory House no va a hablar con los modales de un santurrón para pedirnos nuestro amor o nuestra admiración incondicional. Pontifica agarrado a su bote de vicodina como un yonki desesperado. Escucharle sale gratis en términos de transferencia.

En todas las series estadounidenses hay un negro para cumplir con la cota de pantalla. En House, Foreman está para forzar cerraduras. Eso significa que los americanos ya no necesitan pedir perdón a los negros por ser unos racistas impenitentes. Cameron está para reflexionar sobre el humanismo, y Wilson para que el héroe no esté solo y para medir la amistad.

La serie House es una cocina del siglo XXI donde se elaboran las recetas del nuevo hombre y se reparan las viejas y caducas. Yo les aconsejo que se enganchen al fenómeno porque aunque quieran ignorarlo es probable que alguien a su lado esté siguiendo la serie. Habrá quien escuche a House sin discutir y acepte sus planteamientos, y habrá quien los discuta y quiera saber si son aplicables. En ambos casos acabaremos viendo una respuesta house cerca de nosotros y es bueno estar preparado.

The host



El heroe payaso


Bong Joon-ho, 2006
Reparto: Song Kang-ho (Park Gang-du), Byun Hee-bong (Park Hee-bong), Park Hae-il (Park Nam-il), Bae Doo-na (Park Nam-joo), Ko A-sung (Park Hyun-seo), Lee Dong-ho (Se-ju), Lee Jae-eung (Se-jin).
Guión: Bong Joon-ho, Hah Joon-won y Baek Chul-hyun; basado en un argumento de Bong Joon-ho.
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Las sandeces del cine coreano corren el riesgo de gustarnos por el simple motivo de que no son las sandeces del cine americano. Yo prefiero no ir corriendo a colgar trofeos cada vez que veo a dos señores de ojos rasgados comiéndo una sopa instantánea con palillos por el hecho de que aquí usemos cuchara.

El protagonista, al que llamaré el protagonista porque nadie es capaz de recordar un nombre coreano, es un tipo de perdedor realmente patético. Teñido de rubio, con un empleo mísero en un puesto de golosinas, dormido todo el día, cuida de de una hija que ejerce de madre ante semejante perdedor. Es un tipo de héroe que puede funcionar en oriente porque está calcado de los estereotipos de cualquier película de karate de serie B. Pero a mi me molesta por la imitación burda que hace del rebelde occidental y porque quizá en nuestro cine conectamos con el perdedor pero nunca con el payaso. Para hacer payasadas, aquí el héroe siempre tiene a un amigo.

Más extraño que la comida y las señales de tráfico resultan las relaciones familiares. El protagonista pierde a su hija a manos de la bestia y los dos hermanos lo corren a gorrazos. Uno no sabe si el espectador autóctono percibe la escena como cómica o dramática, pero siente una imperiosa necesidad de que acabe pronto.

Los coreanos recuerdan su pasado dictatorial igual que los españoles, añoran las barricadas. Uno de los hermanos prepara cócteles molotov mientras el taxista le recuerda que ya tienen democracia. El mal de la bestia encierra acusaciones políticas de trazo grueso. El engendro es culpa del ejército americano que manipula productos químicos en su base militar. El cirujano que quiere demostrar que el monstruo porta un virus contra toda evidencia es un americano estrábico.

El monstruo no se come a las víctimas, las guarda en una despensa. El padre se lanza a la busca de su hija cuando oye su voz en el móvil, lo cual arranca un punto de emoción. Pero un funcionario policial se niega a tomarlo en serio y lo detiene por chalado, lo cual queda a medio camino entre la crónica kafkiana, el sainete, y la denuncia de la burocracia coreana. Nunca sé cuando un coreano está de coña y cuando va en serio.

La bestia es una imagen infográfica aceptable. El ordenador que usaron no era de última generación, o bien le faltaban algunos megas de RAM, pero es lo de menos. Al principio persigue a la gente como una atracción de feria. Empezamos a tomarlo en serio cuando se come a sus víctimas. La niña, encerrada en un recoveco de la guarida, tiene la opción de sentarse a esperar o arriesgarse a buscar una manera de salir. Cuando la niña se juega el pellejo empieza el espectáculo. Es lo poco que queda del sello del director de “Memories of murder”. Eso y un par de escenas intimistas que no pegan en la trama. Puede que le hiciera mucha ilusión colarnoslas, pero no debería haberlo hecho. O bien se busca otro argumento para ellas, o bien se reprime un poco.
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